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Archive for the ‘Viajes’ Category

¡Vivos!

Seguimos vivos. Ha sido duro, intenso, pero tremendamente gratificante.

La Media (o Medio) Maratón de Benidorm ha sido nuestra primera experiencia con el fondo de verdad y habrá que repetir, claro está.

Contábamos con la inestimable ayuda del Sr. Ortigoza y el Sr. Juan Pedro, habituales de esta prueba y que nos dieron consejos antes de salir. Eso siempre ayuda. Hay que reconocer que las condiciones fueron todo lo favorables que se puede esperar; buena temperatura (no hizo calor ni hubo humedad especialmente reseñable, ni tampoco exceso de frío), no llovió, el terreno plano fue idóneo para que el sufrimiento fuera algo menor y el recorrido por la avenida principal de Benidorm, así como el espectacular paseo marítimo (y el también agradable casco viejo) terminaron por convencernos de que podríamos conseguirlo.

Juan Pedro se salió y terminó en 1 h. 43′, un servidor entre 1h. 56′ y 1h. 57′ (o mi reloj falla o yo me paré antes, pero hay un margen de casi un minuto que no acabo de entender), Dani clavó las 2 horas y el inconmensurable Miguel Barra hizo poco más de 2h. 17′. El Sr. Ortigoza, estuvo con todos, asesorando, ayudando y ejerciendo prácticamente de ángel de la guarda. Su importancia para que todos acabemos ha sido capital. Además, ejerció de fotógrafo y en cuanto podamos mostraremos alguna de estas imágenes. Lo que pueden ver por aquí es la de los ganadores…

Es una experiencia verdaderamente dura, no nos engañemos. Cuando uno llega a los 18-19 kilómetros la cosa se pone peliaguda, pero el haberlo conseguido es una de esas historias que siempre podremos contar: la primera vez que corrimos 21 kilómetros y 97 metros.

Existen ya varias posibilidades de cara al futuro; algunas concretadas, como los 10 km. de Aranjuez y el Cross de Ávila y otras en la lejana lontananza como los 10 de Laredo, la media Vigo-Baiona (todo por la costa), la de Dublín, etc.

Correr es un placer, pero todo lo que está a su lado tampoco es moco de pavo.

Seguiremos informando de futuras proezas.

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Bolonia y Verona

Bueno, la falta de tiempo me impide ser más detallista en la explicación del viaje que mi querida Mentxu y un servidor hicimos por Bolonia y Verona hace unos días.

Ciudades pequeñas, con ese punto íntimo y cercano que te obliga a sentirlas de una manera casi fraternal. El hecho de saber que puedes abarcar una ciudad suele dar esa tranquilidad que permite disfrutarla de verdad.

Bolonia tiene concentrado en su parte central la parte más reconocible por todos: las magníficas torres Asinelli y Garisenda, el ayuntamiento, la basilica de san Petronio, los palacios (Podestá y Enzo son espectaculares), la magnífica Plaza Maggiore que enlaza con la de Neptuno y uno de los «sette segretti» de la ciudad… y esas callecitas propias de los casos cantiguos (ojo, por cierto, Bolonia tiene un casco antiguo de los más considerados, grandes y bien conservados del mundo; ahí es nada).

Como digo, una maravilla de ciudad. En caso de valentía extrema se debe disfrutar también de la subida a la basílica de San Luca. Además, nada de coger el trenecito (no el gayer, Ortigoza, no piense mal); hay que subir a pie por los 666 arcos que conducen a la cima y disfrutar de un enclave fundamental (y en algunos casos desconocido).

Bolonia es conocida por el atentado terrorista que los neofascistas Valerio Fioravanti y Francesca Mambro cometieron el 2 de agosto de 1980 en la estación de ferrocarril (la más importante del norte de Italia). En el atentado murieron 85 personas y unas 200 resultaron heridas. Allí, por cierto, se puede disfrutar de otro de los «segretti». Bolonia ha sido y es una de las ciudades clave en el movimiento obrero y alternativo italiano y europeo. Ha sido lugar de congresos y agitación obrera. Hablando de «segretti»… hay uno espectacular: un canal en medio de la ciudad, bastante escondido; no es nada fácil encontrarlo, se lo aseguro.

