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Archive for 30 marzo 2010

Pub nº20: Dubliners

¿Por qué nos gusta tanto el mundo irlandés?

Walking all the day
Near tall towers where falcons build their nests
Silver winged they fly
They know the call of freedom in their breasts
Saw Black Head against the sky
With twisted rocks that run down to the sea

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And sang a song for Ireland

Talking all the day
With true friends who try to make you stay
Telling jokes and news
Singing songs to pass the night away
Watched the Galway salmon run
Like silver dancing, darting in the sun

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And sang a song for Ireland

Drinking all the day
In old pubs where fiddlers loved to play
Someone touched the bow
He played a reel, it seemed so grand and gay
Stood on Dingle beach
And cast in wild foam, we found Atlantic bass

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And sang a song for Ireland

Dreaming in the night
I saw a land where no man had to fight
Waking in your dawn
I saw you crying in the morning light
Lying where the falcons fly
They twist and turn all in you e’er blue sky

Living on your western shore
Saw summer sunsets, asked for more
I stood by your Atlantic sea
And l sang a song for Ireland

No les voy a traducir el mitiquísimo Song of Ireland, pero creo que sabrán identificar ciertos versos. “Bebiendo todo el día, en viejos pubs donde a los violinistas les gusta tocar (…) hablando todo el día, con verdaderos amigos (…) contar chistes y noticias (…) puestas de sol de verano (…) quedarme en el mar Atlántico…”.

La primera versión que recuerdo de esta maravilla acústica salió de las almas del grupo que formaban The Dubliners. Nombre que tomaron de la novela de Joyce, estos dublineses cantan a su isla verde con pasión y mucha emoción desde hace casi ya 50 años. Casi nada.

Por eso, la elección del Papote fue excelente. Dubliners, ese pub unido a Madrid por la calle Espoz y Mina, a pocos metros de Sol y con un hermano gemelo pegado (O’Connell St.) fue el elegido para un número tan redondo como el 20.

Las primeras impresiones no pueden ser más positivas. Es muy grande, con diferentes ambientes y una irlandidad extraordinaria. Necesidades innegociables bien expuestas: varias pantallas con fútbol (y otros deportes), una gama de cervezas incluida obviamente la Guinness (bastante bien servida, trébol incluido), típicas mesas (de acuerdo con el comentario que leímos sobre el pub: le falta cierta solera) de madera y decoración apropiada.

Siempre me han gustado ese tipo de recovecos en los que si vas con una chica o con tu pareja gayer te puedes medio aislar con tu cerveza y sentirte un poco apartado de la turbamulta. Este pub tenía varios de esos puntos. Nuevamente positivo.

En contra: uno muy evidente. No puede ser que en un pub en el que indefectiblemente va gente joven (preferentemente masculina) te atiendan, por regla general, dos maromos sacados de los barrios bajos de Odesa. Cabeza rapada, camiseta negra. Joder, parece que cada vez que se dirigen a ti en un español infame te van a partir las piernas. Y muy feo el gesto de poner la cuenta en la primera ronda y esperar, con mirada inquisitorial, a que los clientes saquen sus carteras y paguen. Esto es un irlandés, señores. 0 absoluto en este aspecto. En fin, miren la foto. Parece que va a matar al Míkel.

Digamos que la música internacional, el ambiente excepcional que se respira en este garito, tan próximo a la Puerta del Sol ayuda a que uno olvide este tipo de hechos. Simple curiosidad: como en todos los pub, ahí que estaban las típicas cestitas con sus “tapas” correspondientes. En este caso, hemos de advertir que nos pusieron mierda. Basura. Broza. Un sucedáneo de patata frita rancia que otros decían que era plátano frito. Asqueroso. Aún así hicimos caso al refranero castizo: “A caballo regalado…”.

Conversaciones más que agradables y recurrentes, como no podía ser de otra forma, partido de liga en la tele y un par de rondas (además de sandwiches para varios de los cerdos). Y claro está. Don Miguel y su periódico.

Por tanto podríamos y deberíamos loar ciertas facetas de este pub, especialmente ambiente e irlandidad. Pero tiene otros puntos negativos evidentes: trato y modos deficientes sobre todo.

En plena semana santa habrá una diáspora importante de los bebedores habituales, pero seguro que allá donde vaya cada uno de los miembros, no descartará la opción de tomarse una buena pinta en el pub irlandés de turno.

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Washington & Nueva York

Una vez dijo el presidente Lincoln que “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”. Quizás por eso, ya desde hace muchos años pienso que viajar supone crecer interiormente. Crecer para bien. Aprender, aprehender, asir. Vivir.

Pese a que el viaje que me llevaría a cruzar el charco y poder visitar de cerca ciudades tan especiales como Washington & Nueva York nacía con una pena importante, al no poder ir acompañado por Mentxu, hice de tripas corazón y me presenté en Barajas, presto y dispuesto a cumplir una promesa. Mejor dicho varias en una. Cruzar el charco, ir a visitar a un amigo y a la familia de su hermano, patearme Nueva York, atisbar la Casa Blanca y comerme un hot dog de uno de esos míticos carritos de la Gran Manzana.

Crónica diaria de un viaje intemporal (12 marzo 2010 – 21 marzo 2010)

Viernes, 12 de marzo de 2010

09:46. Recuerdo la hora. Parece el punto básico de una novela negra, pero no. Eso decía mi móvil cuando entré en Barajas. Mi vuelo salía a las 12:40 de allí. 3 horas antes. Y una inexplicable sensación de temor (no al posible hurgamiento, más bien a lo desconocido) y una explicable sensación de tristeza por afrontar este destino sin la persona que nunca sobra.

Primer control de las amables señores de U.S. Airways y preguntas del calibre de quién me había ayudado a hacer la maleta, de dónde venía y si había venido en coche. Aprobado en Gilipollitis y la puntuación con forma de pegatina adherida a mi maleta, mi mochila y mi reluciente pasaporte. 11 kilos de maleta después, controles de Barajas: cacheo (sin tocamiento, aunque el tío que lo hizo más bien parecía sacado de Alguien voló sobre el nido del cuco), revisiones mil y al avión.

Casi 8 horas en un pequeño asiento con ventanilla, con una pequeña pantalla en que pude ver 2 películas, leer un rato y aguantar a un brasas puertorriqueño de 64 años, adúltero, católico y sentimental (Ni Valle hubiera creado a este personaje).

Aterrizaje en Filadelfia y casi 2 horas en el control de inmigración. Unos 25 puestos de control, filas marcialmente ordenadas, perros antidroga y del servicio aduanero olisqueando mochilas y comidas. Lentitud abrumadora en cada uno de los chequeos. Tenía 20 personas delante. Echen calculos. Hubo momentos en que mirando alrededor me vino a la cabeza la imagen de La lista de Schindler, cuando los judíos son milimétricamente analizados, etiquetados y sentenciados. Los agobios te rodean, entornan tu angustia. A las 17:45 (hora local) sale mi vuelo a Washington. Son las 17:01 y por fin me toca. Todo en inglés. El tipo del rapado militar y bigotito minúsculo ya sabe dónde voy, quiénes me alojan, cuando me largo de su país de 200 años de vida, ya tiene mis huellas, me ha hecho una foto, sabe cuánta pasta me llevo y hasta en qué trabajo en España. 17:08. Corro a por la maleta, porque tengo que dejarla en otro sitio para que enlace, como yo, el avión de marras. Nueco control. Cola interminable. No llego, es que no llego, pienso. Ya sólo veo problemas y pienso en cómo contactar con el Ferlein para decirle que estoy jodido. A las 17:22 me pongo los zapatos y con el cinturón en la mano corro, cual gamo africano, por la terminal A del Airport International of Philadelphia. Y es que mi puto avión sale de la B. Entreveo en una pantalla un aliviador on time en mi sombrío futuro. Llego, me sueltan un Hurry Up! además de una retahila de frases indescifrables. Estoy dentro. Me siento. Sudando, me pongo el cinturón. Lo he conseguido. Su puta madre: si sé que llegar a Yanquilandia es esto, me lo hubiera pensado.

