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Jornada de reflexión

Sábado. Quedan horas.

Antes el Uruguay-Alemania por ver quién será tercero.

La disyuntiva en estos momentos radica en si se prefiere que llegue cuanto antes el momento de comenzar a sufrir o se prefiere que tarde lo más posible para disfrutar de esta sensación maravillosa previa a la posibilidad de ser campeones del mundo. Hay gustos para todo. Es lógico.

Una vez metido en la vorágine peligrosa de la imaginación, a uno le da por verse siendo campeón. Comprando periódicos, grabando reportajes, analizando y escrutando opiniones de los expertos. Uno se ve delante del televisor viendo a Pepe Reina volviendo a protagonizar el mejor Reality Show jamás visto de un campeón.

Y uno está disfrutando, cuando empiezan a cruzarse otra serie de imágenes no tan divertidas. Y da por acordarse de los últimos subcampeones. Uno tiene que estirar, como un chicle, la fantasía para imaginarse a Xabi Alonso dándole un cabezazo en el pecho al Materazzi de turno o a Casillas escupiendo un remate como Khan en 2002 a la espera de algún remache. O incluso a una defensa incapaz de defender, como la Brasil del 98, correctamente los córners. O lo que es peor… perder la final por penaltis. Mejor ni pensarlo.

Tras tanta ida y venida, se conviene en que lo más inteligente es no darle demasiadas vueltas. Mañana, día de concentración y de fatiga completa (va a ser muy muy duro; esperemos que gratificante al menos), pero hoy algo de relax y de descanso. Al menos hasta que empiece la final de consolación.

Toda una vida esperando

Podrán pasar mil años…podrá pasar una eternidad. Nada será igual.

El partido más importante de nuestra historia se saldó con una victoria aplastante. Con una ocupación perfecta de los espacios, una demostración de solidaridad ejemplar y una decisión a la hora de triunfar que sólo poseen los elegidos para la gloria.

Alemania es «el» equipo de los Mundiales. El más completo. Aquel cuya historia le permite competir siempre al máximo. Nosotros dependemos de diversas circunstancias. Y mira que tienen que ser muchas y complejas… porque es nuestra primera vez. Lo más emotivo que nunca hayamos vivido. ESTAMOS EN LA FINAL DE UN MUNDIAL. DE UN ¡¡¡¡¡¡¡PUTO MUNDIAL!!!!!!!

Después de una exhibición memorable. Después del triunfo de un colectivo, de unos tipos que enorgullecen al mundo del fútbol… España juega al fútbol de manera cuasi poética. Se apodera de la lírica. Rondamos la fascinación. Y todo desde la sutileza. Desde la grandeza. Desde el orgullo. Y sobre todo, desde el juego. Sólo así se entiende que España salga imponiendo un estilo a nada menos que Alemania.

España es el mejor equipo que jamás han visto nuestros ojos. Es lo más parecido a la perfección que se pueda ver en fútbol.

Semifinales: Alemania 0 España 1 (Puyol)

El equipo de Del Bosque llega a la final como es él, fiel a la pelota, con ese delicioso punto de descaro que define a este grupo de desacomplejados futbolistas que han desterrado el escepticismo crónico (José Sámano). Es así.

Y el caso es que Alemania es un gran equipo. Tiene talento para exportar. Pero es que España es el talento. España es la emocionante expresión de la música celestial focalizada en el fútbol. España ha anulado por completo a Alemania. Desde el principio se vio quién era quién. Posesión nuestra, ataques nuestros, forma de jugar nuestra, detalles nuestros, calidad nuestra… Alemania sabía que iba a perder. Y, ¡ojo! lo hizo con dignidad, pero tenía fecha de caducidad. España es el mejor equipo de fútbol de la tierra. Las lágrimas adquieren vida propia si uno dice estas cosas. Pero, amigos… es que es la verdad.

Cuando en el futuro hablen del equipo de la orgullosa España que tocaba hasta la extenuación para fabricar un mensaje, que masticaba los bocetos hasta convertirlos en realidades, recordarán a un conjunto inigualable: campeón de Europa y en unos días aspirante a ser campeón del mundo. Y, reitero, recordarán una manera. Un estilo.

