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El año en que fuimos campeones del mundo

En fin, no tengo ganas de escribir.

Pero es que acabo de ver el Informe Robinson en que se recuerda cómo fuimos capaces de ganar el Campeonato del Mundo y no sé, tenía que hacer mención a ese verano tan inolvidable, dentro de este año tan complicado.

Bueno, pues eso, acaba el año en que fuimos campeones del mundo.

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La historia más grande jamás contada

Siempre he oído que no hay medicina que cure, lo que no lograr sanar la felicidad. Y así debe ser. Hoy todo pareció menos grave, más pasajero y completamente fútil ante la avalancha de emociones que la selección española de fútbol le ha dado a todo un país, a varias generaciones… a los que están y a los que no… gracias a una victoria histórica e inigualable. España es campeona del Mundo. Somos CAMPEONES DEL MUNDO. Y lo seremos siempre. Cuando encuentras tu estrella, nunca te abandona.

Los pensamientos se extremezclan con el desenlace tan cercano y con la sensación de haber subido el último escalón, aquel peldaño inalcanzable para un pueblo condenado a vivir martirizado por la impotencia. 23 jugadores y un superlativo Vicente del Bosque cambiaron el signo de la historia.

El miedo que siempre atormentó a Rousseau fue morir sin hallar la ansiada satisfacción completa. Y así terminó sus días. El fútbol español siempre fue su mejor émulo. Hasta hoy. Todo es distinto. Esplendoroso. Y eso sólo puede catalogarse dentro del abanico de las maravillas.

Final: Holanda 0 España 1 (Iniesta)

España se encontró con toda clase de pruebas a lo largo de su primera final mundialista. Los quince minutos iniciales permitieron el desarrollo cotidiano de toque y desmarque con una naturalidad impropia de un acontecimiento definitivo como el que nuestros representantes tenían sobre sus espaldas. Remates de Sergio Ramos (Mundial descomunal el que ha hecho, aquí el caballero; mejor lateral derecho de largo), una volea de Villa y la percepción de que se estaba arrollando a Holanda. Parecía que España encontraba el punto necesario para repetir la exhibición contra Alemania en semifinales.

Entonces llegó un período de 30 minutos (hasta el descanso poco más o menos) oprobioso para cualquier amante de este deporte. Y de la justicia. Holanda encarnó el mal absoluto con una colección de malos modos y de groserías inaceptables (no olvidar la canallada en la devolución de la pelota buscando no se sabe qué en el tiro a puerta de Sneijder) en un deporte en que hay reglas claramente marcadas. Si Holanda encarnó la infamia, sus profetas fueron dos demonios. Por un lado, el jifero Van Bommel, despreciable e innoble deportista, sucio, obsceno portador de una zamarra que un día llevaron Cruyff, Neskens, Gullit o Van Basten, que buscó la lesión de Iniesta a través de una entrada que hubiesen firmado los principales matarifes del Wimbledon de los 80.

Por otro, el criminal con galones De Jong, un asesino repulsivo y abyecto que decidió que lo mejor para evitar que España siguiera con su fúbol puro, dulce y limpio era enviar al centro de urgencias más cercano de Johannesburgo a Xabi Alonso. El chacinero de los Países Bajos (bajísimos con elementos de esta calaña) dejó la historia de su país por los suelos con una entrada de kárate sacada de la ficción más recóndita de Stephen King. Aunque el verdadero culpable de esta carnicería fue el inane Webb y su vomitiva parsimonia para con las tarjetas rojas. Holanda pegó como nunca se había visto en ninguna final mundialista. Esa mancha les perseguirá toda la vida. Y nunca la conseguirán lavar. Los buenos siempre podrán con los malos.

