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Posts Tagged ‘Chori’

Fiestas deslucidas

Bueno, el verano sigue su curso y en breve llegan las fiestas de Sanse. ¿Quién me iba a decir a mí que lo que otrora fue epicentro de un verano salvaje y desenfrenado ha menguado hasta el punto de que no sé si me acercaré con Mentxu más veces que a comernos un bocata?

Si además tenemos en cuenta que basura de la ralea del Míkel y Ortigoza (no tengo calificativos suficientemente duros para explicar la envidia que les tengo) están en Zanzíbar, que Fermín está desaparecido entre exámenes y quehaceres familiares, que Rodríguez está en otros lados y que Del Rosal también es pasado madrileño pues la cosa se reduce. Por otro lado, ya no vivo en Sanse, por lo que no se puede uno (no debe) mamar hasta altas horas de la madrugada y pretender coger el coche.

Hombre, imagino que parte de la olivina se pasará por allí para tomarse algo, así que en parte se compensa todo esto.

Pero si uno analiza de puertas hacia dentro, puede que los años pasen y que ya no nos mole tanto quedarnos hasta las mil y que por tanto, las excusas lo enmascaran todo. En fin. Algo haremos, eso por supuesto.

¡¡No más mudanzas!!

Me duele la espalda, estoy harto de mover cosas y de llenar y vaciar coches, de colocar y descolocar objetos.

Joder, estoy de la mudanza hasta el higo.

En fin, ya queda menos. Mañana vienen un par de cerdos a cargar. Cama, estanterías, mesas… todavía quedan cosas. Y una furgoneta por ochenta del ala para trasladar. Y así hasta que veamos el final del túnel.

Está pendiente algún comentario sobre Bristol, Bath, Exeter, el escándalo de St. Yves, Plymouth, la máscara del Míkel, la ardua vida laboral de Rodríguez desde los 18 años, la canasta de Pascual en el café del Míkel, el aparcamiento de Ortigoza de vuelta de la esquina del Reino Unido, Espáriz y sus cabreos, Rodríguez y su silencio, Ortigoza sobando en el coche en momentos críticos, etc. Anda que no hay chicha. Y lo que sigue. Tenemos a dos cerdos que se van a Zanzíbar. Suerte la que tienen. Seguro que nos darán envidia hasta el día del juicio final. Cabrones.

Harto de mudanza, me voy a ir a tomar una birra.

Sábado Sabadete

Se acerca el sábado. Sensación agridulce. 31 años. Joder, 31 años.

El otro día vino a la garita un abuelete majete y hablábamos de temas recurrentes como el paso del tiempo. En un momento dado dijo una frase de esas socarronas, pero que me hizo gracia: «No te equivoques: el tiempo se queda, somos nosotros los que nos vamos». Ese punto cómico, ese otro trascendental y ese otro naturalista aromatizan el contenido de tan rotunda oración.

En fin, son 31 años, sí, pero vaya fiesta nos espera en el Padrao. Sólo parece que faltará Rodríguez, pero si todo se confirmase por allí aparecía el serdo canario con su señora, el Perrete con la suya, Fermín, el Míkel, Auro & Rubén, Cilli & Ortigoza, la Mentxu, por supuesto y seguro que algún agregado más. El mejor ejemplo de que puede ser un gran día es que pensamos ir en transporte público.

Viendo a los presentes uno sintetiza perfectamente la realidad sociolaboral de este país en un declive tan peliagudo: tenemos funcionarios, estudiantes, parados, un burgués amante del bebercio, un par de periodistas cojonudos, una extraordinaria superviviente, un cerdo mayúsculo (bueno, más de uno)… de todo un poco, pero unidos por esos lazos de verdad rígidos: la amis..¡perdón! Quería decir: el alcohol.

Será una buena ocasión de reencontrarse con muchos y con muchas. Quizás llueva. Paradigmático.

El destino de los elegidos

«Aunque el hombre se vuelva a un lado y a otro y emprenda múltiples obras, por fin tornará a aquella senda que la Naturaleza le ha señalado». Goethe.

¿Alguien dudaba que iba a pasar esto? ¿Alguien lo dudaba, de verdad?

Evidentemente, no nos podía tocar la lotería. Como bien dice el Míkel: «eso hubiera sido demasiado vulgar». Lo nuestro era puro destino.

Pues sí, un 1% de posibilidades. 3€ fue el elevado coste de la apuesta (caballo ganador). Y 50 el número elegido por el azar. Me gusta la idea de que al sino le apasione nuestra forma de entender la vida. Con una sonrisa… detrás de otra.

En fin, de locos. De ese grupo heterogéneo llamado Bebedores.

Señores, sólo queda decidir el día de la semana que viene en que los 6 afortunados & señoras se dispondrán a meterse un cebatil (another one) como Dios manda entre pecho y espalda.

