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Posts Tagged ‘Papote’

El destino de los elegidos

«Aunque el hombre se vuelva a un lado y a otro y emprenda múltiples obras, por fin tornará a aquella senda que la Naturaleza le ha señalado». Goethe.

¿Alguien dudaba que iba a pasar esto? ¿Alguien lo dudaba, de verdad?

Evidentemente, no nos podía tocar la lotería. Como bien dice el Míkel: «eso hubiera sido demasiado vulgar». Lo nuestro era puro destino.

Pues sí, un 1% de posibilidades. 3€ fue el elevado coste de la apuesta (caballo ganador). Y 50 el número elegido por el azar. Me gusta la idea de que al sino le apasione nuestra forma de entender la vida. Con una sonrisa… detrás de otra.

En fin, de locos. De ese grupo heterogéneo llamado Bebedores.

Señores, sólo queda decidir el día de la semana que viene en que los 6 afortunados & señoras se dispondrán a meterse un cebatil (another one) como Dios manda entre pecho y espalda.

Joder, miren la cesta. Creo que voy a llorar.

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Pub nº50: La Fontana de Oro

by Atticus Finch

«(…) Los grupos avanzan hacia la mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un local, que no debe de ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta gente. Aquélla es la célebre Fontana de Oro, Café y Fonda, según el cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunión de la juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y oír su aplauso irreflexivo. (…)”.

Como ven, a tenor de las palabras arriba reproducidas, en 140 años, fecha en que fueron publicadas por primera vez, pocas cosas han cambiado. Y no es el pub que nos ocupa esta semana, el último de esta larga y divertidísima serie que comenzara hace un año, una excepción. No pretende este que les escribe igualar al mayestático literato, Pérez Galdós, por supuesto. Sería una cuestión indecente procurarlo y, por tanto, no encontrarán en esta crónica el más mínimo atisbo de intento de copia de estilo —suspirarán de alivio en este momento muchos— ni nada parecido. Simplemente, sirva la descripición del inigualable escritor canario, madrileño de adopción, para introducirnos en el meollo y comprobar, de manera contundente, que el espíritu de aquella fonda, hoy pub irlandés, no ha cambiado lo más mínimo.

La Fontana de Oro es un pub con historia. Es famoso por la novela del ya mentado Galdós, pero en sus taburetes se han relajado las posaderas de un buen número de personajes ilustres de la vida política española. Fundada allá por el año de 1760, tuvo su momento de mayor esplendor durante el Trienio Liberal (1820-1823), período durante el cual este país llamado España pudo disfrutar de nuevo de las libertades perdidas a manos del indigno Fernando VII siete años antes. El personaje que marca esta época fue Rafael del Riego, militar de alto prestigio, que tras deambular por medio país como capitán general, finalmente llegó a Madrid, donde fue prendido y, posteriormente, ejecutado por fuerzas extranjeras, los Cien Mil Hijos de San Luis, los cuales habían llegado desde Francia en apoyo del absolutista rey Fernando y como representantes de la Santa Alianza. Antes de tan triste final, a buen seguro que este garante de las libertades degustó comida y bebida en abundancia en el pub que hoy nos ocupa, un magnífico establecimiento, dicho sea de paso.

La actual Fontana de Oro, situado en el mismo emplazamiento en que ha estado siempre, el número tres de la Calle de la Victoria, en el madrileño barrio de las letras (Huertas), no es un pub muy diferente del que podía haber sido aquel de la época de que trata el anterior párrafo. Es obvio y evidente que la decoración habrá cambiado algo, aunque menos que en otros establecimientos de rango parecido y pretensiones similares —no debe usted, estimado lector, dejar de ver los múltiples retratos de personalidades que decoran las paredes—, pero el espíritu acogedor, envolvente y cálido que encierran estas cuatro paredes sigue siendo el mismo de antaño.

Es un pub grande en el que el espacio está ricamente aprovechado. Las mesas ocupan la mayor parte del recinto y están lo suficientemente separadas las unas de las otras como para no agobiarse cuando el local está lleno —lo que ocurre tan a menudo como días tiene el año, claro—. Destacan, por su elegancia, las lámparas y farolas que iluminan el espacio y que realzan aún más ese carácter clásico del que les hablaba. Un carácter, por otra parte, que no está reñido ni por un momento con el dinamismo que todo bar en el centro de Madrid debe poseer y que, en este local, está representado a través de la magnífica atención que los camareros dispensan agradable y servicialmente a sus clientes.