Pero a día de hoy, para los profanos en política, Bolonia es sobre todo reconocida por su espectacular pasta y especialmente en los tagliatelle y los tortellini. Y por sus «aperitivos», sí, exacto: uno llega a un bar por la tarde y ìde una cerveza. Se sorprende cuando ve que le cobran 5€ por ella (se sorprende y se caga en todo), pero cuando ves que te puedes hinchar a comer en el bufé que tienen dentro (y que está incluido, obviamente), la cifra te parece aceptable.

Verona, por su parte, a unos 100 kilómetros de Bolonia, tiene el encanto de un centro histórico atractivo y a pocos metros, el Castello Scaligero del siglo XIV, la casa de Julieta, y el anfiteatro romano del siglo II. Se pueden imaginar lo que es el balcón de Julieta y las placitas adyacentes. Verdaderamente, más allá de las moñadas típicas, un lugar extraordinario.

La plaza delle Erbe (antiguo foro romano) es una preciosidad digna de ser visitada y disfrutada en todo su esplendor y toda su extensión. Lo mismo la plaza Brá y el puente de piedra que comunica el centro con la parte más alejada, en la propia colina y que está separada por el río Adigio. Un buen lugar, si señor.

Ya saben, Italia siempre es un triunfo y con los precios de ciertos billetes, es inexplicable no escaparse un fin de semana largo a disfrutar de esta región. No lo lamentarán.

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Bolonia para cerrar el verano

Bueno, pues último viaje del verano. Sí, eso que se acaba el día 21.

La jefa y un servidor nos vamos a Bolonia. A ver qué tal… Tiene pinta de que no será el último viaje por estos parajes, porque los precios de Ryanair son de coña. Él tiene uno ya pillado para ir a la zona por 24€ (aterrizará en Ancona, creo). En fin, Italia siempre llama la atención.

La idea será, en nuestro caso, además de disfrutar de la «ciudad roja», ir a Verona y quizás alguna cosa más. Todo es cuestión de tiempo y organización.

A la vuelta hablamos.

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Zanzíbar, ese lugar especial en el mundo

by Camilo Ortigoza

Poco más que una guía de viajes obsequiada por mi señor padre, contadas lecturas entresacadas de la red de redes y algunas referencias de familiares y conocidos eran toda mi fuente de conocimiento en relación a Zanzíbar, pequeño archipiélago situado en frente de la costa de Tanzania que de forma absolutamente circunstancial y casual se convirtió en mi destino vacacional para agosto de 2011. Las siguientes líneas sólo pretenden ser una crónica de mis vivencias a lo largo de lo que fue un gran viaje.

La decisión de ir a Zanzíbar fue engendrada a lo largo de una maravillosa charla vespertina que tuvo lugar en el mítico Padrao a finales del pasado mes de junio. Allí nos reuníamos Uriel, Míkel, Auro, Anita, Ferlein y la mirífica señorita Murillo. La conversación derivó en el hecho de cierto de que Míkel viajaría a Zanzíbar para tomar parte en uno de sus ya habituales campos de trabajo. Tal vez debido a las cañas sabiamente servidas por Kenio, lo estimulante de la charla o la presencia de Aurora (musa de la africanidad) la conversación desembocó en un compromiso verbal por mi parte de que estudiaría seriamente el precio y las fechas de un viaje a Zanzíbar a lo largo del mes de agosto.

Lo demás es historia: compra del billete, vacunación, adquisición de medicamentos y una moderadamente larga espera que concluyó el 18 de agosto por la tarde.

Tras un viaje sin incidentes de 18 horas de duración llegué a Dar es Salaam el 19 de agosto. Mi primera toma de contacto con el África subsahariana fue muy estimulante, me encontré en una ciudad bulliciosa, ajetreada, calurosa, polvorienta. En definitiva me encontré por primera vez en mi vida con la inequívoca sensación de ser un guiri absoluto. Esta circunstancia no evitó que aquella misma noche saliera a tomar unas cervezas a la zona más exclusiva de Dar con unos mochileros alemanes y suizos con los que compartía albergue.

