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Posts Tagged ‘Mote’

Indiferencia

A ver cómo lo digo sin que suene mal. Me la suda que Jorge Lorenzo haya ganado el Mundial de motos.

Puede que el hecho de que el motociclismo me interese menos que la vida y milagros de cualquiera de los despreciables subseres que pululan por Telecinco (empezando lógicamente por el Mote) ayude, pero la realidad es que no me cae bien el tal Lorenzo. Prepotente, niñato, engreído, mal compañero, cizañero y sobre todo… un gilipollas de tomo y lomo. He de decir que casi me parecía menos imbécil cuando era él mismo, o sea al principio. Era un chulo, pero era así. Una especie de Mourinho, si me aceptan el símil. Pero desde hace ya unos años se modera más, intenta aparentar lo que no es y mejorar la imagen. La cuestión es que no lo logra. Se ve que todo es muy forzado, que ese tío es un soberbio ingrato y con ese punto malévolo que no podrá borrar ni con zotal.

El episodio de la bandera y otra serie de majaderías no dejan de ser anécdotas diseminadas por un camino tan controvertido. No les doy más importancia.

No sé, hay gente que no te cae bien y no te cae bien. Punto pelota. Pues algo así debe de pasarme con este tío.

¿Ha ganado el Mundial? Que le aproveche. Como diría ese erudito de la palabra, Antonio Sánchez O´Connell: «¡¡Que le folle un pez polla!!».

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Pub nº26: Jarritus Irish Pub

Fue una gran noche la del Jarritus.

De verdad buena. Muy divertida. Fuimos prácticamente todos. Con nuestras respectivas vidas y problemas, pero con la sensación de que estos momentos hacen que la vida merezca la pena (perdonen el gayerismo). El sitio además acompañó.

Este 26 fue el pub más pequeño al que hemos ido desde que comenzó la andadura. Con diferencia. Hablamos de una veintena de metros cuadrados. Poco más. Un polígono de cuatro lados perfecto con una barra a la izquierda, dos espacios a la derecha divididos para que así haya un mínimo de aislamiento para algunos que se quieran sentar y la zona central. 41 personas ponía como aforo máximo permitido. Muchos parecían.

El lugar es la antítesis evidente de, por ejemplo, The Irish Rover en que estuvimos hace poco. Éste es más recogido, más de barrio. Más íntimo. Y en muchos casos… más irlandés. Porque uno en la vida conoce a muchas personas. Muchas más de 41. Uno en el móvil tiene más de 41 números telefónicos. Y probablemente cualquiera tiene en Facebook más de esos 41 contactos. Pero no creo que se necesite mucho más espacio para acudir con los verdaderos amigos que se tienen a lo largo de la vida. Es ideal para escapar de los agobios de la marabunta. Es el pub que te puedes encontrar en cualquier pueblo pequeño irlandés. Muy auténtico.

La decoración era interesante. Pequeños cuadros, botellas, imágenes relacionadas con el mundo de la isla verde y en definitiva parafernalia habitual.

Gustó mucho la barra del pub. Probablemente uno se fija más en ella al ser tan pequeño el local, pero me pareció repleta de pequeños detalles, como aquellas curiosas botellas de la final de la Champions. La cerveza fue bien servida, no fue para nada cara (creo que 4€ la rubia y 4’30€ la negra es un precio más que razonable) y el camarero fue un tipo agradable, que aguantó con estoicismo nuestras risas y nuestras conversaciones y que se ofreció, incluso, para tirarnos más de una foto. Muy buen servicio.

La conversación fue sublime. Quizas por el hecho de ir sin parientas y, sobre todo, de que el pub estuviera vacío. Completamente para nosotros. Una gozada. Era jueves por la noche y había buen tiempo, por lo que la gente acude más a las terrazas. Dentro se estaba de lujo. Tal vez, un poco alto el aire acondicionado. Pero en general, más que aceptable.

Hablamos de todo. Del Mundial que llega, de la liga que se fue, de Mourinho, del Madrid, del Barça, de Pepe Domingo Castaño, de Paquito, de la Copa del Sevilla, de Basile y especialmente de David Vidal. Ese genio incomprendido que ha hecho tanto por que el fútbol sea un lugar al que ir a divertirse que nunca le podremos dar suficientemente las gracias.