El precio es el estándar. Ni más ni menos, aunque es de justicia recalcar el hecho de que los miembros de Bebedores Magazine disfrutaron de un precio rebajado en su primera consumición gracias a la invitación ofrecida por un tipo (hay quien le diría «flyer» que nos abordó por la calle y que trató de que entráramos en el local a cambio de dichas reducciones en el precio. Teniendo en cuenta que nosotros íbamos a ir allí de todas, todas, pues… Todo un detalle del señor «flyer». La calidad con que fueron servidas las Guinness dejaba que desear, la verdad. De las rubias nada que objetar.

Al final, tras dos rondas de cerveza y un sinfín de inigualables conversaciones, al grupo le entraron ganas de cerrar la noche como sólo los grandes acontecimientos se clausuran: en Padrao y comiendo el mejor bocata de bukake que se hace en el mundo. Los seis —en esta ocasión no se rajó nadie— pusimos rumbo hacia San Bernardo y, recorriendo a pie la distancia —destáquese la hazaña—, llegamos para finiquitar de la mejor manera posible lo que, por otra parte, no podía terminar de otra forma: con risas y más risas.

En fin, da pena decirlo, pero el cincuenta llegó y el cincuenta ya se marchó. Un visto y no visto. En menos de 365 días, Bebedores Magazine ha recorrido medio centenar de pubs irlandeses, todos ellos en Madrid, y les puedo asegurar que, a titulo personal, todo ha sido todo una pura diversión, cachondeo. No creo errar si lo hago extensivo al resto de bebedores. Seguro que no.

Decía otro genio de las letras, Edgar Allan Poe, que «todas las obras de arte deben empezar por el final». No sé qué decir. Quizás sea una premonición de lo que pueda depararnos el futuro. Saquen sus propias conclusiones.

Señoras y señores, en nombre de todos los miembros de Bebedores Magazine, ha sido todo un placer.

Pub nº48: Quinn’s Irish Pub

by Vicente Rojo

Reconozco que una de las deudas de esta humilde publicación con los aficionados a la buena bebida (esa que va acompañada por buena conversación o una buena jamba, o ambas a la vez) es el sur de Madrid. Nosotros, humildes seres, vivimos en el norte, en la plácida villa de San Sebastián de los Reyes. Por tanto, todo lo que baje de la glorieta de Pirámides nos parece el culo del mundo. Pero, tan cerca como estamos del anhelado pub número 50, había que pagar esa deuda. Por ello, una noche de jueves, y presionados por el quehacer diario y los jefes cuyas madres trabajan como rameras, cogimos el utilitario del señor Ortigoza y nos plantamos en el barrio de Aluche, distrito de Carabanchel.

Siempre me ha gustado Carabanchel y sus lugares eternos donde, aunque hayan pasado años desde la última vez que los visitaste, cada vez que la fortuna te hace volver te los encuentras igual que siempre, como lo recordabas, atemporales, mágicos. El barrio, por otra parte, ha cambiado mucho. Ahora se ven, como el señor Espáriz apuntaba, muchos comercios para extranjeros, y de hecho la población procede, en un porcentaje muy alto, de otras culturas y profesan otras religiones. Nos puede parecer bien o mal (si te parece mal, eres un facha), pero es la nueva realidad, y hay que adaptarse a ella. En todo caso, aunque las cosas cambien, siempre hay un pub irlandés cerca, y eso es lo importante.

El Quinn’s es un pub muy grande. De hecho, es pub irlandés, sin duda, pero también discoteca y Karaoke. Tiene tres plantas, de las cuales sólo estaba abierta una. Dos pantallas grandes para acontecimientos deportivos. La decoración es interesante, con detalles francamente bonitos, y con acertada iluminación. Nada más entrar y acercarnos a la barra nuestra sorpresa fue mayúscula por lo que había al otro lado de ella. Lo voy a explicar de dos formas para los diferentes públicos que puedan leernos, y no diré que tipo de públicos para no meterme en fregaos. La primera forma es que había una cachonda rubia con unas perolas espectaculares. La segunda forma es que había una dama interesante de grandes senos. El caso es que parecía rusa o de por ahí. Ella y su amiga, y otras dos que entraron… en fin, que el ambiente era más que aceptable. Por lo que cuentan los compañeros que bebieron Guiness, las pintas no estaban bien tiradas, pero vamos, que la camarera, como ya he indicado, irlandesa de Cork no era.