El sábado 20 de agosto por la mañana me encontré con Míkel en el Luther House Hostel (punto de encuentro para su campo de trabajo). Tras un cúmulo de circunstancias inesperadas, que serían muy largas de contar y que concluyeron con la cancelación del campo de trabajo de Míkel en Zanzíbar, me vino a la mente la posibilidad de dar la vuelta a la isla en bicicleta. Esta inspiración seguramente fue propiciada por el efecto de la tercera cerveza Kilimanjaro que degustábamos en una paradisíaca playa de Dar es Salaam (Kipepeo Beach). La conocida inconsciencia de Míkel y su repentina ausencia de planes dieron como resultado que se uniera con entusiasmo a tan peculiar ruta cicloturista.

A las tres de la tarde del 21 de agosto embarcamos en el ferry y en poco menos de tres horas llegamos a la maravillosa Stone Town, una ciudad de fachadas blancas, callejuelas estrechas y que deja ver la huella que dejaron en su paso persas, portugueses, ingleses y demás negociantes, maleantes y mandatarios que se beneficiaron de la situación estratégica de Zanzíbar para la trata de esclavos. La ciudad está cargada de magia, invita al visitante a perderse por sus callejuelas y a visitar sus edificios emblemáticos, algunos de ellos de singular belleza y hoy en día reconvertidos en centros para el disfrute del turista más exigente. Destacar entre estos lugares The Africa House, extraordinario por su belleza y suntuosidad y sede predilecta por los británicos durante su periodo de supremacía en el archipiélago. Míkel y yo disfrutamos en particular de su bar, conocido como el Sunset Bar, un lugar irrepetible para la contemplación de los atardeceres.

Tras resolver asuntos logísticos tan importantes como el alquiler de las bicicletas y la consigna para el equipaje, gestiones estas para las que contamos con la inestimable ayuda de nuestro amigo GTA (un nativo de Stone Town que resolvía nuestras «misiones» más complicadas con la eficacia del protagonista de un videojuego).

El lunes 22 de agosto por la mañana subimos a unas modestas pero decentes bicicletas de montaña modelo femenino y nos dirigimos hacia el interior de la isla dirección a la costa este, en particular a la localidad de Chwaca. A lo largo de los primeros kilómetros, todavía en las afueras de Stone Town, era notoria la multitud de comercios, negocios y actividad que se daba en los arrabales de la ciudad.

Tras abandonar la capital nos adentramos en una Zanzíbar rural que mostraba mucha vida a lado y lado de la carretera: tiendas, casas, colegios y niños completaban un paisaje rico en palmeras y extensiones de matorral tropical. Míkel se adaptó muy bien a su minúscula (para él) bicicleta y sobre el mediodía hicimos entrada en Chwaca.

Es muy curioso observar cómo en Zanzíbar el magnífico pavimento y la impecable carretera desaparecían abruptamente al entrar en una población, fue entrar en Chwaca y comenzar a contemplar una colección de casuchas fabricadas a base de barro y ramas coronadas con techumbres vegetales, multitud de niños ociosos correteando por las calles, hombres sentados o tumbados, mujeres atareadas con labores varias que caminaban con dificultad por las irregulares «calles» de esta o de cualquiera de las localidades por las que pasamos en Zanzíbar. Fue a través de la observación de las poblaciones como llegamos a la conclusión de que el dinero que el turismo deja en Zanzíbar no llega al ciudadano rural. Todo lo que no está directamente ligado con los resorts turísticos o con el centro histórico de Stone Town puede recibir, con toda justicia, el calificativo de paupérrimo. Ausencia casi total de agua corriente, suministro eléctrico irregular e insuficiente, escolarización poco extendida, etc. Es de justicia reconocer como aspecto positivo el hecho de que en Zanzíbar no se percibe hambre entre sus habitantes, los niños están ociosos, sucios y descalzos, pero sus caritas reflejan curiosidad, alegría y no hambre. Algo es algo.