Definitivamente habría que decir que el pub podría sintetizar su idiosincrasia en la palabra «acogedor». El Jarritus es una elección más que interesante. En general el tipo de bares de esta índole, con una estructura similar basada en la sencillez y en la tranquilidad probablemente sean los que mejor respetan la esencia irlandesa.

Más de una vez he analizado la forma de ver y de beber la vida que tenía George Best. Talento inacabable, ingenio desbordante y necesidad de evadirse del mundo real a través del alcohol y de las drogas. «En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores 20 minutos de mi vida». Es una de esas frases que todo el mundo conoce. La cuestión es que investigando más, he sabido que años antes de morir, a Best se le realizó un transplante de hígado. Y fue un éxito rotundo.

Sin embargo, su biografía se encarga de repetir una frase que me ha maravillado: «A pesar de lo cual, continuó bebiendo, y fue visto varias veces en su pub de Surbiton, en Surray». Me ha fasinado comprobar que incluso un tipo como él tenía «su» pub.

Eso es lo que andamos buscando. Es por ello que tendremos que recorrernos todos los de Madrid. Arduo sacrificio el nuestro. Pero la historia nos lo agradecerá.

P.D. “Tenía una casa en la costa, pero para llegar a ella había que pasar por un bar. Nunca llegué a ver el mar”, George Best (1946-2005). ¡Qué gran miembro de Bebedores se perdió por el camino!

Pub nº25: The Irish Rover

Era un día de celebración.

Lo que empezó como un camino, a priori, dificultoso sigue su senda. Ya son 25 los pubs visitados por los miembros de Bebedores. Y los que quedan. Porque como en su día dijo el Ché Guevara: «Esta ola, ya no parará más».

La elección para el pub 25 fue un clásico de Madrid. Un lugar mítico. Un emplazamiento digno de cualquier noche: The Irish Rover.

Es un clásico de Madrid. Ubicado en la Avenida de Brasil, una zona digamos algo pijilla, se sitúan estos 500 metros cuadrados de pura irlandidad. 2 plantas enormes con varios ambientes repartidos. Hay mesas para sentarse y cenar correctamente a lo largo del pub, hay dos barras bastante amplias, una terraza que abren en verano, una zona cerrada con forma de biblioteca y, en definitiva, un pub ingente. De los más grandes de Madrid, si no el más grande.

Lo impresionante al entrar en el pub, quizás sea su múltiple decoración. Hay de todo. Incontables referencias a Guinness, tucanes, imágenes, espejos, colores, banderas irlandesas… de todo.

Repito, que quizás lo interesante de este pub son las múltiples posibilidades que ofrece su amplísimo espacio. Por ejemplo, nosotros empezamos arriba y finalizamos en mesas de la parte inferior, no demasiado lejos de la entrada.

Bebimos un par de pintas a lo largo de la noche. Cierto es que estuvimos en la primera parte (de 21:00 a 23:30 más o menos) lo que provoca que el precio sea de 5€ por pinta (tanto rubia como negra; algo extraño). Pero todo apunta a que el pub sube el precio según avanza la noche. Es un punto negativo que puede llegar a tener The Irish Rover: está demasiado pensado como puro negocio y quizás, por ahí pierde algo de la magia que pueda tener el típico pub irlandés, algo más pequeño, recogido, de música celta y que en Irlanda puede llegar a verse incluso dentro de la propia casa de cualquier habitante. Es un irlandés focalizado en el negocio, pero si uno sabe a lo que va, es una opción excelente.

Batimos el record de asistencia. 11 personas. Y es que era jornada de puertas abiertas. Se admitían sin ningún tipo de recelo féminas, amigos, amigas, primos lejanos, tíos terceros y quien quisiera apuntarse. Sólo faltó el Papo, disfrutando de la Uefa en el Calderón, Rubén el Atlético y Guillermo Mote. Allí estuvimos los cerdos de siempre con las parientas, el Ferlein, que ya ha vuelto a casa y el Perro también con la jefa. Fue una noche divertida. El 25 fue un día de celebraciones.

Para nosotros el Irish Rover siempre fue un lugar especial. Por eso lo escogimos en un día como el del sábado. Allí pasamos casi todos los fines de semana de nuestra época primeriza en Madrid. Allí hemos ido a celebrar títulos deportivos, hemos tomado pintas hasta reventar y hemos escuchado unos conciertazos espectaculares. Más de un San Patricio se ha celebrado entre esas paredes. Y es que el ambiente suele ser bastante interesante. Es innegable que uno se encuentra con mucho guiri y quizás en otros momentos no sea el mejor lugar para pasar momentos más íntimos, pero The Irish Rover merecía estar en un lugar de privilegio en nuestro recorrido.