El punto negativo más notorio se encuentra en que, siendo un pub grande, con un amplio espacio central, no había ni una mesa. Tuvimos que tomarnos nuestras dos pintas de pie. Y la cosa daba un efecto de no-irlandidad. Parecía más una discoteca en horas tempranas, cuando hay cuatro mataos alrededor de mogollón de espacio desocupado destinado al bailoteo y arrimamiento de cebolleta .Había una cabina de DJ y todo.

En resumidas cuentas, se nota que el Quinn’s es un pub interesante, con mucho ambiente y diversión a raudales. Pero es tan polifacético que su parte irlandesa queda un poco empañada. Quiere ser todo, pero aquí estamos para medir irlandidad. Y en esa seguimos hasta que dentro de 2 semanas partamos a la matriz de todo esto

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Pub nº47: Irish Star Pub

Pensaba en números. En el 47 para ser exactos. Este es el pub irlandés 47 que visitamos. Proeza dirían algunos. Estulticia, otros. Disfrute, nosotros.

Pensaba en que dentro de poco hará 47 años que mataron a Kennedy. El tipo aquel que un día dijo que «si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas». Y claro, ¿se les ocurre un lugar más apto para ellas que un pub irlandés? Las cosas cambian, mutan al compás que marca la cerveza deslizándose por el gaznate hasta llegar al núcleo de la fruición, dejando atrás las hablillas. Uno disfruta en un pub porque sea cual sea su situación, el prisma cambiará.

Irish Star Pub desprende ese aire novel imposible de obviar. El compañero Atticus apuntó un dato significativo: hace poco este lugar era un Museo de la Cerveza. Ahora pretende ser un pub irlandés.

Cumple ciertos de los mandamientos esenciales como se ve en varias enormes menciones a Guinness o en la librería típicamente irlandesa repleta de libros que sí se pueden ojear (no como hemos visto en otros sitios), de ediciones de los años 50 que llaman la atención al que se fija. Pero, por lo general, hemos de decir que hay varias deficiencias. La irreemplazable madera autóctona se dispersa entre bloques de piedra y las paredes brillan, pero por la ausencia de parafernalia habitual.

Además, el escenario previsto para monólogos o conciertos (no parece que vayan a ser de música celta) le da un toque que poco a poco se aleja cada vez más de la Emerald Island. De hecho, la música que, por defecto, se puede escuchar en el local deja bastante que desear.

A modo de curiosidad merece la pena apuntar que los barriles no están justo debajo de la barra, sino que los deben de tener en el sótano y mediante un conducto bastante largo y una presión adecuada sirven la cerveza de manera más que potente. Uno ve su cerveza rubia en ebullición durante varios minutos; llamativo por lo extraño. Las negras, aparentemente algo líquidas no despertaron en sus degustadores epítetos grandilocuentes. El precio, el imaginado: 5€ la negra y 3’5€ la rubia.

Allí fuimos todos los indeseables habituales con nuestras cuitas de siempre. Por una vez, el documento gráfico aportado por el Sr. Rodríguez no fue tan excelso como de costumbre, intuyo que por la impericia del improvisado fotógrafo.

Sin más y tras dos simples pintas (noche presidida por una intachable moderación) decidimos salir y regresar. Sin olvidar que cada vez tenemos más cerca nuestra particular Irish Star.

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Pub nº45: The Clover House – Las Tablas

by Papo

Esta semana visitamos otro The Clover House. En esta ocasión, situado en el barrio de Las Tablas, en la zona norte de Madrid, y más concretamente en el número 18 de la calle Isabel Colbrand. Ahondando y para ser precisos en la ubicación, debemos puntualizar que no está exactamente en esa ubicación, sino en la calle perpendicular que nace de la dirección ante señalada. En cualquier caso, es fácil localizarlo y merece la pena hacerlo.