En Washington veo al Ferlein. Se ha quitado la barba. No parece él. Estoy tan cansado que no me apetece ni recibirle con un calificativo cariñoso como cerdo o tarado. Recojo mi maleta negra de ruedines naranjas. Gonzalo, a la sazón, miembro destacado de la OEA, y su vástago Nicolás nos esperan en su toyota familiar. Pasamos a por Emma y por fin llegamos a Silver Spring. Ya en el Estado de Maryland, colindante con el distrito de Columbia en que se halla la capital de los Estados Unidos de América: Washington D.C. La polémica por esta anómala situación se traslada a las matrículas de los coches con el llamativo Taxation without representation. Los ciudadanos administrativamente censados en D.C. pagan impuestos, pero no tienen derecho a votar a sus políticos. Caso extraño.

La casa es enorme. Es antigua, pero reformada en sus partes fundamentales. 3 plantas. Duermo en el sótano. Lugar idóneo. Sofá-cama. Estoy derrumbado. Entré en Barajas 15 horas antes de que los Espáriz fuesen a buscarme. A dormir.

Fuera llueve. Llueve mucho.

Sábado, 13 de marzo de 2010

No hay jet lag cuando uno está cansado. Vemos una parte de los entrenamientos de fórmula 1, previamente grabados y nos vamos hacia Washington. Desde la morada hasta el Metro hay unos 15 minutos andando. Desde la parada de Silver Spring hasta la Gallery Place hay unos 20 minutillos. El Metro es antiguo. Fermín comenta que ha habido más de un descarrilamiento. Cosas del directo. El conjunto arquitectónico parece sacado de la antigua URSS. Grande, sobrio. Oscuro. Muy oscuro. Cumplidor.

A la salida, ya empieza a impresionar. La lluvia que no cesa. El Archivo delante, Smithsonian al fondo. El Mall como esqueleto. La capital impone.

Nos abalanzamos sobre el National Mall para llegar al núcleo. El epicentro es el famoso Obelisco. Inmenso. Monumento a Washington. El segundo obelisco (no monolítico) más alto del mundo con casi 170 metros de altura. Impactante. Impresionante.

El Mall tiene forma de cruz católica. Ya saben todo simbolismo. Y religión. Esa dupla tan habitual. Y es que uno ve muchas iglesias. No, mejor dicho, muchísimas. De toda índole, color y estructura imaginable por las calles americanas. Baptistas, adventistas, católicas, protestantes, presbiterianas… Digamos que es, al menos, llamativo. Sobre todo, porque se pueden ver casi pegadas las unas a las otras.

Desde el monumento a Washington avanzamos en dirección al Capitolio. El mítico Capitolio de los Estados Unidos de América. Alberga las dos cámaras del Congreso americano. El edificio fue diseñado por William Thornton y tiene una gran cúpula en el centro y dos edificios anexos a cada lado. El ala norte corresponde al Senado y el ala sur a la cámara de Representantes. En los pisos de arriba hay galerías para que el público pueda observar las sesiones en determinadas ocasiones. Es un ejemplo del neoclasicismo arquitectónico estadounidense.

La tormenta que nos fulminaba fue la causante de ir directos a ver un par de museos. A cual más sorprendente.

Comenzamos por el museo de Carlos. Así lo entendíamos el tío de las ex barbas y yo. El museo aeroespacial. Imagínense.

Aviones, motores, guerra fría… copio: “The National Air and Space Museum on the National Mall in Washington, D.C. has hundreds of original, historic artifacts on display, including the Wright 1903 Flyer; the Spirit of St. Louis; the Apollo 11 command module Columbia; and a Lunar rock sample that visitors can touch.”. Amigo, Del Rosal, espectacular.

De hecho, en un momento le di un toque al bueno del canario. Teléfono apagado. A saber qué estaría haciendo. Imagino cómo sería su cara de asombro. Lógico. Éste es uno de sus sueños. Ya tendrá usted tiempo de ir, basurilla.

La lluvia sigue fuera. Toda la zona del Smithsonian que se erige a los lados del Mall y que tiene su punto álgido en el castillo ese de ladrillo rojo es más que espectacular. Y es que la vida y milagros de James Smithson no tiene parangón. El tío amasó una fortuna y la legó a los EE.UU. para que crearan un conjunto de museos y zonas públicas en las que se mos trase al mundo la cultura social, popular y de otro cualquier rango de la sociedad americana.

Salimos del Museo Del Rosal y sigue cayendo la del día de Noé. Nos vamos al museo de Historia Norteamericana y dentro de las 3 plantas, divididas a su vez, en 2 alas diferenciadas, vamos a la tercera oeste: presidentes, guerras y política. Una delicia. Fue tremendo poder comprobar la particular forma de ser de los estadounidenses con sus gobernantes. Y la cantidad tan exagerada de guerras que pueblan su existencia. Espáriz y yo comentamos en más de una ocasión que parece que el pueblo yanqui necesita estar en perenne sensación de librar batallas por una causa justa. Guerra civil, guerra contra España, mundiales, Cuba, Corea, Vietnam, guerra del Golfo, Irak, Afganistán, presenciales militares en tantos países…

Es como si llevaran en su gen una necesidad imperiosa de librar al mundo del mal. Dudosa forma de entender el bien. Recuerdo una anécdota que me contaba el sabio Fermín (sobre todo cuando no está borracho y cuando ha dormido bien, con lo que su, a veces, bordería desaparece por el sumidero). Dice que en el estado de Texas (posiblemente el más caduco de todo el país) en que la gente tiene permitido la posesión y uso de armas, cuando un tío conduciendo se da un golpe con otro, más de una vez saca una foto a la matrícula y lo arreglan todo por teléfono. Generalmente, por miedo a que a uno se le pire la pinza y te dispare ahí mismo. Anécdota, cuanto menos particular.

Un espacio bien destacado que tienen en este museo de Historia Americana es la Guerra de Secesión (1861-1865). Tienen muy a gala el recordar que fue Lincoln (según una encuesta que pudimos ver en Ellis Island el segundo presidente más importante de la historia yanqui, sólo superado por Washington).

Obviamente hay un gran espacio dedicado al descomunal despliegue norteamericano a lo largo de la 2ª Guerra Mundial, con especial énfasis en el desembarco de Normandía o la rendición de Alemania. Las bombas en Japón y los posteriores pactos. Una vez superada esta etapa, el museo presenta le conflicto de los misiles, la imagen de Castro y la figura inolvidable de JFK. Ese presidente tan carismático y tan brutalmente asesinado. El día antes de volverme a Madrid, Fermín y yo tuvimos tiempo de charlar sobre varios temas fundamentales de la historia como el hundimiento del Titanic o el magnicio de JFK. Yo nunca había visto estas imágenes. Espeluznantes. Obviamente conocía la escena, pero no recordaba el cuasi primer plano del segundo disparo. Asesinato de un presidente electo. Y las tropecientas versiones y posibilidades sobre la autoría que se abrieron después. De esas cosas que te dejan sin habla.

Digamos que salí muy satisfecho de esta visita al segundo museo del día. Entre ambos casi 5 horas. Más de uno no lo hubiera aguantado, pero aseguro que fue un tiempo más que bien aprovechado. En medio la primera de varias hamburguesas. Tiene bemoles que después de lo que hemos comido, haya vuelto más delgado. Está claro que el turismo adelgaza.

Hemos quedado con Gonzalo a las 18:46 en el Verizon Center. La ocasión lo merece. Vamos a ver en directo, ¡un un partido de la NBA! Washington Wizards – Orlando Magic. La cancha es enorme. Y el espectáculo que estos tíos forman alrededor de este evento es algo sacado de película de acción. Himno nacional al principio, presentaciones de los jugadores entre llamaradas, publicidades por todos los puntos del campo. Tiempos muertos en que se regalan bocadillos, burritos, camisetas, hay entrevistas al público… aquello es puro americanismo.