Pub nº22: The Towers Irish Pub

¿Quién no conoce a Henry Ford? La respuesta es obvia: pocos o ninguno.

He acudido al ejemplo más claro (y, tal vez, pueril) de lo que es levantar un imperio desde la nada. Crear un negocio desde la idea. Llevarla a cabo con esfuerzo. Y con premisas claras. Decía Ford: «Si hay un secreto del buen éxito reside en la capacidad para apreciar el punto de vista del prójimo y ver las cosas desde ese punto así como del propio». En fin, tan antiguo como los evangelios. No hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti.

Ayer fue día de pub. Fuimos al 22. The Towers Irish Pub. Web en construcción. Como el mínimo decoro que un gerente de local debe tener con sus clientes. Lo de ayer fue lamentable. Indigno. Para recomendar no volver a pisar jamás ese bar.

Situado en Paseo de los Olmos 28, justo al lado de Pirámides, lindando con el Calderón, acudimos a nuestra puntual cita con los pubs irlandeses madrileños. Por fuera no pintaba mal. Metido en un feo bloque de ladrillo y haciendo esquina nos esperaba con las puertas abiertas.

Una vez dentro, se puede comprobar que las dos plantas, relativamente bien distribuidas dan un cierto entorno agradable. Digamos que se asemeja a lo que un pub irlandés debe transmitir. La barra, únicamente en la parte de abajo, es bastante grande y hay diversas zonas en las que poder sentarse. Hasta ahí bien. Pero varios puntos inexcusables en contra: mala música y ninguna televisión. Evidentemente, injustificable. Debería el maleducado gerente saber que antes de montar un negocio es importante hacer lo que llaman un estudio de mercado. Cotejar opiniones, rodearse incluso de expertos. Saber de qué va la cosa. Muy mal por ese lado.

La decoración es lo único en que quizás podamos decir que al menos no desentonaba. Las paredes están convenientemente cubiertas de elementos irlandeses inconfundibles: cuadros, banderas, imágenes, objetos de madera (recuerdo un violín muy curioso encima de una estantería cerrada con libros), nombres de autores imprescindibles, una chimenea acorde con todo e incluso un techo original con partes de vidriera. Esto último junto al arco que lleva a una de las zonas (justamente donde nos sentamos) recuerdan bastante al St. Patrick’s Abbey Tavern. Como digo, no será en esta faceta irlandesa en la que suspenda el pub.

Hay que apuntar que los cofrades fueron los de siempre. Los siete samuráis de la birra aparecimos por la puerta dispuestos a pasar un buen rato. Todos sin excepción acudimos nuevamente a la cita lo que indica el alto grado de complicidad que estamos alcanzando en esta nunca suficientemente loada tarea de recorrer los pubs madrileños para aconsejar al viajero inocente dónde debe y no debe acudir.

Nos tomamos la primera pinta —aceptablemente servida— y el resultado parecía que iba a ser positivo. Estábamos a gusto. Decidimos no cenar, aunque a posteriori intuiríamos que como en casi cualquier irlandés la comida no era mala.

De repente y sin saber cómo, del techo (concretamente de una de las vidrieras a las que hacía mención anteriormente) comenzó a salir un reguero de agua. El agua se filtraba y caía en una buena cantidad en la mesa anexa a la nuestra y lógicamente las salpicaduras no sólo eran molestas, eran inaceptables. Llegaron las dos camareras, extranjeras, que apenas sabían el idioma balbuceando que no podían hacer nada. Poncio Pilatos, un aprendiz al lado de éstos. Allí seguía cayendo agua. Que por cierto, no sabíamos de dónde coño venía. ¿Del aparato de aire acondicionado? ¿Del báter? ¿Del vecino de arriba? Digo que no lo sabíamos, porque el patético gerente de gafitas se acercó, miró, dijo que «a veces pasa» y con dos cojones se marchó de allí. Por un momento pensamos que iría a por una fregona, que iría a buscar una mesa donde colocarnos, que haría algo. Nada más lejos de la realidad. El tío se fue a hablar con otras personas mientras pinchaba algo. Tal cual.