Es un irlandés típico, como de franquicia -mobiliario de madera y decorado con objetos antiguos-, aunque con la aparente contradicción de ser un local moderno y estar situado en un barrio residencial de  reciente construcción. El local se divide en dos estancias. Al entrar y girando a la izquierda se encuentra la barra. Se trata de una zona alargada y con taburetes altos que acaba en la zona de los baños. Si, por el contrario, al entrar hacemos caso omiso de lo que la siniestra nos ofrece y nos dirigimos hacia la derecha, nos encontraremos en una zona acondicionada con gran cantidad mesas y sillas -lo que en Irlanda denominarían como lounge-, y que parece que es empleada para servir las comidas y menús que este pub ofrece a diario. En dicho espacio, que tiene forma de “ele” y es muy amplio, destacan los dos proyectores que apuntan a cada extremo de la mencionada distribución, haciendo posible el disfrute del deporte rey desde cualquier lugar de la sala.

El grupo de los Bebedores pudo observar que se trataba de un pub con bastante ambiente, aún siendo miércoles, por lo que dedujimos que el local debe ser un centro de reunión ciertamente concurrido y cuya atmósfera propicia que la gente olvide mirar el reloj con la frecuencia conveniente. Por añadidura, el trato fue muy agradable. La única pega que se le podría poner es el precio de la pinta de Guinness: casi, casi 6 euros. Una pasada.

Si una cosa hay que podamos destacar de la nocha fue que, tocándole elegir a este que les escribe, el pub apareció a la primera, aunque con algo de suspense al principio, al no estar en la calle que arriba se indica y que era la referencia encontrada en su página web. Aún con todo, es necesario advertir que no sería del todo justo que me colgara yo la medalla, pues todo el mérito es del gran Pablito, que fue el verdadero descubridor de The Clover House Las Tablas y que por circunstancias ajenas a su voluntad, no pudo acompañarnos esta noche.

Coronado el 45 de forma más que satisfactoria, empieza la cuenta atrás con los dedos de una sola mano.

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Pub nº44: Finbar’s Irish Pub

by Atticus Finch

Hay pocas cosas en este mundo que puedan hacer de nexo entre la comunidad protestante y la católica en Irlanda. Para empezar, como es obvio, tienen distintas formas de interpretar el cristianismo y sus respectivas iglesias tienen líderes diferentes. Por otro lado, a lo largo de los ochocientos años de «convivencia» en la verde isla esmeralda, las trayectorias de ambas colectividades se han desarrollado paralelamente, sin llegar siquiera a cruzarse lo más mínimo —salvo en las últimas décadas—, por lo que tienen costumbres diferentes, festejan diferentes cosas y hasta beben whiskeys cuyas marcas ya indican, de por sí, el pie del que cojeaba su fundador y, por tanto, del que lo hacen sus actuales dueños.

Sin embargo, hay alguna cosa que sí que une a las dos irlandas, hasta ahora casi antagónicas. Uno de los motivos que tienen ambas comunidades para sentirse una sola, amén del equipo de rugby y la stout, es, paradójicamente, un santo, San Finbar, que es reconocido como tal por las cúpulas jerárquicas de ambas comunidades religiosas. Dicho santo, cuyo nombre es característicamente irlandés y podría significar aquel cuyos cabellos son rubios (o blancos), por la larga y blonda melena que el beato, al parecer, debía lucir, nació hace la friolera de 1500 años en Bandon y fundó un monasterio, de nombre Corcach Mór (marisma), que según los historiadores, fue la raíz de la actual ciudad de Cork, en el sur de la isla.

Y este santo, que tan particularmente concierne a Irlanda y sus habitantes, es el que, además, da nombre a uno de los pubs más conocidos de Madrid. Se trata de un bar sin página web, que no gasta un duro en publicidad y que, sin embargo, es archiconocido tanto entre la comunidad irlandesa —y angloparlante, por extensión— de la capital como entre la nuestra, la de los que, más o menos, somos oriundos de la Villa y Corte. ¿Las razones? A continuación, este que suscribe intentará dar algunas. Nada más se dobla la esquina y te das de bruces con la fachada del pub, una sonrisa de felicidad se escapa al comprobar que no hay único detalle que haya sido dejado a la improvisación: cartel pintado con cuidado, prolijamente, focos que proyectan su luz sobre el nombre del bar, escrito con la tipo de letra caracterísitca de irlanda, y una vitrina en la que un laúd, un bodhrán y una enorme arpa compiten por destacar en un fondo conformado por una enorme bandera tricolor de la República de Irlanda.