Nuestro primer día de bicicleta habría de terminar en la localidad de Pongwe, de camino hacia este pueblo fuimos víctimas del único percance negativo de nuestro viaje. El sol abrasaba nuestras cabezas y decidimos hacer una parada en el primer lugar que nos encontráramos en el que nos sirvieran una cerveza. Estábamos antojados con bebernos una Serengueti bien fría y entramos en un resort de esos en los que desde fuera no se ve el interior. Una vez dentro, observamos que estábamos en un lugar de alto standing con clientela 100% extranjera. Salió a recibirnos el director del complejo, un tipo gordo de aspecto iraní que se decepcionó bastante cuando se enteró de que viajábamos hacia el norte en nuestras destartaladas bicicletas. Por alguna extraña razón nos habían confundido con alguien que esperaban, ese era el motivo de que estuviéramos siendo objeto de tantos honores. Pedimos nuestra cerveza y  disfrutamos de un elegante bar frente a la playa. Una vez terminada nuestra bebida nos dispusimos a pagar y el camarero nos comentó que no tenía cambio y nos invitó a pagar en recepción. La recepción estaba a unos 200 metros  del bar y una vez allí esperamos un rato a que alguien apareciera para cobrarnos… Como imaginarán, nuestra idiosincrasia española nos hizo tomar una decisión lógica en nuestra cultura, pero difícilmente asimilable en una sociedad musulmana. Nos piramos sin pagar, vamos, qué hicimos un simpa.

Proseguimos nuestra marcha, con un cierto malestar en nuestro fuero interno y con la sensación de que nuestra españolidad nos iba a jugar una mala pasada. Como era de suponer, unos 10 kilómetros más adelante, una furgoneta repleta de pasajeros pegó un frenazo a nuestro lado y de allí bajó como una exhalación el camarero que «no nos había querido cobrar». Como imaginarán, la situación fue violenta, no faltaron las amenazas de varios nativos que no veían con buenos ojos nuestra fechoría; por otro lado, los 8 dólares que no pagamos significaban mucho para el muchacho que los reclamaba. En resumidas cuentas, pagamos nuestra fechoría y las molestias ocasionadas por el doble de su valor inicial. ¡Lección aprendida!

El día terminó en un maravilloso resort en el que disfrutamos de una habitación estupenda con dosel, vistas a la playa y ducha de agua caliente. La ducha era tan extraordinaria que don Miguel permaneció bajo su chorro durante casi una hora de reloj. Esa noche cenamos una comida deliciosa parsimoniosamente servida (esto se repetiría en cada uno de los lugares en los que comíamos) y dormimos a pierna suelta.

El martes 23 comenzó para mí a las seis de la mañana, puse el despertador a esta hora porque intuía que sería mi única oportunidad para fotografiar un amanecer sobre el Índico. Sólo les diré que fueron veinte minutos silenciosos, solitarios, meditativos e irrepetibles.

Proseguimos nuestra marcha aquejados por el intenso dolor de culo propio de la segunda jornada en bicicleta; esta dolencia se ceba especialmente con las posaderas poco acostumbradas a estos esfuerzos. La mañana era la más calurosa y soleada de las que habíamos vivido hasta ese instante, ni una nube en el cielo, ni una sola sombra y muy pocas almas a lo largo de los primeros treinta kilómetros de recorrido. Míkel recordó una de esas expresiones habitualmente utilizadas por el maestro Del Rosal cuando exclamó: «¡No hay una puta sombra en este erial!». Afortunadamente no era difícil encontrar agua embotellada a lo largo de nuestro recorrido pero esas primeras horas supusieron bastante desgaste para nuestros cuerpos; tanto fue el desgaste que los últimos 25 kilómetros se hicieron muy largos, de hecho, Míkel fue presa del mil veces nombrado por Perico Delgado hombre del mazo.

Finalmente llegamos a Nungwi. Situada al norte de Unguja es la zona de Zanzíbar más explotada por el turismo. Es de justicia reconocer que esta explotación turística es lógica si tenemos en cuenta que esta zona de la costa ofrece al visitante aguas cristalinas de color azul piscina, altas palmeras, arena blanca, chiringuitos, alojamientos que en su mayoría no atentan contra la estética del entorno, atardeceres sublimes, anocheceres vertiginosos rebosantes de estrellas y lugareños simpáticos —y al parecer muy atractivos— si atendemos a la cantidad de mujeres maduras (y no tan maduras) europeas que se paseaban ufanas con sus acompañantes, generalmente ataviados con vestimentas propias de los masais.