Nuestra indignación crecía. Parecía que la gotera disminuía, por lo que por un momento decidimos hacer mutis por el foro y cambiarnos a la mesa de al lado en la que apenas cabíamos todos. Era más pequeña. El cabreo en cualquier caso no menguaba. ¿Nunca han tenido la sensación de que les están tomando el pelo y pese a que lo intentas no puedes evitar finalmente explotar? Así fue. Una segunda gotera comenzó a expulsar nuevamente agua.

Cuando ya nos íbamos rumiando la lamentable nota que el pub tendría (y tendrá) llegó el incompetente gerente a decirnos que lo sentía. Entonces el orador que Del Rosal rezuma por los poros de su piel saltó y le cantó las cuarenta al responsable de tal sinvergonzonería. Con todos los argumentos de su lado le explicó que era lamentable y patético que ni se hubiera dignado a poner un cubo, a limpiar la asquerosidad que se estaba formando allí y ni siquiera indicarnos si eran aguas fecales o celestiales. Todo cuando éramos (nunca más) sus clientes y estábamos soltando billetes por unas consumiciones y un servicio que en ningún caso habíamos recibido correctamente. El pobre monigote asentía como el niño al que papá reprende por haber hecho una travesura. Lamentable.

El tío dijo que nos invitaría a una, pero con el cabreo que teníamos escapamos de allí. Según salíamos recapacitamos y dijimos que lo mínimo era tomarnos lo que el memo había ofrecido. Algunos de los nuestros decidieron no volver. Al llegar el tío quiso nuevamente argumentar y explicar lo inexplicable. Nos tomamos la cutre cerveza que nos ofreció y ahuecamos el para nunca más volver.

Hay un proverbio árabe que siempre me ha gustado y que ayuda a canalizar el sentimiento de maltrato al que nos sometió el mentecato del peor pub de Madrid: «La primera vez que me engañes será culpa tuya; la segunda vez, será culpa mía».

Pues eso.

Despedidas de soltero

En fin, por si hay algún habitante de Marte que no lo sabe: Sánchez Zurita se casa. Me viene el gran Michel de Montaigne a la cabeza con su célebre frase: «El mejor matrimonio sería el formado por una mujer ciega y un hombre sordo».

Pero no hablemos, si les parece de matrimonios o de la relación entre parejas. Porque el que esté libre de pecado… Creo que todos podríamos hablar sobre todos. Más de un calzoncillo subido hasta los sobacos hemos tenido todos o más de un error hemos cometido sobre elección, mantenimiento o recambio (permítanme el símil automovilístico).

Vengo a hablar de cómo se hace y cómo no se hace una despedida de soltero.

Si les soy sincero, nunca he tenido la opción de asistir a ninguna, pero por lo que uno oye, ve y lee parece que la stripper es condicion sine qua non, la borrachera la excusa para que salte la chispa y la risión el dialecto utilizado para comprenderse todos. Después, claro, los matices son diferentes. Algunos verdaderamente espectaculares.

Nosotros ya dijimos tiempo atrás que en el momento en que uno de nosotros se casara íbamos a pirarnos una semana al Mediterráneo a celebrarlo. Juerga tras juerga. Un poco Entre Copas. Pero la realidad ha vuelto a ponernos la zancadilla.

De por sí la preparación de la boda ha sido la más lamentable que recuerdo nunca. He hablado con el cerdo casamentero por la mañana y resulta que no sabe a qué hora exacta es la misa, no nos ha repartido todavía las invitaciones, no nos pone juntos en el convite, tiene una capea preparada para las 11 y pico de la noche (con más que probable presencia de la lluvia) y encima hasta última hora no se ha sabido quién va y quién no va. Penoso.

Intuyo que lo cutre de un lado ha influido en lo cutre del otro, esto es, de “nuestra parte”. Iremos a tomar unas racioncillas a no sé dónde (Sanse parece la única variable segura de la ecuación) y después será el turno de las copas. Espero que la cosa no sea tan pobre como en un principio pinta.

Se espera que por allí aparezcamos todos en uno u otro momento: Del Rosal, Barra, Rodríguez, Perrete, Mote, Papote y quizás algún invitado por parte de Zurita. A pesar de que se me ha conminado a no decir barbaridades sobre el lúgubre pasado del protagonista, probablemente habrá que narrar más de una anécdota.

En fin, tendrán cumplido informe de lo que allí suceda.