Los Wizards son un equipillo y son acribillados por Orlando, como no podía ser de otra manera, a pesar de haber empezado bien. “Supermán” Howard se come al resto de sus rivales. Vince Carter, ya más viejete le acompaña. No hay color. 109-95. Nos vamos antes de que acabe el partido. Abajo espera otra hamburguesa y después fiesta en casa de un tipo amigo de Gonzalo. Mucha cerveza (allí la gente lleva las suyas y es inconcebible mamarse a costa de los demás) y muchas lenguas (idiomas) encerradas en la habitación. Cambian la hora (2 semanas antes que en Europa, por lo que momentáneamente sólo hay 5 de diferencia con España) y a las 04:30 por fin vuelvo a la cama. Paliza de época. Estoy muerto. Y encima hemos quedado pronto para ver la Fórmula 1. La tele de los 1.500 canales está en el sótano, por lo que me tocará levantarme.

Domingo, 14 de marzo de 2010

07:29. He puesto el reloj. No han pasado ni 3 horas. Abro el ojo, subo las escaleras y allí no hay nadie. Hay que joderse con las marmotas. Para eso me levanto. Aprovecho y meo. Ni un ruido por la casa. Hasta Nicolás duerme. Es lógico, es domingo, pero, ¡claro! Me dijeron que se iban a levantar. La culpa es mía por no saber que se trataba de una milonga. En fin, vuelvo a dormir un rato. Un rato más tarde y en diferido vemos la carrera de Alonso. ¡Grande! Vaya paliza. Está claro quién es el favorito para el Mundial. No hay color. Ni el de Hamilton ni el de Massa. Alonso huele a campeón desde hace meses.

Han quedado a comer con una amiga india un brunch y allí que llegamos a Washington. Tras la pertinente manduca seguimos con la visita. Queda volver a ver el Obelisco. Ahora desde más cerca. Todo el conjunto que forma con las banderas. El día no es tampoco maravilloso, pero es mejor que los anteriores.

Tras una buena ración de fotos y de comprobar la grandiosidad del lugar, decidimos tomar el camino contrario al día anterior. Hoy toca patear hacia el Lincoln Memorial. A todo el mundo le debe sonar. El edificio tiene forma de templo griego dórico, y una gran escultura de Abraham Lincoln sentado e inscripciones de dos conocidos discursos de Lincoln. Lo hemos visto en películas e incluso en algún episodio de Los Simpsons. Creo que saben a cuál me refiero.

La parte principal del monumento es la escultura de Lincoln sentado hecha por Daniel Chester French. French estudió muchas de las fotos que hizo Mathew Brady a Lincoln, y mostró al presidente de forma pensativa, mirando al este hacia la Piscina Reflectante que encontramos a mitad de camino entre este lugar y el Obelisco. Una de sus manos está cerrada, mientras que la otra está abierta. Debajo de ellas, las fasces romanas, símbolos de la autoridad de la República, están esculpidas en el relieve del asiento. La estatua se levanta a 6 metros de altura y tiene 6 metros de anchura. Fue moldeada por los hermanos Piccirilli de Nueva York en su estudio del Bronx a partir de 28 bloques de mármol. La sala principal está flanqueada por otras dos salas. En una, el Discurso de Gettysburg está grabado en la pared sur, y en la otra, el segundo discurso innaugural de Lincoln está inscrito en la pared norte. Por encima de estos discursos hay una serie de murales pintados por Jules Guérin y muestran un ángel, que representa la verdad, liberando a un esclavo (en la pared sur, encima del Discurso de Gettysburg), y la unidad del Norte y el Sur (encima del segundo discurso inaugural). En la pared detrás de la estatua, tras la cabeza, se encuentra esta dedicatoria:

IN THIS TEMPLE
AS IN THE HEARTS OF THE PEOPLE
FOR WHOM HE SAVED THE UNION
THE MEMORY OF ABRAHAM LINCOLN
IS ENSHRINED FOREVER
EN ESTE TEMPLO
COMO EN EL CORAZÓN DE LA GENTE
POR LOS CUALES SALVÓ LA UNIÓN
LA MEMORIA DE ABRAHAM LINCOLN
SE CONSAGRA PARA SIEMPRE

Perdonen la chapa, pero era necesaria. Es verdaderamente impresionante.

En este monumento han tenido lugar muchos discursos importantes, incluyendo el de Martin Luther KingYo tengo un sueño” por ejemplo.

Cerca están también el Monumento a los Veteranos del Vietnam, el Monumento a los Veteranos de la Guerra de Corea y el Monumento Nacional a la Segunda Guerra Mundial.

Volvemos a la idea anteriormente expuesta. Guerras, guerras, guerras.

Nos vamos a ir ya para el Metro. Toca volver a casa. Tercer día y Washington ha sido cuasi visitado en su totalidad. A la vuelta de Nueva York, tocará rematarlo. Pero el Mall, santo y seña de la ciudad ya ha sido pateado.

Bueno, claro. Yendo hacia el Metro decidimos ir a ver uno de esos puntos obligados a presenciar. Por supuesto… la Casa Blanca. La sede del presidente Obama. Era inevitable. Con unas medidas de seguridad abismales, como se puede imaginar, a través de unas rejas, con tropecientos mil guardias de seguridad y otras tantas cámaras hicimos la fotito de rigor.

Cenamos ligero (para variar) y vemos los resúmenes de la Liga. El Madrid le ha ganado al Valladolid, han apaleado a Ronaldo, Messi ha destrozado al Valencia y todo sigue igual. A sobarla. Nos vamos a Nueva York. El verdadero destino del viaje.

Lunes, 15 Marzo de 2010

A las 09:30 cogemos el autobús. Bien prontito. Son 4 horas largas de trayecto. Y eso se nota. Además ha habido que llegar hasta allí en Metro. El turismo es cansado. Y sufrido. Pero generalmente tan gratificante que se pasa por alto cualquier sacrificio. El bus nos dejó en el Madison Square Garden. ¿A quién no le suena este lugar, verdad?

Llegamos y con dos cojones y las maletas a cuestas vamos al Metro de Nueva York. Aquello es otro mundo. Líneas, líneas, líneas. Varias vías por parada. Andenes de preguerra, mundo viejuno, negros, chinos, blancos, latinos, judíos, chicanos. De todo. Una mezcla cultural, social, racial y sentimental. Pero todo increíblemente natural. No es raro ver aquello. En principio, íbamos a un hostal en East Broadway. Pero hubo problemas con la reservilla y después de uno de los episodios cómicos más lamentables que yo recuerdo, acabamos en la 73 con York. A un ratillo andando del Metro, pero relativamente cerca. Nueva York es, en verdad, muy manejable. Se mueve a través de coordenadas muy sencillas. Con un plano de la ciudad y otro del Metro, uno no se pierde.

Lo dicho. Nos presentamos en el primer hostal. No hay timbre. En medio de una parte del barrio chino. O al menos eso parecía, porque luego en el mapa, tampoco es que Chinatown estuviera al lado. Tras golpear la puerta y ver que no contestaban, pillamos el teléfono, pero justo nos habíamos quedado sin saldo para llamar. Pero llegaron unos japos (eso creo) que habían contactado con un menda que al parecer esperaba dentro. Nos abre el tío. Creo que se llamaba Antonio. Parecía mexicano. Señores, ese pseudohumano era el típico lelo, lerdo, lento y ‘adobo’ que decían en mi pueblo. Le preguntabas por la reserva y tardaba minutos, repito ¡minutos! en buscar en el ordenador la susodicha “reservación” que decía en su español de alcantarilla. “Chicos, no la encuentro”. El Ferlein le enseña el papel. El tipo duda, nos mira (yo pienso, ¡pero pedazo de subnormal, mira en el ordenador!), entonces va a la pantalla (a veces funciona la telepatía) y nada, no nos encuentra. Con la misma reacción que un cojo a la hora de correr 100 metros coge el teléfono. No le funciona. ¡Vaya! ¡Caramba! Tampoco va el teléfono. Llama a otro y le dice que por favor, David le llame. Nosotros de pie. En un espacio reducido, con las putas mochilas a cuestas y con los japos al lado. Atiende a los japos. Con su reserva no se han equivocado. En un inglés de Fresno de Torote habla finalmente con David (un guiri, o sea, entiendan que cuando la ameba mexicana decía su nombre era ‘Deivid’). Le oíamos: “Yes, but guys are here”. Con la potencia de voz de Ricardo Rocha y la cadencia de alguien tartamudo. Era más que inaguantable. Los nervios a flor de piel, pero finalmente nos medio dijo que iban a venir a por nosotros y a trasladarnos a otro sitio. Ahí vino un puertorriqueño que en su coche nos llevó. Pillamos atasco mientras veíamos el río Hudson y pasábamos cerca del edificio de la ONU. Interesante la conversación con el tío. Majete. En fin, tardó pero lo conseguimos. El hostalillo era en realidad un apartamento. 2 habitaciones independientes que compartían una zona común con cocina, ordenador, sofá, baño etc… Muy bien. Sobre todo, porque una de las habitaciones estaba vacía. Estábamos muy cómodos.