Las noches del miércoles 24 y el jueves 25 las pasamos en Nungwi. Tras una búsqueda no demasiado larga y nada exigente encontramos un alojamiento que contaba con ducha de agua fría y dos catres con mosquitera. Se convirtió en nuestro hogar durante este periodo. Los días en este paraíso transcurrieron perezosos entre paseos por la playa, cervezas aquí y allí, charlas con distintos personajes, baños, pachangas de fútbol en la playa con lugareños y algún otro turista, más cervezas, atardeceres y anocheceres. Una de estas noches en las que el señor Barra se retiró a una hora comedida con los ojos inyectados en sangre, me quedé con Thomas, un suizo que conocí en mi lupanar de Dar es Salaam y que casualmente coincidió con nosotros en la habitación contigua en Nungwi, tomando unas cervezas. Charlábamos animadamente cuando fuimos abordados por dos señoritas nativas que aseguraban que acababan de salir de trabajar y que «desinteresadamente» nos ofrecían un masaje… En fin, aun en un lugar tan musulmán como Zanzíbar y en pleno ramadán la prostitución termina haciendo acto de presencia. Era un bar de lo más normal atestado de turistas y las chicas no tenían, en principio, aspecto de trabajadoras del sexo. Otra de las cosas que no faltaban en Nungwi y en Stone Town eran drogas. «Something special for tonight sir?», solían ofrecernos los dicharacheros camellos.

El jueves 25 por la mañana teníamos que volver a subir en nuestras máquinas; tras dos días de descanso cogimos las bicicletas con energías renovadas, el destino era Stone Town y el recorrido que nos aguardaba era de 65 kilómetros. Era la más larga de las etapas que haríamos y esperábamos este día con cierto respeto. A lo largo de la jornada atravesamos la que, a mi modo de ver, es la zona más bella de la isla de Unguja, al menos en lo referente al paisaje y al entorno natural. La zona norte de Zanzíbar es un área de exuberante vegetación tropical, espesos bosques y está habitada por gente alegre y amable que saludaban entusiastas a nuestro paso. «Jambo» (Hola en swahili) fue el sonido más escuchado a lo largo del viaje.

Contrariamente a lo que sugerían nuestros temerosos presagios, el viaje de vuelta a Stone Town resultó relativamente cómodo y finalmente tras darnos un merecido homenaje en forma de refresco frío en una de las numerosas tiendas que bordeaban la carretera, llegamos a la capital de Zanzíbar sobre las tres de la tarde. Era el momento de entregar las bicicletas, cambiar la fecha del vuelo de vuelta de Míkel en la compañía aérea (misión esta última para la que volvió a ser vital la inesperada y casual aparición de GTA), volver al hotel, recuperar nuestro equipaje, comprar el billete de vuelta a Dar es Salaam en el ferry y finalmente comer. Era ramadán y no era fácil encontrar un sitio para comer, especialmente pasadas las cinco de la tarde, por fortuna encontramos un restaurante vegetariano no musulmán en el que nos atendieron con amabilidad y nos deleitaron con una comida exquisita.

Tras una ducha reparadora y el imprescindible cambio de vestuario nos preparamos para pasar nuestra última noche en Stone Town, noche que aprovechamos para revisitar nuestros garitos favoritos y callejear por sus estrechas calles. En uno de estos paseos conocimos a Darío, un médico cubano, negro, alto y fuerte como un guerrero masai que nos abordó en perfecto castellano con extrema simpatía y nos guió hacia un pequeño restaurante local en el que disfrutamos de una deliciosa, abundante y baratísima cena a base de pollo asado y patatas fritas. Darío nos contó que llevaba cinco meses en Stone Town y que hacía parte de un programa de colaboración entre el gobierno cubano y el gobierno de Zanzíbar para la capacitación y educación del personal sanitario del hospital general de Stone Town. Nos dijo que el nivel de la medicina era bajísimo, que no se respetaban las mínimas medidas higiénicas, que para cualquier caso, fuera el que fuera, se prescribían tratamientos contra la malaria y que el SIDA era una de las máximas amenazas de la población: nos habló de que un 40% de los habitantes estaban afectados por la enfermedad. «No se les ocurra enfermarse aquí», nos aconsejó. La noche concluyó en el Mercury bar donde compartimos una última Kilimanjaro con Darío. Gran última noche en Stone Town.