Una vez en el interior, la distribución del bar puede llamar a engaño. No es ancho, pero es muy largo, por lo que si la gente se arremolina en los primero metros de barra puede dar la sensación de estar lleno, cuando en realidad el fondo se encuentra desierto. Es algo que hay que saber, ya que es en la parte más alejada de la puerta de entrada donde están ubicadas las mesas en las que uno puede asentar sus posaderas, encontrándose, por tanto, lo más cómodo posible para disfrutar de eso que surge de manera natural en todo buen pub: la agradable y divertida conversación. Algo que, por supuesto no faltó en la visita de los miembros del club. Los temas de discusión, como siempre, fueron variados e interesantes, destacando sobremanera el consultorio que parece organizamos en un momento puntual de la noche, dadas las dudas planteadas por más de un miembro del grupo sobre las maneras -mejores, peores o desastrosas- que existen y son más adecuadas para entablar conversación y lo que surja —tal vez debiera dejar de ver tanto 8madrid— con según qué féminas.

Pero volviendo al Finbar’s y dejando de desatender la labor descriptiva, mencionar que a lo largo de todo el pub la decoración es profusa y muy variada. Podemos observar, en diferentes vitrinas, desde discos originales de The Dubliners, cuyas ediciones pueden datar de hace más de 30 años, hasta carteles, posters, bufandas y demás parafernalia del Celtic de Glasgow, club escocés muy querido por los irlandeses pues, no en vano, fue fundado por emigrantes de la isla esmeralda a finales del siglo XIX. También podemos encontrar objetos que parecen sacados de alguna maravillosa máquina del tiempo y que se distribuyen tanto por la barra como por las paredes, columnas y techo del local.

Una vez descritas la forma y decoración del bar, llega el momento de las loas, muy merecidas y por las cuales este pub se ha convertido, a pesar de no estar situado en el centro de la ciudad, en uno de los más visitados de todo Madrid. Éstas, como no pasará desparecibido a nuestro amable y sufrido lector cuando tenga a bien visitarlo, no pueden ir sino a la forma en que los camareros de este bar —habitualmente, John y Marc— tiran la esencia de Irlanda: la Guinness. Respetando los tiempos, inclinando el vaso y  haciendo que la incidencia del líquido sea la correcta, dejándola, además, reposar lo justo, consiguen que las pintas de este bar se hayan convertido en el ejemplo, en mi opinión, de lo que deberían servir todos los bartenders de esta ciudad. En pocos sitios se sirve una cerveza negra con el sabor, textura y consistencia como en este pub. Ahí es nada. El precio es, además, correcto.

Es este, pues, un pub que, en definitiva y como fácilmente habrán ustedes deducido de la crónica, muy recomendable y cuya visita se puede realizar, además, cualquier día de la semana, pues el ambiente y el calor de Irlanda están asegurados. Como diría cualquier autóctono —pero que muy autóctono, oiga—  de la verde Irlanda si decidiera visitar este pub: Is breá liom beoir. Sláinte!

*Nota: el siguiente párrafo, que da conclusión al post, es de consumo exclusivamente masculino. Abstenerse, pues, demás categorías de leerlo. Puede dar lugar a una imagen equivocada.

Destacar, por si sirve de aliciente adicional al indeciso, que la presencia femenina en este bar es espectacular. Y no sólo por la cantidad, pues podemos afirmar que un porcentaje muy importante de la clientela del bar lo componen jóvenes doncellas, lo que ya resulta notorio y estimulante, sino que también la calidad de las mismas es asombroso. A la frase interrogativa, pronuniciada de manera completamente espontánea por un miembro cuando ya llevábamos más de una hora sentados en una mesa situada en las inmediaciones de la puerta que conducía al baño, me remito para ilustrar este hecho: «¿es que en este bar todas las tías están buenas?».

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Pub nº43: The Friends Tavern

by Asstomouth

«La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad». Sir Francis Bacon (1561-1626). Filósofo y estadista británico.