Cogimos el metro y nos dimos el primer voltio por N. York. Empezamos por el Greenwich Village, la zona más bohemia y de gran tradición cultural. Ya saben. Muy gafipasta. El tiempo era una mierda y el famoso parque, centro neurálgico de tanto artista estaba cerrado por obras y hecho una mierda. Pudimos eso sí, ver por encima la Universidad de Nueva York que linda con la zona.

Obviamente nos acercábamos a la zona financiera, pero decidimos dejarlo para el día siguiente. Paseamos cerca de varios edificios federales y pudimos ver el esplendoroso Ayuntamiento. Y es que dentro de todo el espectáculo que supone en sí mismo “la ciudad que nunca duerme”, los edificios tan tan tan altos es lo que se apodera de ti. Términos como inabarcable, enorme, tremendo, gigatesco no cesan de utilizarse.

Y una debilidad que compartíamos los dos bebedores (ansiosos ya por tomarnos una cervezuela): el mayestático puente de Brooklyn. Un espectáculo sin parangón. Era ya tarde para cruzarlo, pero sí nos acercamos a la parte de abajo, en la que ya casi tocas el río con las manos para ver de cerca una de las “puertas” de tan brutal puente. Un nuevo piti del Sr. Fermín, unas cuantas fotos y un silencio evocador (uno se acuerda de muchas cosas y de muchas personas -o de las elegidas simplemente- en este tipo de momentos). La estampa era de película. Precioso. No me digan que no.

Paseo ligero por el Soho, Chinatown y por Little Italy para terminar la tarde. No nos dio tiempo, quizás a profundizar, demasiado por la zona, pero el tiempo era infernal, el cansancio ya pesaba, pero desde luego nos hicimos una idea de lo curioso de los barrios por los que pasamos. Personalmente, me encantó Mulberry Street, la calle de Italia por excelencia. Banderas transalpinas, bocas de riego con el azul, blanco y rojo, restaurantes italianos, comercios del país en forma de bota. Italia en Nueva York.

Ya ven, se aprecia en la foto que seguía lloviendo. Está claro que tocaba birra. Pa dentro que fuimos. Un detalle: son carísimas. 28 dólares por lo que aquí serían algo así como 4 tercios. Es curioso, lo barato de algunas cosas como la ropa o la gasolina y lo carísimo de la cerveza o, por ejemplo, el transporte público. Primero fuimos a un bareto normal donde una camarera medio china nos dio la brasa. Joder las ganas que tenía de hablar. Finalmente cenamos en un lugar típico. Ensalada, cerveza y pizzote. Juzguen.

Metro y al hostalillo. Todavía nadie en la otra habitación. A sobar. Vaya palizón. Mañana toca la Estatua de la Libertad, Ellis Island y otras cuantas cosas.

Martes, 16 de marzo de 2010

Problemas derivados de la ducha y con una línea de Metro hicieron que nos presentásemos más tarde de los previsto en la línea de meta. Y se notó. Pillamos la entrada para el viajecito en ferry hasta la Estatua & Ellis Island y tocó una hora de cola. Por lo menos, empezaba a salir el sol. Bien que se agradecía.

Ya en el ferry empezábamos a disfrutar de las vistas. Tanto de un lado, como de otro. Sin palabras.

El error que muchas veces se comete es subir dentro de la Estatua para poder obtener mejores vistas. Pero como digo es absurdo. El abogado de subsahas lo sabía y por ello me previno. Dimos una vueltecita por este monumento histórico recordando su significado.

«La libertad iluminando el mundo» (Liberty Enlightening the World) fue un regalo de los franceses a los estadounidenses en 1886 para conmemorar el centenario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y como un signo de amistad entre las dos naciones. Fue inaugurada el 28 de octubre de 1886 en presencia del presidente estadounidense de la época, Grover Cleveland. La estatua es obra del escultor francés Frédéric Auguste Bartholdi y la estructura interna fue diseñada por el ingeniero Gustave Eiffel. El arquitecto francés Eugène Viollet-le-Duc, estuvo encargado de la elección de los cobres utilizados para la construcción de la estatua. El 15 de octubre de 1924, la estatua fue declarada como monumento nacional de los Estados Unidos y el 15 de octubre de 1965 se añadió la isla Ellis. Desde 1984 está considerada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

La Estatua de la Libertad, además de ser un monumento importante en la ciudad de Nueva York, se convirtió en un símbolo en Estados Unidos y representa, en un plano más general, la libertad y emancipación con respecto a la opresión. Desde su inauguración en 1886, la estatua fue la primera visión que tenían los inmigrantes europeos al llegar a Estados Unidos tras su travesía por el océano Atlántico. En términos arquitectónicos, la estatua recuerda al famoso Coloso de Rodas.

Desde abajo, la estatua impresiona. Habrán notado, por cierto que el tiempo fue mejorando. Había momentos en que hacía hasta bastante calor.

Desde la isla en que se encuentra la visión del sur de Manhattan es algo que todo ser humano con cerebro debería poder admirar y disfrutar alguna vez en su vida.

Después, nuevamente en el ferry la siguiente parada fue Ellis Island. A lo largo de los últimos dos siglos sirvió como fuerte en la guerra contra los británicos. Aunque a finales del XIX  se convirtió en la principal aduana de la ciudad. Entre 1892 y 1954 aproximadamente 12 millones de pasajeros, que llegaron a los Estados Unidos a través del puerto de Nueva York, fueron inspeccionados allí, tanto legal como médicamente. Se estima que tan solo un mínimo porcentaje fue deportado (2%), formando éste un grupo integrado principalmente por polígamos, criminales, anarquistas y portadores de enfermedades infecciosas.

Lo visitamos durante un par de horas, vimos una película en un teatrillo en que casi me sobo y disfrutamos con muchos detalles de las extensísimas exposiciones que componen la visita. Mereció la pena.

Ya de vuelta al sur de Manhattan en el parque anexo a la zona de puerto en que atracan los ferrys vimos a mucha gente rodeando lo que parecía un espectáculo callejero. Acertamos. Los típicos cachondos acróbatas que montaban un show muy curioso. Estuvo gracioso. El Fermín se medió enamoró de un negro chistoso. Preocupante…

Lo grandioso llegó tras comernos unos perritos por la zona financiera. Llegamos a la bolsa, Wall Street, edificios a cual más gigantesco, gente por doquier, inmensidad. Esa zona vista desde abajo impresiona. Uno se siente pequeño indefectiblemente. Es lo que tiene Nueva York. Por eso es tan única. Como curiosidad, el edificio de la bolsa en cuya fachada, tantas veces hemos visto la bandera del país, tenía en esta ocasión otro tipo de decoración. Y es que se acercaba un día muy importante también para los yanquis.

Llegó uno de esos momentos simbólicos. Esperados. Al menos por mí. Ir a la zona del World Trade Center. Lo que en su día albergó las torres gemelas, claro. Es una zona inmensa, rodeada de edificios también gigantescos y en el centro el proyecto que desde hace ya un tiempo pretende sustituir los escombros y los infames recuerdos por nuevos aires.