El viernes 26 por la mañana lo dedicamos a fotografiar Stone Town, a hacer algunas compras, darnos un homenaje en un restaurante regentado por un americano septuagenario y peculiar, que aseguraba que en tiempos de Franco entró en España procedente de Marruecos con varios gramos de hachís mezclados con sus calcetines sucios sin ser consciente de que los llevaba. Se descojonaba mientras admitía que si le hubieran pillado habría pasado unos buenos años en alguna cárcel española; eso sí, se lo fumó con mucho gusto cuando encontró la inesperada carga en su Nueva York natal.

Cerca de las tres de la tarde nos subimos al ferry y llegamos a Dar es Salaam en escasas dos horas y media. Había sido una semana muy intensa, plena de experiencias y el círculo se tenía que cerrar allí donde empezó, en el Luther House Hostel. Aquella tarde nos apetecía salir a tomar algo y entramos en el bar Florida situado en las proximidades del puerto. El Florida era «el típico bar al que vas después de currar», comentó Míkel. Llegamos allí con la intención de tomar unas cervezas y tal vez ver la final de la Supercopa de Europa entre el Oporto y el Barça. Finalmente no vimos el partido pero terminamos cenando y hasta tomándonos un doble de whisky.

El sábado 27 de agosto era la fecha señalada en el calendario como final de nuestro viaje y teníamos que partir, la sensación general era muy positiva y teníamos la certeza de haber vivido una experiencia extraordinaria. Personalmente disfruté muy intensamente de cada uno de los momentos del viaje y de alguna manera, y sin haberlo buscado, resultó ser exactamente lo que mi estado anímico necesitaba. Venía de unos meses bastante frustrantes en lo laboral que me habían llevado a una dinámica de preocupación y estrés desmedida por cuestiones que realmente no merecían tanta atención. Fue muy instructivo observar de cerca y al ritmo de una bicicleta la vida de unas personas cuyas preocupaciones seguro que son mucho más vitales que las mías y que no por ello dejan de ofrecerte ese sabio consejo y filosofía de vida que tantas veces escuchamos a lo largo del viaje. «Pole pole, hakuna matata»  o lo que es lo mismo: «Despacio, despacio, no te preocupes».

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Estocolmo, capital de Escandinavia

Ha sido una semana fantástica. Estocolmo es una ciudad maravillosa. Ese es el resumen.

8 días (7 noches) dan para mucho. No tocas a día por isla (primer punto que hace diferente a esta ciudad): 14 ínsulas forman este archipiélago estocolmense con encantos diversos y sensaciones concentradas.

Para un español allí hay varias cosas que chocan nada más llegar: la ciudad es muy cara (toquemos una medida común como la cerveza: una pinta de rubia ronda las 70 coronas, esto es, casi 8€; o el alojamiento: estuvimos en el albergue más asequible de la zona (de hecho en el barrio de Södermalm, el «barato» más cercano al centro, y nos costó 30€ por barba una habitación con dos literas (sí, Mentxu y un servidor dormimos como si fuéramos mochileros del camino de Santiago))).

Otra cosa que choca y cito a Mentxu es que: «son mucho más guapos y guapas que los españoles». Doy fe. La pléyade de ninfas, de náyades o de valquirias era inacabable. Mujeres altas, rubias, guapas, ojos azules. Y por ende, caballeros (en ellos me fijé menos) de índole semejante. Volviendo a parafrasear a Mentxu —que a su vez parecía estar citando a Goebbels—: «es una raza superior». En fin, más allá de las exageraciones bien entendidas, el pueblo sueco llama la atención también por esto.

El centro de Estocolmo —el barrio viejo— es lo que se conoce como Gamla Stan. Es relativamente pequeño, pero tiene un punto acogedor muy especial. Västerlånggatan y Österlånggatan son las calles principales. Cruzan prácticamente toda la islita hasta tocar con Centrum o City (otra isla). En Gamla Stan sobre todo es reconocido su palacio real (a mí no me apasionó), la catedral anexa, la estatua de San Jorge con el dragón y la preciosa placita central con casitas de colores llamada Stortorget, donde además se puede visitar el Museo Nobel. Como se puede imaginar todo el mundo, por allí pasamos un montón de veces. Incluso cuando nos movíamos en metro (también carísimo; al contratar la Stockholm Card que permite durante unos días ver todos los museos y lugares de interés incluye el transporte, lo que se agradece para moverse sin problemas) veíamos el comienzo del barrio y es que esa parte transcurría por la superficie.