Para acabar con este enlace vodevilesco debo reconocer que no tengo ni pajolera idea de si mi traje está limpio, roto o cagado. No sé si mis zapatos todavía pueden ser usados y si mi camisa será lo suficientemente elegante como para competir con la del Míkel. El caso es que todo se ha hecho mal desde el principio.

A pesar de todo, creo que lo pasaremos… mejor que bien. ¿Alguien lo duda?

Pub nº19: Mc Ginty’s Goat

Seamos sinceros. Esto de los pubs lo hacemos con un estricto orden de elección, voración e importancia proporcional. Nadie es más que nadie. El criterio de todos es igual de importante o nulo (según se mire). Debido a tal, al tener que elegir decidí dejarme guiar por el sentimentalismo de momentos cercanos. Hace poco que en Washington pude saborear grandes momentos en un mítico pub: el Mc Ginty’s.

Por ello, en mi deseo de encontrar una novedad en nuestro panorama madrileño-festivo irlandés busqué por casualidad el mismo nombre y hete ahí que apareció un Mc Ginty’s Goat en Madrid. Alberto Alcocer 48. También con web. Bastante cutre. Realidades distintas.

El pub se anuncia en diversos lugares y en más de uno aparece como un típico garito irlandés- Hombre, de ahí ese nombre tan sugerente. Tan pleno de irlandidad.

Tiene de hecho, diversos puntos en el local que le dan grandes puntos positivos. Son 2 plantas, una sencillita arriba, con coyuntural decoración irlandesa, pero sobre todo, decoración de eventos musicales. Pretende imitar al Honky Tonk. Al menos, esa es la sensación que se desprende. Enormes imágenes de guitarristas, cantantes, entradas de conciertos, discos, carátulas. Quiere tener ese toque de rock y música vanguardista que tanto gusta en diversos sectores. Y todo se entiende en la planta de abajo (¡ojo! cerrada un miércoles por la noche – punto gravemente negativo. No nos pudimos ni sentar cómodamente ni estar en sillas con respaldo). Como digo, pese a estar cerrada nos asomamos y vimos una planta muy amplia, con bastantes mesas, sillas y decoración más que aceptable en nuestra ruta irlandesa-madrileña. Y un gran escenario en que se suelen producir los habituales conciertos que parece que son, la esencia de este lugar. Muchos carteles de conciertos pasados y futuros del Gran Wyoming así lo contemplan.

Hablábamos de los pros. Uno evidente. Mejor dicho evidentísimo: 4€ la pinta. Récord absoluto en nuestra gira. No sé cómo será los fines de semana. Pero es un precio altísimamente competitivo y difícilmente superable. Reconocer que es algo brutal. Las pintas, podemos afirmar que no estaban mal servidas, aunque huelga decir que no pasará a los anales de la mejor habilidad en esos términos.

Aunque cierta falta de coordinación por la nueva muestra de dejadez supina del Sr. Barra (animadísimo de su viaje por tierras suecas-estonias) llegó a dificultar la parte logística del desplazamiento, acabamos juntándonos hasta 7 bebedores habituales. Lo cual para ser un miércoles lluvioso previo a Semana Santa es una gran noticia. Noticias variopintas que transmitir. Los unos sus viajes por el mundo, los otros sus peripecias torrijiles de semanas pretéritas y los de más allá sus situaciones particulares, ora una ruptura, ora una sorpresa.Y la inesperada visita de la Srta. Murillo.

La estancia en el 19 duró un par de horas y dio para un par de pintas en el mejor de los casos. El ambiente era escaso, la planta de abajo cerrada y a pesar del precio barato, la decisión fue unánime: cierre. Unos se fueron a casa. Y otros avanzamos hacia Padrao para cenar algo. Y es que es otro de los puntos negativos de este pub. Se anunciaba a bombo y platillo la buena calidad de las cenas ofrecidas. Y nada más lejos de la realidad. Al pobre ricitos casi se le cae el alma a los pies cuando se enteró que no podría cenar su típica hamburguesa semanal. Punto negativísimo: la web afirma que se da de cenar hasta las 2. Lo peor es engañar. Penoso.

El Padrao nos sació. Con precios de hace 20 años y la misma amabilidad de siempre. La hora que allí pasamos fue sencillamente antológica. De llorar. Especialmente Del Rosal y Ortigoza estuvieron a un nivel propio de cualquier académico del humor. Hubo momentos en que la llorera casi pudo con nosotros. Dolor de barriga, lágrimas y risión continuada. Absolutamente antológico.