Como pueden advertir, estamos en la zona de los edificiacos. Lo que se veía desde el ferry, por ejemplo. El sur de Manhattan. Curiosamente, el edificio de más altura (Empire State) está algo más arriba, más alejado de este mítico skyline.

Seguimos paseando, Espáriz con su Pretzel gayer y con sus doscientos cafetitos. Tenían que haber visto la ingente cantidad de café de los putos Starbucks (imagino que muy poco cargaditos) que se metía cada día pa’l cuerpo el amigo. Claro y luego cada dos por tres a mear cual señorita con problemas de micción continuada. Decía que íbamos por esa zona financiera rodeado de rascacielos (creo que jamás he hecho tantas fotos con la cámara en posición vertical) y nos dio por cruzar completamente el puente de Brooklyn en que ya estuvimos y llegar así hasta el barrio que lleva su nombre. Fueron unos 20 minutillos, con un solecito agradable y una riada de personas, ya fueran andando, corriendo o en bicicleta (algunos rozaban el accidente debido a la velocidad por la que suelen ir habiendo tanta gente alrededor). Las vistas siguen siendo espectaculares. Por ejemplo, uno divisa también el puente de Manhattan, situado justo enfrente.

Allí cogimos el Metro y reventados como perras regresamos al hostal, no sin antes dar un paseo bastante largo también por Central Park. Era la primera vez que nos parábamos a visitar y caminar por el mítico recinto. El parque urbano mundial por excelencia tiene 341 hectáreas de extensión, forma rectangular y unas dimensiones de 4.000 m x 800 m, siendo más grande, por ejemplo que Mónaco. Es algo así como cuatro veces más grande que el parque del Retiro. Dimos un buen paseo y finalmente pasamos por un pequeño súper para comprar unas mierdecillas y cenar algo diferente y preparar unos bocatas para el día siguiente.

Miércoles, 17 de marzo de 2010

Plato grande para empezar el día. El inigualable Empire State Building. Situado en la intersección de la Quinta Avenida y la West 34th Street. Su nombre deriva del apodo del Estado de Nueva York. Fue el edificio más alto del mundo durante más de cuarenta años, desde su finalización en 1931 hasta 1972, año en que se completó la construcción de la torre norte del World Trade Center. Tras el 11-S, se convirtió nuevamente en el edificio más alto de la ciudad y el estado de Nueva York. En su parte más alta llega a medir casi 450 metros. Bestial. Es impactante, porque se ve desde cualquier dirección en un perímetro de unas 50 manzanas.

Después de los inevitables controles, varios ascensores, diferentes pasillos que cruzar y diversas puertas que atravesar, uno se encuentra en la azotea. Ya saben, donde estaba King Kong y donde se encontrarían Tom Hanks y Meg Ryan en Algo para recordar, esa película fetiche del Míkel. Las vistas son inenarrables. Se podría quemar una tarjeta entera de cámara haciendo fotos sin parar. Todo parece tan pequeño, pero a la vez tan grande. Cuestión pura de perspectiva. Las sensaciones son similares a las que se sienten cuando uno está en pleno puente de Brooklyn. Es estar en un monumento que es historia. Pura historia. Historia reciente, pero no por ello menos importante. Es de esos lugares imprescindibles de visitar.

Lo dicho, maravillosa estampa. Pero claro, una cosa. Era 17 de marzo. San Patricio. San Patricio en Nueva York, nada menos. Ya es sabido por todos la ingente colonia irlandesa desde siempre que se ha establecido en Nueva York, lo que unido a otra serie de hechos históricos, lingüísticos y alcohólicos han hecho de esta celebración un momento especial.

Después de patearnos casi 30 manzanas tras ver un curioso edificio que hacía esquina llegamos a la 51 (sin querer elegimos una posición cerquita de la St. Patrick’s Cathedral) y permanecimos casi hora y media haciendo fotos y vídeos y viendo el desfile que medio paralizó a la ciudad. Tenían que haber visto el ambiente tan agradable y de felicidad que se respiraba. Decir que nos contuvimos y pese a que la gente ya estaba desde medio día mamándose en los pub, nosotros no entramos hasta la tarde.

El Ferlein, con esa vena irlandesa que tiene (de lo cual debería enorgullecerse siempre) estaba especialmente contento y activo para no perder detalle alguno. Al cabo de un rato y con las piernas ya cansadas y medio cargadas de tanto aguantar de pie, decidimos seguir paseando y entrar en la Catedral de San Patricio. A mí, personalmente, me encantó. Como es lógico suele pasar a un segundo plano en una ciudad del tamaño y las características de la que visitábamos. Esbelta, bien parecida (parece que hablo de una tía) y dejando bien alto el nombre de su hermana dublinesa.

Al salir, también fuimos a disfrutar con el Rockefeller Center que no quedaba lejos y es otro de esos puntos habitualmente mentados en Nueva York. Con varias de las boutiques más chic de Nueva York, presenta un aspecto de lujo por todos lados. Obviamente la familia por la que se construyó ha dejado un nombre que rápidamente se asocia con el dinero. Varias esculturas como la de Atlas, la placita repleta de banderas en que se suele colocar el abeto mitico gigantesco que todos conocemos en Navidad y esa pista de hielo también varias veces mentada.

Tienen como tradición estos yanquis que haya patinadores cada poco dando espectáculo sobre esas cuchillas con cordones. Pensar en que intentar imitar el movimiento más sencillo que estos tíos hacían significaría automáticamente mi caída provocó una carcajada interna. Qué le vamos a hacer. No he nacido hábil para el hielo. Lo prefiero en un vaso de tubo rodeado por ron y coca cola. Ahora, si hubiera que identificarse con una pista de hielo por obligación, está claro cuál sería. La de Central Park que vimos a continuación, donde fuimos a comernos el bocata (no a la pista), y que también suena de ciertos episodios televisivos (¿cuántas veces hemos oído que casi todo en Nueva York suena? Pues es cierto).

Tras volver al hostal a reposar un poco los ya doloridos pies y recargar las baterías de las cámaras fotográficas tomamos la ruta idónea para pasar un ratito de la tarde en ese punto tan especial. Times Square. Intersección en Manhattan en la esquina de Broadway y la Séptima Avenida, ha alcanzado la condición de icono mundial. Es un símbolo de la ciudad. Principalmente definida por su animación, la publicidad digital. Anteriormente llamada Plaza Longacre, Times Square fue nombrada de la actual manera después de que allí se hallasen las oficinas de The New York Times, en el edificio One Times Square. Es, junto con Central Park, la zona metropolitana de Estados Unidos que más ha aparecido en películas y programas de televisión.

Impresionante. Es como estar rodeado por televisores gigantes que te martillean con colores e imágenes (lamento el símil paletil y muy del analfabeto de la Ser). Por un momento imaginé lo que hubiera sido pasear por este lugar en el mismo estado en que estábamos aquel inolvidable e inefable invierno de 2008, en aquella ya lejana noche de Rotterdam.

También visitamos la zona de los teatros. Como pueden imaginar muy próxima a este meollo. The Majestic, por ejemplo.Y es que el paseo por las inigualables calles de Broadway es un punto recomendable en esta ruta. Por supuesto, un buen tramo lo hicimos por la majestuosa Quinta Avenida. Nuevamente algo que a todos nos suena.

La foto es pura casualidad, pero ya ven. La gente con el móvil como quien lleva encima un apéndice más de su cuerpo. Y es que la marabunta que se puede ver en estas calles con el estrés en sus cuerpos y el movimiento inconfundible de tanto negocio andante es paradigmático de la sociedad que inventó eso del “capitalismo”.

En fin, nosotros ya sólo pensábamos en una cosa. ¿Tienen dudas?

En fin, decir que el Ferlein tiene el 80% de los documentos gráficos de esa noche, por lo que no descarten que vean la luz más fotos de esta mítica noche. 6 pintas (o 7, no recuerdo) y casi 50 dólares después (carísimas las cervezas) y una hamburguesa de por medio, decidimos volver al hostal. No sin antes pasar por un cutre súper que estaba abierto 24 horas. Estaba claro. Había que comprar más cerveza.