Muy cerquita, una visita impresindible es el ayuntamiento. El Stadshuset es el lugar donde se celebra anualmente la cena de gala (salón azul) de los premiados en los Nobel. Es un edificio impresionante con unas vistas estupendas de la ciudad.

A Mentxu le encantó Östermalm, la isla al noreste de Gamla Stan. Zona compuesta mayoritariamente por gente de clase alta, es la parte más «exclusiva» (lamentable palabra en este contexto) de Estocolmo. Llegué a ver que vendían un Ferrari por 2,5 millones de coronas suecas (echen cuentas). Tiene zonas de largos paseos entre árboles y ciertamente las casas son llamativas, un punto de Viena (pequeño, eso sí) sí que tiene. Y un descubrimiento: el mercado de Saluhallen. A mí se me caía la baba cuando veía esos salmones, esos mariscos, esos pescados… no se lo pierdan.

Personalmente, además del ya citado barrio viejo, Djurgården es la parte que más me gusta. Isla al este completamente de Gamla Stan, destaca por su enorme superficie verde. Casi 300 hectáreas en las que hay un gigantesco museo al aire libre con un zoo ingente y muchas colecciones de casas y cultura sueca en general. Imprescindible. Skansen, que así se llama esa parte, es tan enorme que ni en un par de días se apreciarían todos los detalles de que está compuesto. Y ojito al brutal Museo-Aquarium que tiene dentro: disfruté como un enano entre serpientes, tarántulas, anguilas, tiburones, cocodrilos, osos… de todo. Vimos a un reno que se parecía al Mati, a unos zorros rojos, lobos grises… de todo.

Además del brutal Skansen, probablemente, lo más curioso de la Suecia de los últimos años es esa exposición que tienen sobre el Vasa. Fue un navío de guerra sueco construido por órdenes del rey Gustavo II Adolfo de Suecia, de la casa de Vasa entre 1626 y 1628. El Vasa naufragó en su viaje inaugural en 1628 en el puerto de Estocolmo. El barco fue rescatado el 24 de abril de 1961 y se encuentra expuesto en el espectacular Vasamuseet. El buque estaba armado de 64 cañones colocados en tres puentes: el superior, batería alta y batería baja. El Vasa desplazaba más de 1.300 toneladas. La superficie velera era de 1.150 m². Todas las piezas eran de bronce y un peso total de unas 80 toneladas. Se calcula la dotación del Vasa en ciento treinta marineros y trescientos soldados.

El Míkel ya me había hablado de él, pero hay que verlo para creerlo. Completamente restaurado, es un lugar para pasar una buena mañana. Cientos de detalles conforman un barco que es imposible que no llame la atención del visitante. Tremendo.

Otro punto interesante de esta isla podría ser el Nordiska Museet, museo dedicado a la historia del pueblo sueco y su cultura desde finales de la Edad media hasta el tiempo contemporáneo. Las exposiciones presentan distintos aspectos de la vida en Suecia según los tiempos, y en los distintos estratos sociales. No muy lejos de allí, el Waldermasudde o palacio del príncipe Eugenio. En fín, para mí, lo mejor el paseo hasta allí y las vistas del mar y de la isla de enfrente. Porque esa es otra: en Estocolmo siempre estás viendo mar y otras islas.

El hostalillo (no estaba mal, las cosas como son) se llamaba Zinkesdamm y cumplía perfectamente con la higiene básica, pero está claro que no es el Palace. Estaba, como decía antes, en Södermalm. En el barrio hay montones de tiendas singulares, interesantes o modernas que ofrecen moda, diseño, decoración, clásicos y curiosidades. Por lo general, la oferta de Söder es más a la moda, joven y más bohemia que en la City. La calle Gotgatan es una maravilla para pasear y disfrutar de un ambiente agradable de personas heterogéneas.

Otro punto a visitar: El palacio de Drottningholm. Uno de los palacios reales de Suecia, residencia de la familia real. Forma parte del Patrimonio de la Humanidad de acuerdo a la Unesco. Está en la isla de Lovon, algo alejado del centro y se puede ir en transporte público combinando metro y bus o en un barco. No es, por tanto, tan accesible como otros lugares, pero es de obligada visita. Tiene un aire exagerado al palacio de Versailles. Ese mismo tipo de construcción, esos ingentes jardines a sus espaldas y un aura principesco que lo rodea.