Un conjunto de tipos empapados de una filosofía fraternal del pase, el desmarque y el toque. Porque eso es España. Nunca seremos los mejores en otras facetas. Para que España gane, necesita dominar el partido desde el puro agotamiento psíquico del rival. Y es que es fácil de entender: el rival de España acierta a interpretar pronto el partido que le toca ante los nuestros: no tendrá mucho balón, no por nada, sino porque el balón es nuestro. Y las reglas las ponemos nosotros. Es el acogotamiento dictatorial. El KO técnico. España gana, porque es verdaderamente superior a cualquier rival.

Alemania había humillado a Argentina y a Inglaterra. Y, sin embargo, qué poco pareció. Qué poco pudo hacer. Es un gran equipo. Pero todavía no está en el punto excelso que te dan varios años de rondar la eminencia. España hizo un partidazo. Sin fisuras. Sin dobleces. Perfecto.

No puedo más que alegrarme sin contención por el golazo descomunal de ese ingente central, todo corazón y fuerza llamado Carlos Puyol. Trabajador estajanovista y solidario con sus compañeros: un defensa único. Se lo merecía. Le podemos dar toques evangelistas a toda esta película y desentonaríamos, quizás, pero hay veces que lo terrenal no explica tantos deseos cumplidos. ¡Grande Puyol!

Y grande Piqué. Partido de museo el que ha hecho. Todo contundencia. Todo elegancia. Todo saber estar. Central imperial. Central de un equipo llamado a ser campeón del mundo. ¿Y qué me dicen de Pedro? No hay palabras. La baza escondida de Del Bosque dio resultado de partido. Jugando entre líneas, asociándose, siendo el amigo de todos… Pedro estuvo inmenso. No hay ‘peros’. Sólo hay gracias.Podríamos volver a caer en la redundancia al hablar de Xavi, de Iniesta, de Xabi Alonso, de un estratosférico Busquets, de un siempre cumplidor Capdevila, de un desconocido Ramos, de Iker, que estuvo cuando tenía que estar, de Villa, el más grande… todos, todos, todos. España es un todo que le sonríe a la vida. Y que está por encima de falacias y maldades.

El domingo, España puede ser el equipo campeón del mundo. Imagino que son conscientes de que esto significaría un antes y un después. Nunca, nada, jamás, nunca jamás volverá a ser igual. Es el partido más importante de nuestra vida. El techo. A partir de ahí, todo serán copias, algunas intuyo que fantásticas, pero el original será inviolable. Imperturbable. Eterno.

A mí, hay varios puntos que me emocionan especialmente. Por un lado, uno externo: el saber que todos nos admiran y lo dicen abiertamente: somos los mejores. Y punto. Luego hay una sensación intrínseca que hace ya años que siento: uno sabe que España al final va a marcar, que va a pasar, que no nos puede fallar. Uno aplica algo de racionalidad a toda esta locura: creemos, porque podemos creer: porque somos el mejor equipo de largo del planeta. Los mejores del mundo (incluso más allá de lo que pudiera pasar el domingo contra Holanda).

Me acuerdo de mis amigos, de esos cerdos que tantos sinsabores han compartido conmigo. Me acuerdo de aquellos que se rieron. De los que simplemente pasaron del tema. Me acuerdo de la racionalidad de los que no entienden esta locura. Me acuerdo de mí hace años rumiando derrotas y malos pensamientos. Y de que los años pasan y de que por fin ha llegado un momento tan culminante para los que seguimos esta droga inacabable en forma de balón. Y me acuerdo, y me sigo acordando… y cuanto más me acuerdo, más difícil se me hace dejar de llorar.

Holanda marca el camino

Volvíamos de ver la primera semifinal y pensábamos en voz alta que para el Mundial de 2014 ya no estarán posiblemente jugadores como Xavi, Xabi Alonso, Puyol, Villa o incluso Casillas. Esa es la realidad. Y ya ha llovido desde la última vez que estuvimos en una situación relativamente parecida a ésta.

Nos da por pensar, por tanto, que esta oportunidad que se nos presenta parece difícilmente igualable en el futuro.

El equipo teutón ha cambiado bastante con respecto al de la final de 2008. El centro del campo que formaban Hitzlsperger, con Frings y Ballack ha dado paso a uno formado por Khedira, Özil y Müller (que no podrá jugar). Además Schwensteiger ya no juega por la derecha, sino que es mediocentro, Friedrich no es lateral, sino central y Lahm ha cambiado de banda. Además, han desaparecido Lehmann y Metzelder. Vamos… que el equipo ha mejorado por doquier. Y además están jugando de manera extraordinaria.