A eso de la 1 de la mañana de la última noche que habríamos de pasar en el apartamentillo neoyorquino, oímos que se abre la puerta. Entra una china. 1’55, aspecto de china, inglés de china y vestimenta de china. Vamos, una china. Nos pregunta cuál de las dos habitaciones es la que está libre. Nosotros, birra en mano, cansancio brutal, música puesta y tranquilamente acomodados medio balbuceamos que la de la izquierda. Allí se acomoda un tipo alto, de unos treinta y varios. La china china se pira. El tío sale un momento. Y menudo crack. Nacido en Oklahoma, estudió un año en Madrid (93/94) y después terminó su carrera en la costa oeste. Finalmente se fue a Corea del Sur y se casó con una coreana. Coreana, coreana. Y tiene dos niños. Viene a Nueva York a hacer una serie de entrevistas para ver si se puede volver con curro aquí. Quiere cambiar de aires. Está claro que ese año en Madrid le sirvió, porque pudimos comunicarnos perfectísimamente con él. Un crack. Gran tipo. Era más de la 1 y el tío se levantaba a las 5, porque tenía a lo largo de la jornada siguiente algo así como 10 entrevistas. Nos enseñó incluso el planning. Se sentó y compartía cerveza con nosotros. Enormes risas cuando recordábamos música, momento y goles de ese año. Vimos en el youtube aquel At. Madrid 4 Barça 3 de la mítica remontada. El tío se acordaba. Acojonante. Pero lo que ya nos dejó patidifusos es que tampoco había olvidado el R.Madrid 0 Oviedo 1 de aquel año con gol de Jankovic. Este personaje encajaría a la perfección en el espíritu y el estilo de Bebedores Magazine. Gratísima compañía. A las 02:30 nos fuimos a sobarla. Vaya día.

Jueves, 18 de marzo de 2010

La jornada comenzó un par de horas antes para mí que para la marmota Espáriz. Finalmente a eso de las 10:30 salimos por la puerta para completar el último día en la ciudad de Woody Allen.

Hoy tocaba mañana más tranquila. Cada uno se fue por su lado. Fermín a hacer cosillas y mi menda lo mismo. Compritas y eso. Cogimos el Metro y cada uno a sus destino. Estuve en Macy’s, la ingente cadena de tiendas en las que uno puede encontrar de todo a un precio escandalosamente barato. Ya les dije que el tema de los precios también choca en Nueva York. La gasolina a la mitad que aquí. La ropa y el calzado lo mismo. Sin embargo, la cerveza y otro tipo de consumibles cuasi obligatorios, carísimos.

Tras unas compritas decidí darme un paseíto para observar ciertos puntos inconfundibles de la ciudad por última vez. El Empire State (que se me olvidó decirles que en la noche de San Patricio apareció iluminado completamente de verde), Times Square…y claro me acordé de John Mc.Clane al ver el típico taxi yanqui. Coche amarillo inconfundible de ruedas desgastadas y sin tapacubos.

Fermín y yo acabamos comiendo en el Finnegans Wake, pub que fue, de los cercanos, el que más se acercó a la irlandidad que nos merecemos. Hamburguesaca y pinta. Perfecto. Antes de irnos definitivamente nos acercamos para ver el río ese en que a veces aterrizan aviones de cerca. Espáriz se acercó, después, a una tienda para ver si encontraba un trípode para su Sr. Hermano y finalmente el autobús que nos trajo, nos acabó por dejar de nuevo en Washington. Se acabó el periplo por esa city a la que seguro que volveré en el futuro.

Viernes, 19 de marzo de 2010

Reventados de la paliza neoyorquina, tocaba descansar. Pero lo hicimos relativamente. A las 7 de pie, para llevar al chavalín a la guardería y luego a los famosos outlets que están a unas 50 millas de D.C. Digamos que repetí en más de una ocasión la recordada frase de Pretty Woman: “vamos a gastar una cantidad indecente de dinero”. No llegamos a tanto, pero me fui de allí con 2 vaqueros, 2 pares de zapatos, deportivas, chandal, camisetas para aburrir, gallumbos, calcetines… y una camiseta para Mentxu que no tuvo demasiado éxito. Suele pasar que para regalar ropa y todas esas cosas es mejor que la persona esté cerca. Especialmente si eres un jodido gañán como yo que jamás acierta en las tallas (ni en los colores).

Atascazo a la vuelta y tarde tranquila. Cervezuelas, internet, cenita ligera y ningún tipo de visita cultural. Al báter, pero cagar en un retrete yanqui no parece algo demasiado importante como para aparecer aquí (bueno, ya es tarde).

Sábado, 20 de marzo de 2010

Por la mañana, nos quedaba ir a ver un enclave fundamental. El cementerio de Arlington. Este cementerio militar se estableció durante la Guerra Civil estadounidense en los terrenos de la casa de Robert E. Lee. Está situado cerca del Río Potomac, en las proximidades del Pentágono. Y es que era otro punto que también nos quedaba por otear.

Veteranos de todas las guerras están enterrados en este cementerio, desde la Revolución Americana hasta las acciones militares en Afganistán e Irak. Como se pueden imaginar, el espacio es inmenso y dentro de la infinidad de lápidas y personajes allí enterrados, tiene un lugar preeminente la del presidente Kennedy. Muy sencilla, simbólica y núcleo fundamental de la visita. No les digo más que a 50 metros todavía del lugar en sí, un negro con muy malas pulgas y al parecer agente de seguridad nos gesticuló de forma cuasi airada para que bajáramos el tono de voz (tampoco excesivo… si va por allí el Míkel lo liquidan) porque el presidente descansaba y merecía respeto.

Justo al lado de la tumba de JFK aparece la de Jacqueline y más miembros de la familia, como alguno de sus hijos y la de su hermano Bob Kennedy. La tumba de JFK tiene lo que definen como la “llama eterna”. Siempre encendida. Puro simbolismo.

En otro punto del recorrido llegamos a la Tumba de los desconocidos, conocida también como la Tumba al soldado desconocido, no ha recibido nunca un nombre oficial. Es uno de los sitios más populares del cementerio. Está hecha de siete piezas de granito con un peso total de 72 toneladas. Fue abierta al público el 9 de abril de 1932. La tumba tiene una guardia permanente las 24 horas del día, todos los días del año.

De hecho en cada cambio de guardia montan allí un espectáculo muy del gusto estadounidense. Por casualidad, llegamos en el momento exacto en que se producía el relevo. En fin… digamos que todo un poco teatrero. Un poco tribunero que diría Ortigoza.

Vimos el museo anexo a este lugar que tiene una importante colección de medallas que otorgan las diferentes delegaciones de los países que vienen a visitar u honrar a cualquier eslabón de la cadena militar estadounidense.

Nos fuimos a casas, porque ese día se preparaba una paella. Y es que venían unos amigos de Gonzalo para jugar una partida tradicional de mus. La comida fue excelente. Todo muy nacional. Había uno de Salamanca, otro de Zaragoza y el último de Madrid. Digamos que cada uno, muy de su padre y de su madre. Se mamaron como perras y casi prefiero que defina el Ferlein ciertos comentarios de los beodos. Y es que mientras bebían como locos, Espáriz y yo aprovechamos para ver la anodina victoria del Madrid en casa ante el Sporting.

Terminamos en el Mc Ginty’s tomándonos las últimas pintas que caerían en el viaje. Antes de irnos a dormir, un interesantísimo documental sobre el hundimiento del Titanic. Claro, con 1500 canales, algo que ver siempre pillas.

Domingo, 21 de marzo de 2010

El último día fue de despedidas. Obvio. Para agradecer a Gonzalo y Emma (y Nico) la enorme deferencia de acogerme bajo su techo y permitirme completar una travesía por dos ciudades referencia en los EE.UU. Fermín y el que suscribe les invitamos a comer en el lugar que ya pueden imaginar.

No tengan en cuenta, por favor, los pantalones del clan de la familia. Háganme caso, es una mente privilegiada. Y Emma igual. Gente nacida para triunfar.