La segunda parte fue, tal vez, al menos hasta el minuto 70 la más equilibrada del encuentro. Casillas salvó a España en el minuto 60 con la parada del Mundial (con permiso del penalti paraguayo). El inagotable velocista Robben le encaró tras un pase fastuoso de Sneijder y el aguante de Íker evitó el 1-0 (bueno, concretamente su pie). Ese vuelco al corazón fue una victoria en sí misma. Era un señal divina. La puerta inmaculada de Casillas lo seguiría siendo hasta el final. Y eso que un calco de la anterior se produjo a poco del final, cuando el trastabilleo de Robben tras una carrera ganada a Puyol acabó con Casillas robándole nuevamente el esférico en el momento en que buscaba el regate final.

Entre medias, Villa falló debajo de los palos, Ramos no acertó a rematar en el área pequeña un córner de Xavi y Capdevila tampoco acertó entre rebotes a batir a Stekelenburg. La tensión era inaguantable. Prórroga.

España, para entonces, había introducido a un incisivo Navas en el campo y a Cesc para intentar aprovechar su llegada y su sapiencia en momentos claves. No debería olvidarse en cualquiera de los análisis que estamos ante una generación de ganadores natos. Cesc tuvo un gol cantado tras pase al hueco de Iniesta, el propio Andrés no culminó una buena jugada de la delantera hispana, basada siempre en el toque y en la precisión… siempre fieles a un estilo único y reconocible. Cesc remató desde la frontal del área y Navas tocó la red por el lado incorrecto. España tenía el partido en sus manos. Sólo algún contraataque del Sr. Robben y disparos lejanos de Sneijder nos podían llegar a sobresaltar.

Segunda parte de la prórroga. La angustia tomaba los vomitorios del Soccer City. No había escapatoria. O se marcaba ya o nuestra suerte la iban a decidir los malditos penaltis. La lotería no parecía el desenlace más justo para el mejor equipo del torneo. Y volvió la magia. Y se apretó arriba. Se fue a por todas y el mejor ejemplo fue el cambio de Torres por Villa. Una obra de arte de Xavi habilitó a Iniesta. Nueva falta (innumerables parones y cortes los cometidos por la indecente Holanda a lo largo del partido) y roja a Heitinga. A la calle. Donde no acabaron los dementes del centro del campo holandés. Lo de Van Bommel no tuvo nombre —¿recuerdan su fingimiento de agresión después de haber castigado nuevamente los tobillos de Iniesta, cuando al levantarse se tiró como si le hubieran matado?—; sólo un miserable canalla podría haber hecho eso. Si tuviera vergüenza colgaría las botas mañana mismo.

Llegó el minuto 115. Y Navas decidió darle brillo a la palabra aventura. Arrancó desde su campo y acabó por cederle a Iniesta que de tacón habilitó a Cesc. Tras un nuevo paso por Navas, el balón recayó en Torres. Su centro al área lo maldespejó Van der Vaart. Jaque. Cesc le cedió educadamente a Iniesta el sueño de 46 millones de almas. El bueno de Andrés liquidó la final. Jaque Mate. Para Jarque. Y para España. Para todo un país sumido en el momento más duro de esta era contemporánea. Gracias Andrés. Estarás de por vida en el recuerdo de todos. Todo se nubla desde ahí al final. Lágrimas, emociones, recuerdos. Escalones subidos… el techo. La gloria. El final. El límite. El cierre del círculo. El punto de inflexión.

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Cuando Iker levantó la copa, uno se acordó de su padre, el otro de su hermana, el de más allá de su amigo. Ella de él. Que ya no está con nosotros. Él de ella que siempre estará. Tanta energia positiva debe alumbrar por sí misma el futuro del más iluso.

Entre sollozo y sollozo, acerté a divisar las sinceras lágrimas del Ferlein, la alegría indisimulable de ese genio llamado Miguel Barra, la profunda mirada de satisfacción del Sr. Del Rosal que ya es campeón del mundo como soñó desde que tuvo noción primeriza, la sonrisa inacabable del otrora hermético Rodríguez y de su jubilosa y risueña futura esposa Sara, los puños arriba del Papo, los saltos incontrolables del Perro y de Ana, ocupando en su simbiosis alada el espacio del regocijo, la emoción del sabio Ortigoza (y es que él ya lo sabía; ganador de la porra con diferencia, un crack infinito) y de la mirífica Cilli que también sonrió como una niña con zapatos nuevos. Y sobre todo acerté a rodearme de los brazos de mi querida y nunca suficientemente loada Mentxu, lo mejor de mi vida, la que le da sentido y forma al futuro.