Situado en la confluencia de las calles Pradillo y Pantoja, The Friends Tavern acoge al visitante con una sobria fachada presidida por amplias vidrieras inglesas que permiten al visitante tener una clara perspectiva del interior del local. Una vez dentro, los suelos y paredes de madera rústica encuentran elegante contrapunto en unos balaústres ligeramente elevados, que proporcionan espacios destacados en la estancia a modo de pequeños balcones o palcos. La decoración, no excesivamente recargada, es rica en elementos tan diversos como instrumentos musicales, láminas de las calles de Dublín, libros antiguos, espadas, escudos con motivos celtas y un amplio etcétera de ornamentos alusivos a las mundialmente conocidas marcas de whisky y cerveza irlandesas. Todo esto, sumado a una acertada selección musical hacen de The Friends Tavern un pub más que acogedor, que a buen seguro, cuenta con una importante número de clientes habituales.

La noche era lluviosa y desapacible. Tras alguna dificultad para encontrar aparcamiento, Ferlein, Papo y un servidor efectuamos entrada en The Friends Tavern alrededor de las 22:00 horas con el objetivo de cumplir con devoción la visita del pub número 43 de la ruta de Bebedores. Un poco más tarde, rondando las 23:00 horas, el señor Barra se unió al insigne grupo. Ferlein y yo nos decantamos por unas pintas de Guinness, Papo y don Miguel eligieron las rubias como únicas acompañantes de la noche.

La conversación fue excelsa, se abordaron temas tan diversos y complejos como las matemáticas, se mencionaron conceptos tan poco frecuentes como la sucesión de Fibonacci enlazando la conversación con la actualidad de la bolsa. Se habló del Madrid-Ajax, de economía, de la crisis, de la vuelta a España, de la condición humana y por supuesto de viajes. Resurgieron los ecos del transiberiano, se vislumbró la posibilidad de un viaje iniciático desde Granada a Ciudad del Cabo en transportes colectivos, profundizando en lo determinante que podría ser ese viaje para la vida de los que se atrevieran a realizarlo, también se propuso otro más escueto y desde luego más cercano, pero también apasionante, recorriendo todos los pueblos de España. ¡Una gran noche de conversación, amigos lectores!

En cuanto a la habilidad del personal de barra de The Friends Tavern a la hora de servir correctamente una pinta de Guinness, hay que dar un claro suspenso a los regentes del local. Demasiado líquidas, escasas de cuerpo y sabor para las negras que se deslizaron por nuestros gaznates. Por si fuera poco, el precio era del todo abusivo: 6 €. Especialmente si lo comparamos con el precio de la pinta rubia que no llegaba a los 4 €. Este es desde luego un punto a mejorar. Tampoco fue especialmente generoso el acompañamiento de cada una de las consumiciones. Un exiguo plato de patatas fritas o un platillo de revuelto de frutos secos fue todo el acompañamiento que recibimos. A destacar, sin embargo, el impecable trato brindado por la camarera que nos atendió buena parte de la noche y que tuvo uno de los detalles más elegantes que nunca hemos recibido a lo largo de los ya casi 50 pubs que nos contemplan. Eran casi las dos de la madrugada y los cuatro protagonistas de esta crónica apurábamos los últimos tragos de la que iba a ser la última pinta de la noche. Cuarta en el caso de Ferlein y mío. Tercera para Míkel y Papo. Estábamos tan enfrascados en nuestra plática que la sorpresa fue mayúscula al comprobar que la camarera nos estaba obsequiando, por cuenta de la casa, con una consumición igual a la última que estábamos degustando. Sin preguntas, sin discusiones. ¡Todo elegancia!

The Friends Tavern no va a destacar por ser un pub irlandés poseedor de un nombre original, capaz de evocar épicas leyendas de la Isla Esmeralda. Tampoco servirá de homenaje a ningún célebre literato, pero sin duda será muy gratamente recordado como uno de esos lugares a los cuales se llega en compañía de un grupo amigos desprovisto de grandes pretensiones y del cual se sale varias horas más tarde, con el ánimo efervescente, la sonrisa en el rostro y el futuro tapizado de planes y proyectos que al abrigo de las pintas y la noche se muestran realizables.

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