Tras la copa, la cervecita y el bocata de rigor buscamos un plus a la noche. Ni Destino, ni Larios, ni Lujuria, ni Reina Bruja. No hubo chance. La noche se finiquitó antes de lo previsto, porque había cuerda para rato. Será más bien para otro día.

Pero desde luego con más de 1/3 del recorrido hecho podemos afirmar que el espíritu sigue intocable, las ganas de ponerle notas a la irlandidad madrileña en alza y la sensación de que cada vez que nos reunimos nos descojonamos vivos es el dogma de fe que nos permite movernos con dignidad y esperanza ante los dígitos vitales, ya más que respetables, que el 2010 nos irá otorgando.

Pub nº12: St. Patrick’s Abbey Tavern

Sensación peculiar la que creo que nos dejó a casi todos el 12. Paradójica al menos.

El emplazamiento es espectacular. El pub es enorme, con varias zonas claramente diferenciadas, con 2 barras, un comedor, una parte exclusivamente pensada para la tranquilidad, al amparo de la biblioteca, varias pantallas de televisión… y todo con la particularidad esencial: la decoración hace que inexorablemente te traslades a una abadía de época.

Hacer notar que probablemente de los 50, será el que más fachada tenga. Hablamos de dimensiones verdaderamente llamativas.

Esas vidrieras, arcos apuntados, la propia fachada, con ladrillo y madera traída desde la mismísima Irlanda, según he podido saber, un retablo del siglo XVI… un templo de la Irlanda de hace 500 años.

Sí… pero no sé. El Ferlein me comentó que tuvo la misma sensación. Este pub era un sitio al que había que ir, pero ¿de verdad es el reflejo de un pub irlandés? Quizás no de la actualidad.

Las pintas fueron convenientemente engullidas, bien mezcladas con recuerdos estorakiles (no en vano, el Mote y el Papote fueron cómplices de esta ruta por primera vez), un partido esplendido del Getafe que no bastó para tumbar a un mediocre Sevilla y Rodríguez & Barra tuvieron el placer de degustar una hamburguesa de la casa. Ya dirán qué tal fue la cosa.

El precio, el mismo que el día de The Corner´s Clock, como las tapas o el tipo de camareros. No en vano, el dueño es el mismo en ambos garitos. 5’80€ la pinta es a todas luces excesivo.

La nota curiosa de la noche la puso el sin par Sr. Ortigoza, que vino de jornada de curro desde Vitoria con su señorita Murillo (por méritos propios, pareja de honor de 2010) completamente trajeado, afeitado, peinado. ¡¡Impoluto!! (Ahora sí). Ese no es nuestro cerdo, que nos lo han cambiado.

Del Rosal siguió con su campaña de trincheras, de púgil encajador ante las brillantes acometidas, por parte de los presentes, sobre su operación Zumbarse a la oronda. Vamos, desde Objetivo Birmania no veía yo una apuesta de tamaña complejidad. Mientras, el Míkel ya trabaja en otra alternativa con forma virtual de manceba.

Por cierto, después de que hemos tenido que esperar tanto las fotos (lamentable y vergonzante lo del cerdaco gandul y marmotil de Espáriz), procedo a añadir lo que puede empezar a catalogarse casi como un clásico: el Míkel y su periódico.

Como apuntábamos, Escobar y López Serrano fueron los invitados estrella e hicieron méritos para ser recordados. El Mote se volvió sólo a casa y el Papo fue el culpable de que el próximamente exiliado yanqui y mi menda acabásemos en el Haka tomando un par de copillas.

Por cierto, Sr. Espáriz, ya tengo el pasaporte, además de haber solucionado los papeles en la seguridad social, en el banco y por fin haber comprado ese vídeo que me ayudará a migrar las tropecientas horas de fútbol de VHS a DVD. Todo el día con el coche de arriba para abajo. Joder.

Lamentar profundamente la abominable manera del Sr. Barra de escaquearse en las postrimerías de la noche. Rodríguez tenía la justificación de su señora, pero lo de él no tiene perdón. Encima, ¡¡habiéndose echado siesta!! Esto tiene una exégesis contundente: ¡¡¡mundo viejuno!!!

Y citarles para un 13, el día de mañana, en el O’Connors.