Pude conversar con la familia, los del Te quiero verdadero, hablar con Auro (tenía que ser en Sudáfrica donde se produjera el milagro) y disfrutar en la distancia de un momento para la eternidad —Auro, ¡qué grande eres, tía! ¡Rubén, tenemos karaoke pendiente!—, ver a Mote el otomano con quien tantos disgustos pasados tuve la desgracia de compartir y pudimos, incluso, ser testigos del beso de Íker a Sara, vencedores de la porquería televisiva. Y todo en la tierra de Mandela, aquel que iluminó Sudáfrica como el sol, según epiloga John Carlin en su fabuloso El factor humano.

Quizás lo propio es soltar un corto y cierro. Todo importa ya menos. El fútbol pasa a un segundo plano. Al menos durante un tiempo. La excelencia nos rodea. Y los trofeos le dan brillo. El oro de la copa del Mundo. Y sobre todo el valor incalculable de 23 amigos que representan intachablemente a un país tan heterogéneo como único. Puede que todo a partir de ahora sea menos cálido, menos intenso. Menos vivo.

O puede que la verdadera felicidad esté en la imaginación y no tanto en el acto. Que, tal vez, el placer se encuentre primero en la ilusión y finalmente y por siempre en el recuerdo. Allí donde eternamente guardaremos y podremos rememorar, hasta que el destino considere oportuno, la historia más grande jamás contada.

11 de julio de 2010

Final Campeonato del Mundo Sudáfrica 2010. 20:30. Soccer City (Johannesburgo).

Holanda – España

«El alma tiene ilusiones, como el pájaro alas: eso es lo que la sostiene». Víctor Hugo.

Jornada de reflexión

Sábado. Quedan horas.

Antes el Uruguay-Alemania por ver quién será tercero.

La disyuntiva en estos momentos radica en si se prefiere que llegue cuanto antes el momento de comenzar a sufrir o se prefiere que tarde lo más posible para disfrutar de esta sensación maravillosa previa a la posibilidad de ser campeones del mundo. Hay gustos para todo. Es lógico.

Una vez metido en la vorágine peligrosa de la imaginación, a uno le da por verse siendo campeón. Comprando periódicos, grabando reportajes, analizando y escrutando opiniones de los expertos. Uno se ve delante del televisor viendo a Pepe Reina volviendo a protagonizar el mejor Reality Show jamás visto de un campeón.

Y uno está disfrutando, cuando empiezan a cruzarse otra serie de imágenes no tan divertidas. Y da por acordarse de los últimos subcampeones. Uno tiene que estirar, como un chicle, la fantasía para imaginarse a Xabi Alonso dándole un cabezazo en el pecho al Materazzi de turno o a Casillas escupiendo un remate como Khan en 2002 a la espera de algún remache. O incluso a una defensa incapaz de defender, como la Brasil del 98, correctamente los córners. O lo que es peor… perder la final por penaltis. Mejor ni pensarlo.

Tras tanta ida y venida, se conviene en que lo más inteligente es no darle demasiadas vueltas. Mañana, día de concentración y de fatiga completa (va a ser muy muy duro; esperemos que gratificante al menos), pero hoy algo de relax y de descanso. Al menos hasta que empiece la final de consolación.

La sandez del pulpo antes de la final

Paul tiene nombre de pulpo. Y retraso mental es la definición de lo que le pasa a la mitad de la humanidad.

Lo he dicho ya y me repito: si el pulpo supiera que es el ser más racional de todos los que hemos estado pendiente de esta memez, se ahogaba con sus tentáculos.

El cefalópodo más famoso desde el Míkel cuando lleva cuatro copas ha predicho que ganamos a Holanda. Si lo dice el pulpo… Por si acaso que no se lesionen Xavi o Iniesta.