Joder, miren la cesta. Creo que voy a llorar.

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Pub nº50: La Fontana de Oro

by Atticus Finch

«(…) Los grupos avanzan hacia la mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un local, que no debe de ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta gente. Aquélla es la célebre Fontana de Oro, Café y Fonda, según el cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunión de la juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y oír su aplauso irreflexivo. (…)”.

Como ven, a tenor de las palabras arriba reproducidas, en 140 años, fecha en que fueron publicadas por primera vez, pocas cosas han cambiado. Y no es el pub que nos ocupa esta semana, el último de esta larga y divertidísima serie que comenzara hace un año, una excepción. No pretende este que les escribe igualar al mayestático literato, Pérez Galdós, por supuesto. Sería una cuestión indecente procurarlo y, por tanto, no encontrarán en esta crónica el más mínimo atisbo de intento de copia de estilo —suspirarán de alivio en este momento muchos— ni nada parecido. Simplemente, sirva la descripición del inigualable escritor canario, madrileño de adopción, para introducirnos en el meollo y comprobar, de manera contundente, que el espíritu de aquella fonda, hoy pub irlandés, no ha cambiado lo más mínimo.

La Fontana de Oro es un pub con historia. Es famoso por la novela del ya mentado Galdós, pero en sus taburetes se han relajado las posaderas de un buen número de personajes ilustres de la vida política española. Fundada allá por el año de 1760, tuvo su momento de mayor esplendor durante el Trienio Liberal (1820-1823), período durante el cual este país llamado España pudo disfrutar de nuevo de las libertades perdidas a manos del indigno Fernando VII siete años antes. El personaje que marca esta época fue Rafael del Riego, militar de alto prestigio, que tras deambular por medio país como capitán general, finalmente llegó a Madrid, donde fue prendido y, posteriormente, ejecutado por fuerzas extranjeras, los Cien Mil Hijos de San Luis, los cuales habían llegado desde Francia en apoyo del absolutista rey Fernando y como representantes de la Santa Alianza. Antes de tan triste final, a buen seguro que este garante de las libertades degustó comida y bebida en abundancia en el pub que hoy nos ocupa, un magnífico establecimiento, dicho sea de paso.

La actual Fontana de Oro, situado en el mismo emplazamiento en que ha estado siempre, el número tres de la Calle de la Victoria, en el madrileño barrio de las letras (Huertas), no es un pub muy diferente del que podía haber sido aquel de la época de que trata el anterior párrafo. Es obvio y evidente que la decoración habrá cambiado algo, aunque menos que en otros establecimientos de rango parecido y pretensiones similares —no debe usted, estimado lector, dejar de ver los múltiples retratos de personalidades que decoran las paredes—, pero el espíritu acogedor, envolvente y cálido que encierran estas cuatro paredes sigue siendo el mismo de antaño.

Es un pub grande en el que el espacio está ricamente aprovechado. Las mesas ocupan la mayor parte del recinto y están lo suficientemente separadas las unas de las otras como para no agobiarse cuando el local está lleno —lo que ocurre tan a menudo como días tiene el año, claro—. Destacan, por su elegancia, las lámparas y farolas que iluminan el espacio y que realzan aún más ese carácter clásico del que les hablaba. Un carácter, por otra parte, que no está reñido ni por un momento con el dinamismo que todo bar en el centro de Madrid debe poseer y que, en este local, está representado a través de la magnífica atención que los camareros dispensan agradable y servicialmente a sus clientes.

El precio es el estándar. Ni más ni menos, aunque es de justicia recalcar el hecho de que los miembros de Bebedores Magazine disfrutaron de un precio rebajado en su primera consumición gracias a la invitación ofrecida por un tipo (hay quien le diría «flyer» que nos abordó por la calle y que trató de que entráramos en el local a cambio de dichas reducciones en el precio. Teniendo en cuenta que nosotros íbamos a ir allí de todas, todas, pues… Todo un detalle del señor «flyer». La calidad con que fueron servidas las Guinness dejaba que desear, la verdad. De las rubias nada que objetar.

Al final, tras dos rondas de cerveza y un sinfín de inigualables conversaciones, al grupo le entraron ganas de cerrar la noche como sólo los grandes acontecimientos se clausuran: en Padrao y comiendo el mejor bocata de bukake que se hace en el mundo. Los seis —en esta ocasión no se rajó nadie— pusimos rumbo hacia San Bernardo y, recorriendo a pie la distancia —destáquese la hazaña—, llegamos para finiquitar de la mejor manera posible lo que, por otra parte, no podía terminar de otra forma: con risas y más risas.