Hasta ahí, todos de acuerdo. Y es cierto que siempre llegan lejos y que les da igual cómo jueguen. Nosotros tenemos nuestra primera oportunidad real.

Del Bosque dice que van a jugar los mejores… por lo que todo apunta por que repetirá, con Torres en el once. Si finalmente hay sorpresa, sería Silva o Cesc el que entrase. Pero a un 99% de posibilidades, jugará Fernando Torres. Y seguro que a más de un alemán le da un poco de canguelo el tema, recordando el pasado.

En fin, quedan horas… para ser recordados toda la eternidad.

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Semifinales: Uruguay 2 (Forlán y Maxi Pereira) Holanda 3 (Van Bronckhorst, Sneijder y Robben)

No fue un gran partido. Pero más que suficiente para estar tensionados hasta el último balón colgado por los uruguayos. Es lo que tiene un Mundial. Al final, cada minuto se sorbe y se valora como si fuera el último. Son partidos únicos y tardaremos cuatro años en volver a verlos…

El partido tuvo un gol inolvidable: el de Gio Van Bronckhorst desde 35 metros. Zurdazo descomunal a la escuadra. Impresionante. El gol del Mundial, salvo que alguien diga lo contrario. De lo mejor en lo que a disparos desde fuera del área se refiere. Varios acercamientos holandeses y poco más. Forlán empató en el 40 con un zurdazo que quizás se topó con un portero algo torpe. Tremendo el campeonato del jugador del Atlético.

El descanso dejaba un empate a 1 y el suspense por compañero. Y es que Holanda tiene puntos de gran equipo, pero otros (los más) de conjunto poco ambicioso y aparentemente menos fuerte de lo que pudiera aparentar el hecho de haber ganado todos los partidos del Mundial (6 de 6).

20 minutillos de toma y daca y de repente 7 minutos de arreón gigantesco. Robben falla bajo palos, Sneijder que ya la toca, Van Persie que hace algo bien y gol de Sneijder (posible fuera de juego de Van Persie) en un golpeo desde la frontal que volvió a pegar en un defensa celeste. Acto seguido, centro de Kuyt y Robben percute inmisericordemente contra la red su cabezazo. Todo parecía acabado. Pero una orgullosa selección uruguaya (¡vaya Mundial se han marcado!) marcó en el descuento el 2-3 y achuchó hasta el final. Holanda mereció la final, pero no sé hasta qué punto merece ser campeona. Ya habrá tiempo para ver eso.

Uruguay cae con honor y ha vuelto a jugar unas semifinales 40 años después. Holanda después de las finales del 74 y del 78 y la victoria en la Eurocopa del 88 vuelve a sentirse en el meollo del asunto. Después de la maravillosa Naranja Mecánica y del equipo de Gullit, Van Basten y Rijkaard, parece que Sneijder y Robben llevan la batuta. Enhorabuena para los tulipanes. Y para los uruguayos, por descontado.

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En un momento dado de El halcón maltés, un policía le pregunta a Sam Spade (Bogart) acerca de la composición de la estatuilla. Bogart mira y le contesta: «Del material con que se forjan los sueños».

Amén.

Nervios previos

A un servidor, le empezó a gustar esto del fútbol desde pequeño. No tengo recuerdos nítidos de la final de la Recopa que perdió el Atleti en Lyon. De las cinco ligas de La quinta del Buitre, recuerdo bastante bien muchos partidos de las últimas dos, sobre todo.

Por ejemplo, sé perfectamente dónde estaba y con quién vi la paliza que el Milán de los holandeses le dio al Madrid en la copa de Europa. Algo menos, lo que sucedió el año anterior cuando el Madrid no pudo superar al PSV de Van Breukelen. Por ejemplo, detalles, recuerdo perfectamente ese color celeste, gris, llamativo, de color cielo gallego que tenía Buyo en su camisola. Inolvidable.

La final de la Copa de Europa del Barça la vi con mi hermana. ¿Se creen que todavía recuerdo aquel remate de Stoitchkov al palo tras el pase al hueco de Laudrup? Pero incluso aquellos partidos que dio Telecinco de la Copa de la Uefa. Recuerdo ver a Matthaus con la camiseta del Inter.

Los partidos de los clubes, al ser tantos, puede que ciertamente pasen en muchos casos desapercibidos. O no. Al fin y al cabo ya sabemos que el fútbol es lo más serio de lo menos serio. Me encanta la frase.