Bueno, más allá de paridas sin sentido, hoy toca pensar ya en el último partido. El que decide si el sueño se sumple hasta el final. O suena el despertador antes de terminar.

Comprobado está. España y Holanda no se han enfrentado nunca en fase final de Mundial ni de Eurocopa. Parece increíble, pero así es. Vaya forma de debutar.

Mañana partido por el tercer y cuarto puesto: Uruguay – Alemania. Aquí también ha pronosticado el pulpo de los cojones. Y triunfo germano. En el fondo, da que pensar sobre el nivel mental de los seres humanos. Mirando a un puto pulpo zampándose un mejillón. De locos.

En fin, si vamos a lo «serio», habría que comentar que Holanda es un conjunto que a uno le deja frío. No me parece un equipo de súper clases, en absoluto. Y están en la final. Habiéndose cargado a Brasil. Sí, pero… no me parece una barbaridad de equipo. Sneijder y Robben son lo mejor que tienen. Grandes jugadores, pero, insisto, para mí no se pueden comparar a los nuestros. Yo no me olvido de que estos dos fueron titulares en aquel Liverpool 4 R.Madrid 0 en que fueron (fuimos) literalmente humillados. Y de repente, ¿son los mejores del mundo? Son buenos, sí, pero hasta ahí.

Si España juega como sabe, con sus centrocampistas embelesando y creando jugadas de ataque, tenemos muchas posibilidades de lograr un triunfo para la eternidad.

Hasta entonces, toca entretenerse con gilipolleces del tamaño de un pulpo.

Toda una vida esperando

Podrán pasar mil años…podrá pasar una eternidad. Nada será igual.

El partido más importante de nuestra historia se saldó con una victoria aplastante. Con una ocupación perfecta de los espacios, una demostración de solidaridad ejemplar y una decisión a la hora de triunfar que sólo poseen los elegidos para la gloria.

Alemania es «el» equipo de los Mundiales. El más completo. Aquel cuya historia le permite competir siempre al máximo. Nosotros dependemos de diversas circunstancias. Y mira que tienen que ser muchas y complejas… porque es nuestra primera vez. Lo más emotivo que nunca hayamos vivido. ESTAMOS EN LA FINAL DE UN MUNDIAL. DE UN ¡¡¡¡¡¡¡PUTO MUNDIAL!!!!!!!

Después de una exhibición memorable. Después del triunfo de un colectivo, de unos tipos que enorgullecen al mundo del fútbol… España juega al fútbol de manera cuasi poética. Se apodera de la lírica. Rondamos la fascinación. Y todo desde la sutileza. Desde la grandeza. Desde el orgullo. Y sobre todo, desde el juego. Sólo así se entiende que España salga imponiendo un estilo a nada menos que Alemania.

España es el mejor equipo que jamás han visto nuestros ojos. Es lo más parecido a la perfección que se pueda ver en fútbol.

Semifinales: Alemania 0 España 1 (Puyol)

El equipo de Del Bosque llega a la final como es él, fiel a la pelota, con ese delicioso punto de descaro que define a este grupo de desacomplejados futbolistas que han desterrado el escepticismo crónico (José Sámano). Es así.

Y el caso es que Alemania es un gran equipo. Tiene talento para exportar. Pero es que España es el talento. España es la emocionante expresión de la música celestial focalizada en el fútbol. España ha anulado por completo a Alemania. Desde el principio se vio quién era quién. Posesión nuestra, ataques nuestros, forma de jugar nuestra, detalles nuestros, calidad nuestra… Alemania sabía que iba a perder. Y, ¡ojo! lo hizo con dignidad, pero tenía fecha de caducidad. España es el mejor equipo de fútbol de la tierra. Las lágrimas adquieren vida propia si uno dice estas cosas. Pero, amigos… es que es la verdad.