En fin, da pena decirlo, pero el cincuenta llegó y el cincuenta ya se marchó. Un visto y no visto. En menos de 365 días, Bebedores Magazine ha recorrido medio centenar de pubs irlandeses, todos ellos en Madrid, y les puedo asegurar que, a titulo personal, todo ha sido todo una pura diversión, cachondeo. No creo errar si lo hago extensivo al resto de bebedores. Seguro que no.

Decía otro genio de las letras, Edgar Allan Poe, que «todas las obras de arte deben empezar por el final». No sé qué decir. Quizás sea una premonición de lo que pueda depararnos el futuro. Saquen sus propias conclusiones.

Señoras y señores, en nombre de todos los miembros de Bebedores Magazine, ha sido todo un placer.

Pub nº49: O’Daly Irish Pub

by Asstomouth

Hay magia en el número 49. Son muchas las coincidencias curiosas que se pueden establecer en relación con este guarismo; 49 son el número de cuerdas en un harpa, en el mundo del deporte los San Francisco 49ers es uno de los más míticos equipos de fútbol americano y si nos ponemos transcendentales, fueron 49 los días de meditación que necesitó Sidharta para llegar a la iluminación. Para los integrantes de Bebedores Magazine el 49 también es un número cargado de simbolismo, pues nos sitúa en los albores del epílogo de una aventura iniciada hace ya casi un año, en la que nos propusimos visitar y disfrutar 50 pubs irlandeses en Madrid capital, elaborando a su vez nuestra experiencia, la evaluación, la crítica o el elogio que cada uno de estos templos del beber nos inspirase.

En esta ocasión, el azar nos llevó al sureste de la capital, en particular a la zona de Méndez Álvaro, más concretamente a la calle Eros, cuyo evocador nombre hacía presagiar una noche cargada de placeres.
Alrededor de las 21:30 de la noche 5 de los más habituales bebedores nos situamos ante la fachada del Pub O’Daly. La primera impresión fue de sorpresa ante el tono berenjena de la fachada, alguien comentó que recordaba más a la fachada de un restaurante chino que a un pub irlandés. En la puerta del local se encontraban varias motos tipo custom de alta cilindrada y abundaban los clientes ataviados con estética motera. Más tarde constatamos que el pub estaba siendo sede de una fiesta de amantes de las dos ruedas aquella misma noche.

Una vez dentro del pub nos encontramos un local amplio con una original forma semicircular. Esta particular distribución propicia que alguien situado en un extremo de la sala no alcance a divisar el extremo opuesto debido a lo curvado de la estancia. Lo que sí que no se pierde de vista en ningún momento es la barra, una gran barra semicircular que es sin duda la protagonista indiscutible del O’Daly.

Asentamos nuestras posaderas en una mesa de uno de los rincones del Pub. El O’Daly destaca por contar con abundancia de mesas, sillas, taburetes y zonas orientadas a la reunión y a la conversación, dentro de la apariencia poco refinada del establecimiento hay que resaltar que cuenta con una librería que ocupa buena parte de uno de los fondos de las esquinas. Observamos con curiosidad y con asombro como alguno de los títulos con los que cuenta la librería son auténticos incunables, ediciones antiquísimas (vimos una edición del año 1956) de títulos harto desconocidos.

Como señalaba con anterioridad, la decoración del O’Daly no es exquisita, se trata de un bar que roza sin alcanzarlo el adjetivo vulgar en su decoración, hay escasos ejemplos de esa “irlandidad decorativa” tan apreciada por los integrantes de Bebedores Magazine, sin embargo es muy loable en el caso de O’Daly, el hecho de cumplir con la premisa que deberían cumplir todos los pubs irlandeses y esta es la hospitalidad. El ambiente era agradable y acogedor, la selección musical era sublime, encadenando himnos mundialmente conocidos de U2 con clásicos de los Rolling Stones, salpicados de inquietantes y fascinantes temas de The Doors, sólo criticaría que el sonido no era impecable y retumbaba un poco, se notaba que algunos de los bafles no estaban operativos.

Los ya clásicos Rodríguez, Espáriz, Barra, Pascual y Ortigoza disfrutamos de hasta tres pintas en el O’Daly, fueron pintas diligentemente servidas y acompañadas por generosas y exquisitas tapas de huevos estrellados con patatas, habas con jamón y de morcilla de arroz. En este sentido, y aunque las tapas sean un detalle nada irlandés, hay que ponerle una muy buena nota al trato del O’Daly. Mención especial al hecho de lo notablemente bien servidas que estaban las dos pintas de Guinness que un servidor eligió degustar.