A las 15:30 salíamos ya para el aeropuerto. Allí Fermín me dejó tras facturar la maleta de modo artesanal. Tú con una maquinita. En fin… imagínense eso en España. Caos asegurado. El primer vuelo sin mayores problemas y tras dos horitas de espera el segundo más largo (aunque menos que a la ida), pero más pesado, porque yo no puedo dormir en los aviones y el tema de las pelis falló un buen rato. Así que haciendo tiempo como podíamos.

Así concluía un viaje que perdurará para siempre en mi retina. La primera vez que crucé el charco sirvió para conocer unas ciudades que son referencia mundial. Sólo puedo dar las gracias. Y esperar que se repita en el futuro. Éste y otros viajes, porque recuerden como empezábamos toda esta historia.

“Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”.

Show must go on

Me han llegado muy dentro unas frases maravillosas de alguien que se expresa de forma y manera maravillosa, porque de ese maravilloso ser sólo pueden generarse maravillas. Espero que me permita la licencia de reproducir un párrafo.

“Tienes que hacer de tus treinta un momento especial, porque lo es. Dios sabe que la vida puede ser muy jodida y que en este momento los treinta te sorprenden lleno de proyectos, de salud, de buenos momentos, de risas continuadas y sobre todo, sin ausencias, porque la ausencia es lo único que podría permitirte una efeméride entristecida”.

26 de marzo de 2010. 30 palos. Buff. Vértigo mirar hacia atrás. Y todavía más, mucho más, mirar hacia adelante.

En fin, sólo es un día en que recibiré muchas llamadas y mensajes de la gente que me rodea y que me hace feliz la existencia. Aunque sólo fuera por ellos, no parecería justo decir lo que pensamos todos cuando cumplimos (o cumpláis) treinta: ¡¡mundo viejuno!!

¡Qué coño! Lo mejor está por llegar. Show must go on.

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Pub nº19: Mc Ginty’s Goat

Seamos sinceros. Esto de los pubs lo hacemos con un estricto orden de elección, voración e importancia proporcional. Nadie es más que nadie. El criterio de todos es igual de importante o nulo (según se mire). Debido a tal, al tener que elegir decidí dejarme guiar por el sentimentalismo de momentos cercanos. Hace poco que en Washington pude saborear grandes momentos en un mítico pub: el Mc Ginty’s.

Por ello, en mi deseo de encontrar una novedad en nuestro panorama madrileño-festivo irlandés busqué por casualidad el mismo nombre y hete ahí que apareció un Mc Ginty’s Goat en Madrid. Alberto Alcocer 48. También con web. Bastante cutre. Realidades distintas.

El pub se anuncia en diversos lugares y en más de uno aparece como un típico garito irlandés- Hombre, de ahí ese nombre tan sugerente. Tan pleno de irlandidad.

Tiene de hecho, diversos puntos en el local que le dan grandes puntos positivos. Son 2 plantas, una sencillita arriba, con coyuntural decoración irlandesa, pero sobre todo, decoración de eventos musicales. Pretende imitar al Honky Tonk. Al menos, esa es la sensación que se desprende. Enormes imágenes de guitarristas, cantantes, entradas de conciertos, discos, carátulas. Quiere tener ese toque de rock y música vanguardista que tanto gusta en diversos sectores. Y todo se entiende en la planta de abajo (¡ojo! cerrada un miércoles por la noche – punto gravemente negativo. No nos pudimos ni sentar cómodamente ni estar en sillas con respaldo). Como digo, pese a estar cerrada nos asomamos y vimos una planta muy amplia, con bastantes mesas, sillas y decoración más que aceptable en nuestra ruta irlandesa-madrileña. Y un gran escenario en que se suelen producir los habituales conciertos que parece que son, la esencia de este lugar. Muchos carteles de conciertos pasados y futuros del Gran Wyoming así lo contemplan.

Hablábamos de los pros. Uno evidente. Mejor dicho evidentísimo: 4€ la pinta. Récord absoluto en nuestra gira. No sé cómo será los fines de semana. Pero es un precio altísimamente competitivo y difícilmente superable. Reconocer que es algo brutal. Las pintas, podemos afirmar que no estaban mal servidas, aunque huelga decir que no pasará a los anales de la mejor habilidad en esos términos.

Aunque cierta falta de coordinación por la nueva muestra de dejadez supina del Sr. Barra (animadísimo de su viaje por tierras suecas-estonias) llegó a dificultar la parte logística del desplazamiento, acabamos juntándonos hasta 7 bebedores habituales. Lo cual para ser un miércoles lluvioso previo a Semana Santa es una gran noticia. Noticias variopintas que transmitir. Los unos sus viajes por el mundo, los otros sus peripecias torrijiles de semanas pretéritas y los de más allá sus situaciones particulares, ora una ruptura, ora una sorpresa.Y la inesperada visita de la Srta. Murillo.

La estancia en el 19 duró un par de horas y dio para un par de pintas en el mejor de los casos. El ambiente era escaso, la planta de abajo cerrada y a pesar del precio barato, la decisión fue unánime: cierre. Unos se fueron a casa. Y otros avanzamos hacia Padrao para cenar algo. Y es que es otro de los puntos negativos de este pub. Se anunciaba a bombo y platillo la buena calidad de las cenas ofrecidas. Y nada más lejos de la realidad. Al pobre ricitos casi se le cae el alma a los pies cuando se enteró que no podría cenar su típica hamburguesa semanal. Punto negativísimo: la web afirma que se da de cenar hasta las 2. Lo peor es engañar. Penoso.

El Padrao nos sació. Con precios de hace 20 años y la misma amabilidad de siempre. La hora que allí pasamos fue sencillamente antológica. De llorar. Especialmente Del Rosal y Ortigoza estuvieron a un nivel propio de cualquier académico del humor. Hubo momentos en que la llorera casi pudo con nosotros. Dolor de barriga, lágrimas y risión continuada. Absolutamente antológico.

Tras la copa, la cervecita y el bocata de rigor buscamos un plus a la noche. Ni Destino, ni Larios, ni Lujuria, ni Reina Bruja. No hubo chance. La noche se finiquitó antes de lo previsto, porque había cuerda para rato. Será más bien para otro día.

Pero desde luego con más de 1/3 del recorrido hecho podemos afirmar que el espíritu sigue intocable, las ganas de ponerle notas a la irlandidad madrileña en alza y la sensación de que cada vez que nos reunimos nos descojonamos vivos es el dogma de fe que nos permite movernos con dignidad y esperanza ante los dígitos vitales, ya más que respetables, que el 2010 nos irá otorgando.

Pub nº18: The Causeway

by Penépolis

Llegamos al pub 18 con notas discordantes con respecto a anteriores citas. En primer lugar, dos miembros fundadores del clan bebedor estaban ausentes, ya no de Madrid, sino del continente europeo, compartiendo unos días en el país de Bruce y Jenna Jameson y visitando museos, ciudades y cervezas varias. Ya nos contarán sus ebrios paseos por las mismas avenidas neoyorkinas que pisaron personajes tan ilustres como John McClane o Homer Simpson. En segundo lugar, la idea original del grupo era dirigir sus pasos a un desconocido local llamado “Maloney”, sito en la calle Bretón de los Herreros, elegido sabiamente por el señor de Oz. Pero hete aquí que al llegar a las puertas del pub un cartel anunciador indicaba que la hora de apertura era a las 22 en punto, asunto cuanto menos extraño y desconcertante que nos puso alerta sobre el verdadero carácter del garito.