Cuando en el futuro hablen del equipo de la orgullosa España que tocaba hasta la extenuación para fabricar un mensaje, que masticaba los bocetos hasta convertirlos en realidades, recordarán a un conjunto inigualable: campeón de Europa y en unos días aspirante a ser campeón del mundo. Y, reitero, recordarán una manera. Un estilo.

Un conjunto de tipos empapados de una filosofía fraternal del pase, el desmarque y el toque. Porque eso es España. Nunca seremos los mejores en otras facetas. Para que España gane, necesita dominar el partido desde el puro agotamiento psíquico del rival. Y es que es fácil de entender: el rival de España acierta a interpretar pronto el partido que le toca ante los nuestros: no tendrá mucho balón, no por nada, sino porque el balón es nuestro. Y las reglas las ponemos nosotros. Es el acogotamiento dictatorial. El KO técnico. España gana, porque es verdaderamente superior a cualquier rival.

Alemania había humillado a Argentina y a Inglaterra. Y, sin embargo, qué poco pareció. Qué poco pudo hacer. Es un gran equipo. Pero todavía no está en el punto excelso que te dan varios años de rondar la eminencia. España hizo un partidazo. Sin fisuras. Sin dobleces. Perfecto.

No puedo más que alegrarme sin contención por el golazo descomunal de ese ingente central, todo corazón y fuerza llamado Carlos Puyol. Trabajador estajanovista y solidario con sus compañeros: un defensa único. Se lo merecía. Le podemos dar toques evangelistas a toda esta película y desentonaríamos, quizás, pero hay veces que lo terrenal no explica tantos deseos cumplidos. ¡Grande Puyol!

Y grande Piqué. Partido de museo el que ha hecho. Todo contundencia. Todo elegancia. Todo saber estar. Central imperial. Central de un equipo llamado a ser campeón del mundo. ¿Y qué me dicen de Pedro? No hay palabras. La baza escondida de Del Bosque dio resultado de partido. Jugando entre líneas, asociándose, siendo el amigo de todos… Pedro estuvo inmenso. No hay ‘peros’. Sólo hay gracias.Podríamos volver a caer en la redundancia al hablar de Xavi, de Iniesta, de Xabi Alonso, de un estratosférico Busquets, de un siempre cumplidor Capdevila, de un desconocido Ramos, de Iker, que estuvo cuando tenía que estar, de Villa, el más grande… todos, todos, todos. España es un todo que le sonríe a la vida. Y que está por encima de falacias y maldades.

El domingo, España puede ser el equipo campeón del mundo. Imagino que son conscientes de que esto significaría un antes y un después. Nunca, nada, jamás, nunca jamás volverá a ser igual. Es el partido más importante de nuestra vida. El techo. A partir de ahí, todo serán copias, algunas intuyo que fantásticas, pero el original será inviolable. Imperturbable. Eterno.

A mí, hay varios puntos que me emocionan especialmente. Por un lado, uno externo: el saber que todos nos admiran y lo dicen abiertamente: somos los mejores. Y punto. Luego hay una sensación intrínseca que hace ya años que siento: uno sabe que España al final va a marcar, que va a pasar, que no nos puede fallar. Uno aplica algo de racionalidad a toda esta locura: creemos, porque podemos creer: porque somos el mejor equipo de largo del planeta. Los mejores del mundo (incluso más allá de lo que pudiera pasar el domingo contra Holanda).

Me acuerdo de mis amigos, de esos cerdos que tantos sinsabores han compartido conmigo. Me acuerdo de aquellos que se rieron. De los que simplemente pasaron del tema. Me acuerdo de la racionalidad de los que no entienden esta locura. Me acuerdo de mí hace años rumiando derrotas y malos pensamientos. Y de que los años pasan y de que por fin ha llegado un momento tan culminante para los que seguimos esta droga inacabable en forma de balón. Y me acuerdo, y me sigo acordando… y cuanto más me acuerdo, más difícil se me hace dejar de llorar.