Cómo no podía ser de otra manera el 49 fue un pub con un ineludible carácter nostálgico, pero ello no impidió que echáramos la vista 15 días en el futuro y que evocáramos durante unos minutos el viaje que coronará esta singladura irlandesa. Efectivamente el 12 de noviembre los bebedores Barra, Espáriz, Ortigoza y Pascual se desplazarán a la mágica Dublín para hacer su particular ruta de bebedores a orillas del Liffey. Huelga decir que será un fin de semana inolvidable en el que paradójicamente corremos el serio riesgo de no recordar nada habida cuenta de la brutal ingestión de pintas de la que vamos a hacer gala. Previendo esta circunstancia los “reporteros” de Bebedores Magazine marcharán a la capital de la Isla Esmeralda armados con sus cámaras para atestiguar gráficamente nuestra presencia en la capital de nuestros corazones bebedores. Un post muy especial será publicado con ocasión de este viaje.

La nostalgia tomó protagonismo cuando ayudados por una servilleta, empezamos a escribir en orden, uno a uno, cada uno de los 48 pubs que habían precedido al O’Daly. No fue tarea fácil, pero finalmente lo conseguimos. Tantos conocimientos, tantas experiencias y tanto disfrute derivaron en unos interrogantes que rondan las cabezas de los integrantes de Bebedores Magazine desde hace tiempo. ¿A dónde nos va a llevar esta pasión? ¿Tal vez tendríamos que hacer de esto nuestro medio de vida..? Las ideas y los sueños fluyeron a la par que apurábamos la última pinta de la noche…

O’Daly toma su nombre del vocablo gaélico O Dalaigh, de la palabra dalach, que a su vez proviene de dail, que significa asamblea. Podemos asegurar que el pub O’Daly es un agradable lugar de encuentro y diversión donde uno se puede sentir muy a gusto en compañía de amigos, tras una larga jornada laboral con compañeros de trabajo, o viendo un partido de fútbol en cualquiera de las grandes pantallas distribuidas por el local. En su contra podemos aducir que el precio de las consumiciones no es módico, (4,10 Pinta Rubia – 5,30 Guinness) pero habida cuenta de la excelente calidad y cantidad de las tapas que se sirven con la consumición sería injusto tachar al O’Daly de excesivamente caro. Todo esto, sumado a la buena música, la atención más que correcta de los camareros y a la nutrida presencia de público, hacen del O’Daly una acertada elección para una noche irlandesa en la zona sur de Madrid.

Para los integrantes de Bebedores el O’Daly siempre será además el penúltimo paso antes de la meta y quién sabe si el génesis de un éxito sin precedentes.

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Pub nº47: Irish Star Pub

Pensaba en números. En el 47 para ser exactos. Este es el pub irlandés 47 que visitamos. Proeza dirían algunos. Estulticia, otros. Disfrute, nosotros.

Pensaba en que dentro de poco hará 47 años que mataron a Kennedy. El tipo aquel que un día dijo que «si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas». Y claro, ¿se les ocurre un lugar más apto para ellas que un pub irlandés? Las cosas cambian, mutan al compás que marca la cerveza deslizándose por el gaznate hasta llegar al núcleo de la fruición, dejando atrás las hablillas. Uno disfruta en un pub porque sea cual sea su situación, el prisma cambiará.

Irish Star Pub desprende ese aire novel imposible de obviar. El compañero Atticus apuntó un dato significativo: hace poco este lugar era un Museo de la Cerveza. Ahora pretende ser un pub irlandés.

Cumple ciertos de los mandamientos esenciales como se ve en varias enormes menciones a Guinness o en la librería típicamente irlandesa repleta de libros que sí se pueden ojear (no como hemos visto en otros sitios), de ediciones de los años 50 que llaman la atención al que se fija. Pero, por lo general, hemos de decir que hay varias deficiencias. La irreemplazable madera autóctona se dispersa entre bloques de piedra y las paredes brillan, pero por la ausencia de parafernalia habitual.

Además, el escenario previsto para monólogos o conciertos (no parece que vayan a ser de música celta) le da un toque que poco a poco se aleja cada vez más de la Emerald Island. De hecho, la música que, por defecto, se puede escuchar en el local deja bastante que desear.

A modo de curiosidad merece la pena apuntar que los barriles no están justo debajo de la barra, sino que los deben de tener en el sótano y mediante un conducto bastante largo y una presión adecuada sirven la cerveza de manera más que potente. Uno ve su cerveza rubia en ebullición durante varios minutos; llamativo por lo extraño. Las negras, aparentemente algo líquidas no despertaron en sus degustadores epítetos grandilocuentes. El precio, el imaginado: 5€ la negra y 3’5€ la rubia.

Allí fuimos todos los indeseables habituales con nuestras cuitas de siempre. Por una vez, el documento gráfico aportado por el Sr. Rodríguez no fue tan excelso como de costumbre, intuyo que por la impericia del improvisado fotógrafo.

Sin más y tras dos simples pintas (noche presidida por una intachable moderación) decidimos salir y regresar. Sin olvidar que cada vez tenemos más cerca nuestra particular Irish Star.

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