El primer partido que para mí fue verdaderamente importante, del que estuve pendiente durante días fue de la primera «final» del Madrid en Tenerife. Vaya puñalada fue aquello. Qué putada.

Pero si hablo de España, recuerdo perfectamente el gol de Stoijkovic (el de falta, especialmente) que nos dejó fuera de Italia’90.

A partir de entonces, todo adquiere ya menos nebulosa. Uno se mete en esta aventura diaria y sabe qué pasa y qué no pasa. Desde entonces, soy capaz de decirles el 100% de los partidos, resultados y goleadores que ha jugado mi equipo y por extensión, claro está la selección (al menos, en fases finales) e incluso muchísimos de los de Barça y Atleti. Tenía la final de la séptima y la final de la Euro’08 como el culmen de nuestra carrera como sufridor futbolístico.

Quizás por ello, pueda sin ningún tipo de rubor y con conocimiento de causa afirmar que el miércoles viviré —viviremos— el encuentro más importante de nuestra vida. Semifinales de un Mundial.

Ante Alemania, no recuerdo (probablemente, Ortigoza sí) la debacle en el Bernabéu en el Mundial de España o el cabezazo de Maceda en la mejor Eurocopa española hasta lo de hace dos años. Más nítida la derrota de la Euro’ 88 de Alemania y perfectamente vívido el empate de EEUU con el gol de Goicoetxea. Varios amistosos. Y sobre todo la final de Viena con el gol de Torres. Si somos realistas, la cosa en cuanto a precedentes de los últimos 30 años tampoco está nada mal.

En horas, primera semifinal entre Holanda y Uruguay. Totalmente abierta. Pero importa poco. Lo nuestro llega el miércoles. El partido más importante que jamás hayamos visto. Y sufrido. Ojalá, sólo haya que esperar cuatro días para superarlo.

Nadal como ejemplo a seguir

Lo ha vuelto a hacer. Como en 2008. ¿Preludio de victoria futbolística?

Rafa Nadal destrozó a Berdych en la final de Wimbledon. Sin contemplaciones. Sin ceder una sola vez su servicio. De calle…

Volver a loar a Nadal es caer en la redundancia. Además, estamos metidos en pleno éxtasis mundialista.

Simplemente debiéramos aprovechar las similitudes y buscar el símil. El miércoles Alemania, en el partido más importante de toda la historia del fútbol español. Así, tal cual. Sin anestesia.

La duda radica en si seguirá Torres o en si Del Bosque meterá a un centrocampista más (Cesc o Silva, se apunta). En Alemania, Müller no estará.

No podemos a estas alturas dejar de confiar o temer y conformarnos con esto. Ambición, señores. El miércoles, tal vez, podamos decir que estamos en la final de un Mundial. Así, tal cual. Sin anestesia.

La maravillosa sensación de la primera vez

La alegría no se posee… es ella la que le posee a uno. Y cuando anega el raciocinio, sólo se puede sonreír y abrazarte. O llorar. No está definido. Creo.

España se ha clasificado para las semifinales de la Copa del Mundo. ¡Las semifinales de un Mundial! Primera vez en nuestra vida. Nuevo paseo por lo desconocido. Por la bendita senda anónima. Por el terreno reservado a los demás. Todo es extraño. No miren demasiado a los lados. No les suena. Nadie les puede dar una indicación. Somos afortunados. Debe de ser la irresistible y adictiva sensación de la primera vez.

Cuartos de Final: Paraguay 0 España 1 (Villa)

Tuvo que suceder todo así. Estaba pactado con el destino. Hubo que aguantar una primera parte errada y errónea, mal planteada y pésimamente ejecutada. Tuvimos que volver a resignarnos con la peor versión de Torres (y los continuos exabruptos de Don Miguel), con un Xavi perdido, un Villa rodeado y un Iniesta anulado. Los primeros 45 minutos dejaron un gol anulado a Valdez y un tiro de Xavi rozando el larguero. Poco. Nada. El ahogo nos impedía derribar la puerta paraguaya, la única que nos separaba del esperado momento de la celebración en masa. 45 minutos donde la «victoria de calle» pasó a mejor vida. Esto es un Mundial.

Todo lo bueno y verdaderamente valioso sale del sufrimiento y de la soledad. Sale de los momentos en que uno discute consigo mismo; con aquél que siempre estará a tu lado. Incluso cuando tú no quieras.