Holanda marca el camino

Volvíamos de ver la primera semifinal y pensábamos en voz alta que para el Mundial de 2014 ya no estarán posiblemente jugadores como Xavi, Xabi Alonso, Puyol, Villa o incluso Casillas. Esa es la realidad. Y ya ha llovido desde la última vez que estuvimos en una situación relativamente parecida a ésta.

Nos da por pensar, por tanto, que esta oportunidad que se nos presenta parece difícilmente igualable en el futuro.

El equipo teutón ha cambiado bastante con respecto al de la final de 2008. El centro del campo que formaban Hitzlsperger, con Frings y Ballack ha dado paso a uno formado por Khedira, Özil y Müller (que no podrá jugar). Además Schwensteiger ya no juega por la derecha, sino que es mediocentro, Friedrich no es lateral, sino central y Lahm ha cambiado de banda. Además, han desaparecido Lehmann y Metzelder. Vamos… que el equipo ha mejorado por doquier. Y además están jugando de manera extraordinaria.

Hasta ahí, todos de acuerdo. Y es cierto que siempre llegan lejos y que les da igual cómo jueguen. Nosotros tenemos nuestra primera oportunidad real.

Del Bosque dice que van a jugar los mejores… por lo que todo apunta por que repetirá, con Torres en el once. Si finalmente hay sorpresa, sería Silva o Cesc el que entrase. Pero a un 99% de posibilidades, jugará Fernando Torres. Y seguro que a más de un alemán le da un poco de canguelo el tema, recordando el pasado.

En fin, quedan horas… para ser recordados toda la eternidad.

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Semifinales: Uruguay 2 (Forlán y Maxi Pereira) Holanda 3 (Van Bronckhorst, Sneijder y Robben)

No fue un gran partido. Pero más que suficiente para estar tensionados hasta el último balón colgado por los uruguayos. Es lo que tiene un Mundial. Al final, cada minuto se sorbe y se valora como si fuera el último. Son partidos únicos y tardaremos cuatro años en volver a verlos…

El partido tuvo un gol inolvidable: el de Gio Van Bronckhorst desde 35 metros. Zurdazo descomunal a la escuadra. Impresionante. El gol del Mundial, salvo que alguien diga lo contrario. De lo mejor en lo que a disparos desde fuera del área se refiere. Varios acercamientos holandeses y poco más. Forlán empató en el 40 con un zurdazo que quizás se topó con un portero algo torpe. Tremendo el campeonato del jugador del Atlético.

El descanso dejaba un empate a 1 y el suspense por compañero. Y es que Holanda tiene puntos de gran equipo, pero otros (los más) de conjunto poco ambicioso y aparentemente menos fuerte de lo que pudiera aparentar el hecho de haber ganado todos los partidos del Mundial (6 de 6).

20 minutillos de toma y daca y de repente 7 minutos de arreón gigantesco. Robben falla bajo palos, Sneijder que ya la toca, Van Persie que hace algo bien y gol de Sneijder (posible fuera de juego de Van Persie) en un golpeo desde la frontal que volvió a pegar en un defensa celeste. Acto seguido, centro de Kuyt y Robben percute inmisericordemente contra la red su cabezazo. Todo parecía acabado. Pero una orgullosa selección uruguaya (¡vaya Mundial se han marcado!) marcó en el descuento el 2-3 y achuchó hasta el final. Holanda mereció la final, pero no sé hasta qué punto merece ser campeona. Ya habrá tiempo para ver eso.

Uruguay cae con honor y ha vuelto a jugar unas semifinales 40 años después. Holanda después de las finales del 74 y del 78 y la victoria en la Eurocopa del 88 vuelve a sentirse en el meollo del asunto. Después de la maravillosa Naranja Mecánica y del equipo de Gullit, Van Basten y Rijkaard, parece que Sneijder y Robben llevan la batuta. Enhorabuena para los tulipanes. Y para los uruguayos, por descontado.

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En un momento dado de El halcón maltés, un policía le pregunta a Sam Spade (Bogart) acerca de la composición de la estatuilla. Bogart mira y le contesta: «Del material con que se forjan los sueños».

Amén.