Así pues, y tras una deliberación sucinta, se decidió por unanimidad mikeliana sustituir el Maloney por el Causeway, clásico pub irlandés del centro de Madrid conocido por todos en alguna que otra noche de diversión por esos lares. En principio la elección no parecía mala teniendo en cuenta la reputación del sitio. Pero hemos de admitir que la sensación final fue decepcionante. Valga un dato que ya viene siendo más que significativo en las apreciaciones de este famoso club: si en nuestra visita sólo manchamos la gorguera con una pinta, es que algo falla y gravemente. En primer término, las pintas, asunto no menor, parecían Coca-Cola sin burbujas: una capita de espuma volátil que flotaba alegremente sobre una superficie de Guinness acuosa y ligera, sin cuerpo, sin prestancia, sin alma negra; una pena, vamos. Y ya se sabe, una mala Guinness en un pub irlandés es como un domingo sin fútbol. Pero sin duda lo que más cabreó a los integrantes de nuestro exclusivo grupo fue descubrir que el precio de la cerveza variaba conforme se acercaba una hora determinada: las 22 horas. Fue objeto de debate, claro está. ¿Por qué las 22 y no las 22:17? ¿Por qué una Guinness cuesta 4,5 euros (precio fantástico)  a una hora y ¡¡7 euros!! (sí, sí, han leído bien) un minuto más tarde? ¿Y por qué todo ello un anodino martes? Preguntas que supongo tendrán alguna respuesta de tipo empresarial o económico, pero que terminaron por arruinar cualquier impresión medianamente positiva que pudiéramos extraer de la visita.


El segundo punto negativo a nuestro parecer fue la distribución de la única y solitaria pantalla de televisión que debía informarnos sobre el desarrollo de la jornada de Champions, tema tampoco desdeñable, por otra parte, ya que nuestra mesa, situada en un inverosímil estrado, estaba por detrás del mencionado televisor, totalmente aislada y fuera de lugar. La banda sonora que debía acompañar una agradable tertulia llena de irlandidad rozaba el esperpento: La Oreja de Van Gogh precedió a Bisbal, tras el que sonaron Ella Baila Sola y El canto del loco ( y si no fueron esos los que sonaron, pongan cualquier grupo pop español noventero, algún misérrimo triunfito y un poco de pop actual). Seguramente, aun siendo un pub irlandés, habrá que tener en cuenta que la zona y el “espíritu” del mismo es más de “garito fiestero de fin de semana” que otra cosa, pero ello no redime la falta de tacto y de ligazón con cualquier ambiente mínimante irlandés, más allá de la típica decoración de franquicia que tan poco valora el Míkel.

Insatisfechos y decepcionados emprendimos la huida hacia el ya mencionado Maloney, en busca de algo que salvara el mal sabor dejado por el Causeway. Durante el camino, la conversación, elemento que siempre estuvo a gran altura, alcanzó sus momentos más hilarantes y brillantes y permitió que nos pusiéramos de acuerdo en una cosa: en insultar sin tino y con fuerza a los dos ausentes en la semana clave de San Patricio. Llegados a la puerta del que fuera la elección inicial se confirmaron todas nuestras sospechas del comienzo: el Maloney no es un pub irlandés. No es nada que tenga que ver con la verde isla, ni siquiera con la conocida cerveza negra. No es más que un pequeño habitáculo montado para erasmus y guiris y decorado con parafernalia yanqui e inglesa, lleno de carteles manuscritos que anuncian ofertas para emborracharse rápido y con televisores que sólo emitían canales de música. Sin duda la nota curiosa la puso una camiseta del Rayo Vallecano firmada por el actual capitán y jugador del mítico y recordado Rayo de hace 10 años Míchel, sin que nadie, ni siquiera el Chori, pudiera imaginar por qué estaba esa camiseta enmarcada en esa pared. La camarera, de muy buen ver, fue a servirnos unas Budweiser, pero afortunadamente fue corregida con presteza y nos sirvió una rubia patria. Una cosa es beber Guinness de calidad infumable y otra peor aún es tratar de engullir ese aguachirri americano.

La noche terminó con risas, insultos y comentarios sobre los temas recurrentes de siempre. Quedamos emplazados para el siguiente pub, donde contaremos nuevamente con el expatriado afrancesado, y cada cual se dirigió a sus hogares, esperando que la siguiente elección nos borre el mal sabor de boca que dejó el Causeway. Toca votar y dejar constancia de nuestros pareceres.

Dando señales de vida

Ya veo que nos echan de menos. Es comprensible. En breve volvemos…

Tenemos pendiente de publicar el pub 18 (Del Rosal, mande el texto y las fotos), la noche de San Patricio (espectacular el desfile y la fiesta en Nueva York e imagino que proporcionalmente similar en Suecia, no Sr. Barra??) y un resumen sobre lo que un servidor y el cerdo del Ferlein han vivido por tierras yanquis.

Escribo desde el ordenador que tenemos en el apartamentillo (nada mal, la verdad) en la 73 con York. Tras una noche de pintas sin igual, la marmota ferminesca sigue sobando y mi menda ya se prepara para irse en breve a apurar la copa neoyorquina. En un rato partimos de nuevo a Washington (otra gran ciudad).

Adelanto que tenemos muchas fotos que ilustran nuestras peripecias. Casa Blanca, Lincoln Memorial, National Mall (en definitiva), el museo adorado por el cerdo Del Rosal, el de historia americana, el puente de Brooklyn, el Soho, Chinatown, Little Italy, la Bolsa, la zona financiera, Times Square, el cada vez menos solar del World Trade Center, la estatua de la libertad, Ellis Island, el Empire State, Central Park etc…

No es por dar envidia, pero es un viaje muy recomendable. Insisto, ya haremos un mega post sobre el viaje.

Yo tengo claro que he de volver por estos parajes. Obviamente, tambien tengo claro con la persona con la que he de venir. Porque es cierto que hay que venir a esta ciudad una vez en la vida, por lo menos.

P.D. Me ha dado tiempo a enterarme de que los etarras ya matan hasta en Francia, que ha dimitido el pijo preferido de Aguirre, que el Barcelona huele a Champions en el santuario blanco que asusta y que los cerdos primigenios han encontrado un par de buenos bares para la ruta de los 50 cerquita de Sol. Miedo me da.

A la vuelta  detallamos.

Brazzo.

Nuevamente fracaso

Pues nada. Otra vez más. Seis veces. La mayor concatenación de desastres en la antigua Copa de Europa.

El Olympique de Lyon, un equipo de medio pelo ha eliminado al Madrid. Puede ser que hubiera ocasiones en la primera parte y puede ser que el palo y la mala puntería hayan estropeado nuevamente este sueño. Lo que es irrebatible es que un equipo mediano -que con un 99% de posibilidades- caerá eliminado en cuartos de final te ha echado a la calle. Como la Juve, el Arsenal, el Bayern, la Roma o el Liverpool. Todos en octavos.

Lo hablaba con el Míkel en el Bernabéu: la última vez que el Madrid pasó a cuartos fue la noche previa a la masacre del 11-M en la capital. Ha llovido. Y han pasado entrenadores, presidentes y jugadores, pero los que sufrimos con esta mierda hemos estado allí en todas las ocasiones.

Del 11 que ha jugado hoy, veo que hay un centro del campo que no puede ser titular en un conjunto que aspire a destronar al Barça y competir con los ingleses, veo a Kaká en un estado penoso, un Higüaín que no sé si es delantero centro para el Madrid, poco banquillo y un entrenador, tal vez, superado. Son excusas similares a las de años anteriores. Esto es un desastre.

Tocará este verano volver a ilusionarse con fichajes y posibilidades, pero en este mismo instante, sólo pienso que el Barça puede revalidar el título en nuestro campo y me puede la angustia.

Silva, Cesc, Villa, Ribery… pues seguro que el equipo mejoraría. Pero ya no sé si sería suficiente para levantar esta losa que nos pesará por siempre. 6 años seguidos ante equipos “menores” (ninguno de los que nos ha eliminado ganó posteriormente la Champions).

Me voy a Estados Unidos en apenas 24 horas. Y estoy jodido. La decepción ha vuelto a presentarse en casa. Y ya empieza a ser casi una habitual compañía. Tocará esperar que pase el tiempo nuevamente. Queda la Liga. Pero es insuficiente.

El desastre ha vuelto a mirarnos de frente. Y cuando se convierte en una costumbre, posiblemente, es importante empezar a darse cuenta de que el problema no son las circunstancias, sino que eres tú.

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