El minuto 57 tenía reservado un intento de luxación de Piqué a Cardozo dentro del área. Penalti claro. El abismo a nuestros pies. El diluvio universal de lágrimas volvía del destierro. Cardozo, que marcó de manera impecable el penalti clave ante Japón en la tanda de octavos nos podía dar la puntilla. Entonces apareció Íker. Cuartos de Final otra vez. Él otra vez. Los penaltis nuevamente. «El Santo» que gritó hasta la extenuación un incontenible Don Miguel. Casillas nos salvó. Como ante Italia. Un recuerdo maravilloso al que agarrarse ante la duda en que Paraguay nos quiso dejar caer.

El éxtasis permitió que un pase profundo (¡por fin!) llegase al Guaje (ya sin el inexistente Torres sobre el campo) que encaró al portero, pero fue trabado por un defensa paraguayo. Penalti; sin roja. Xabi Alonso marcó. Sin embargo, un guatemalteco sin nombre mandó repetir (Al Ghandour saludó desde el recuerdo). Entonces Xabi no repitió acierto (Eloy vino de la mano de Joaquín con la tristeza imperecedera en sus rostros). El rechace le cayó a Cesc y un penalti indisimulable se fue al limbo (Tassotti nos daba la puntilla). Tres en uno. En dos minutos habíamos pasado por todos los estados psicológicos permitidos por la Organización Mundial de la Salud. El agotamiento físico era terrible. Pero el mental era devastador.

Quedaban 20 minutos para la prórroga. El temor es siempre propenso a creer lo peor. Por eso temíamos llegar a ella. Pero más temíamos los penaltis. Y sobre todo, nos consumía la idea de que cualquier error puntual nos dejaba en la cuneta. Fueron minutos de tensión exagerada. Paraguay ponía su granito. Pero los fatídicos cuartos de final y la cruel despiadada memoria nos martilleaban hasta dejarnos sin fuerzas.

Dicen que sin trabajo, el talento no es sino un fuego de artificio: deslumbra un instante, pero no queda nada de él. Por eso bastó un segundo. Un chispazo fascinante. Cesc tocó hacia Xavi que de primera y medio girándose habilitó a Iniesta de forma prodigiosa. El inacabable ingenio de Iniesta hizo el restó. Limpió en una baldosa a dos enemigos, avanzó con la mirada clavada en el horizonte y cedió el balón magistralmente a Pedro. Gracias Iniesta. Emociona pensar que un jugador de ese calibre quiera lo mismo que nosotros. El remate de Pedro se estrelló en el poste, pero el rechace le cayó al elegido. Villa anotó el gol que nos mete en semifinales después de golpear en los dos postes. Tuvo que ser así. Metáfora de nuestra historia en los mundiales. El gran Villa, el impagable Villa. El delantero más grande que hemos conocido con la zamarra española. Nuestro pichichi. El del Mundial. Nuestra referencia. El gol resume las virtudes y la intención de nuestro maravilloso conjunto: toque, velocidad, finura y definición. Insuperable.

El tiempo no sabe conservar las esperanzas. Que levante la mano quien no pensara más de una vez que nos íbamos a ir a casa… otra vez. De ahí al final, sólo podía ocurrir una cosa: sufrir. Barrios la pegó fuerte y Casillas rechazó el Jabulani hacia Santa Cruz, pero si metemos la religión en esta película, Casillas se las sabe todas y por eso rechazó el disparo a bocajarro. Salve Iker. Gracias otra vez.

España no jugó su mejor partido ni mucho menos. Pero hoy sólo importaba ganar. Paraguay hizo todo lo que pudo y deberían marcharse orgullosos. Extraordinario su despliegue. Pero si hay algo de justicia en esto (no la hay), España debía pasar. La fuerza centrípeta de poder estar entre los cuatro mejores equipos del mundo (sólo pensarlo hace que tiemblen las piernas) nos sirvió de «automático» en los peores momentos. Nos esperaba el Paraíso.

Pero estaba escrito. Había que pasarlo mal y notar que había que sortear la ruleta rusa que siempre podía con nosotros. Cómo gusta  poder confirmar que no es cierto aquello que reza que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Cuartos de Final: Argentina 0 Alemania 4 (Müller, Klose (2) y Friedrich)

No hay mucho que contar. Toda la vida en deporte, un equipo ha sido más que un simple individuo. Alemania ha conformado un bloque soberbio. Fuerte, talentoso, rápido, ágil, solidario y tremendamente inteligente. Argentina está formada por un grupo de buenos delanteros que conviven dentro de una estructura en la que no existen centrocampistas de ningún tipo (salvo Mascherano) y que tiene varios de los peores defensores de su historia. El resultado parece evidente.

Müller nada más empezar y Klose, dos veces, además de Friedrich destrozaron el ego del paupérrimo Maradona. Debe de pensar el ídolo que con besos y carantoñas se gana un Mundial. Parece inocente. Más bien parece estúpido. Pero es lo que pasa cuando uno se cree un Dios hasta en los lugares en los que no existen. La inagotable fe que este tipo de conjuntos tiene en el líder desapareció con el 0-2. A partir de entonces cayeron en el más profundo de los ridículos. La humillación fue incontestable. El fútbol gana, porque Alemania es semifinalista. El egocentrismo pierde: Maradona y su nadería técnica se van a casa. Por la puerta de atrás. Primer obstáculo serio y eliminados. Esa es la única verdad. La de hoy y la de todos aquellos que se paren a recordar qué tal jugó el «equipo» de ese genio de los 80, bajito, gordito y que tantas sandeces soltaba por la boca.

Alemania (lo que nos importa) es un conjunto grandioso. A aquél que fue finalista en la Euro 2008 han añadido a dos centrocampistas (aprende, Maradona, bocazas) como Khedira y Özil que le dan un ritmo impresionante. Además Müller (que no jugará contra nosotros). Quizás lo más flojo sea su defensa. Pero mantienen ese caparazón germano, mantienen la racha increíble de Klose en los mundiales, el rigor táctico y el sacrificio por el bien colectivo. Será más que duro hacerse con ellos.

«El alemán pide cierta gravedad, cierta grandeza de alma, cierta plenitud interior», dijo el escritor Eckermann. Por eso saben que deberán ganarnos para encontrarlo. Pero también saben lo que tendrán enfrente.

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La naturaleza del hombre es tan insatisfecha y rutinaria que desprecia el placer de las cosas de la vida en cuanto las posee habitualmente. No es el caso para nosotros, todavía. Aún nos encontramos en el punto de la obnubilación. Es nuestra mejor baza.

España está en semifinales. Habrá que repetirlo mucho estos días. Por eso de convencerse. Y por eso de entender por qué cuando uno se mire al espejo se sienta diferente.

Antecedentes

No viene mal un poquito de relax. Un par de días sin fútbol sirven para fijar, limpiar y dar esplendor. Descansar, vaya.

Empezaron 32 y ya sólo quedan 8.

4 enfrentamientos: Uruguay – Ghana; Holanda – Brasil; Argentina – Alemania y Paraguay – España.

Más allá de hablar de los equipos y de cómo llegan y de las posibilidades de cada uno, es interesante ver qué pasó entre ellos hace años.

Uruguay y Ghana se van a medir por primera vez en su historia. Y justo en el partido más importante que hasta ahora hayan jugado todos los jugadores. Cualquiera puede ganar.

Pero, por ejemplo, si hablamos del Holanda Brasil, hay 3 recuerdos muy claros: el baño holandés en el 74 en un partido violentísimo, el 3-2 de EEUU y los penaltis del Mundial de Francia. En esta ocasión, Brasil parece algo más favorita por la dureza de su juego y lo compacto que parece, pero ojito con Holanda, cuya mejor baza parece ser que todavía no ha dado su mejor cara.

Tampoco nos quedamos atrás en el Argentina-Alemania. Además, partidos trascendentales por definición. Sin ir más lejos, en el pasado campeonato de Alemania, se encontraron también en esta ronda: Alemania pasó por penaltis. Pero no olvidemos que estos equipos han jugado dos finales de mundial…¡ y consecutivas! La del 3-2 de México y el 1-0 en Italia. Partido incierto, éste. Parece más equipo Alemania, pero no hay mejores delanteros que los argentinos. Interesantísimo.

Del España-Paraguay, todos nos acordamos de aquel desastre de Javier Miguel Clemente Barra en Francia 98 donde no pudimos ni marcar un gol al provocador Chilavert. En 2002 al menos nos vengamos y les derrotamos 3-1 con doblete de Morientes. Somos favoritos, bastante mejor equipo y no podemos dejar lugar a las dudas.

En fin… todo por delante.