Y un detalle adorable: uno de los teatros del siglo XVIII mejor conservados de Europa. Una atracción única con sus decorados originales, maquinaria teatral de 200 años de edad y decoración interior prácticamente intacta por el paso del tiempo.

Si además, uno va varios días, como fue nuestro caso, debería intentar acercarse a Uppsala. A menos de 100 kilómetros de Estocolmo, se puede visitar la ciudad con la universidad más antigua de Suecia, con unas impresionantes piedras rúnicas —muy apreciadas por la zona—, una enorme catedral, un castillo particular (de color rosa) y un jardín botánico perfecto para perderse unas horas entre vegetaciones y sombras. Porque sí, Estocolmo es un lugar que en verano da días de verdadero calor. Bastante calor.

Y también lugares para comer, claro está: ojo al dato: un brunchbuffé en un lugar llamado String, para los fines de semana, por 8€ (baratísimo) en que te pones como un cerdo de buena comida (y como no es lo más turístico, casi todo el que va es sueco). Además, un vegetariano que Mentxu quería probar a toca costa: Herman´s, también barato (100 coronas por un buffé) en que disfrutas de unas vistas espectaculares y donde como te encante el hummus puedes acabar incendiándote la ropa interior (más brutal que la fabada). Y la noche que se nos fue la pinza fuimos a Kryp In. Situado en una calle paralela a la plaza principal, cenamos por el módico precio de 100€ (de locos) un entrante para ambos, un plato para cada uno (atún para ella y roast beef para él) y un postre también compartido. Buenísimo, como no podía ser de otra manera, pero el precio es exagerado.

Aprovechamos la última mañana por Estocolmo para pasear durante varias horas seguidas y hacer una especie de resumen mental del lugar que dejábamos atrás. La curiosidad fue incluso que nos cruzamos con Zlatan Ibrahimovic. Vamos, hasta el punto de que nos miró. El tío entraba en su hotel. Qué cosas.

Poco más. De verdad, les recomiendo Estocolmo. Hay un punto de desconocimiento acerca de esta ciudad y debiera ser subsanado. Si disponen de un fin de semana largo, no lo duden. No se arrepentirán.

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Una semana por Suecia

Bueno, pues vacaciones. De las de verdad. No de esas en que te vas, pero te llevas trabajo y/o inquietudes a cuestas. Eso se queda en casa.

Hace unas semanas hicimos una primera escapada por tierras bordelesas. La Francia de las viñas por antonomasia. Con Saint Emilion, precioso pueblecito paradigma de la dedicación a la creación de buen vino, la Tour de Montaigne y Bordeaux disfrutamos de unos días de asueto.

Tras unas semanas de arduo trabajo, es el momento de irse de verdad. Uno de esos viajes en que uno lo da todo (Ortigoza dixit). Decidimos visitar una zona escandinava de la que tantas veces nos han hablado maravillas: Estocolmo. Una semana. dará tiempo, claro está, a visitar toda la ciudad y escaparnos a Uppsala y algún que otro lugar también cercano.

Estocolmo fue fundada en la pequeña isla de Stadsholmen, lugar hoy conocido como Gamla Stan (ciudad vieja), situada exactamente entre el lago Mälaren y el mar Báltico. Limita al norte con Norrmalm y Östermalm, y al sur con Södermalm. En total, se sitúa sobre 14 islas, siendo el agua un elemento omnipresente. La ciudad cuenta con 57 puentes que permiten circular entre los diferentes barrios. Por eso es llamada también la Venecia del Norte. Uno de estos puentes une la ciudad con Lidingö, en el estrecho de Lilla Värtan (Puente de Lidingö).

Se pueden imaginar: visitar una ciudad maravillosa, conocer las costumbres del lugar, desconectar (importantísimo) del día a día, alejarnos un poco del calor madrileño y en definitiva disfrutar.

A la vuelta ya les contaremos.

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Cursa Bombers 2011

Bueno, señores, lo prometido es deuda y el amigo AsstoMouth ya nos ha pasado las mejores imágenes de la carrera del pasado fin de semana en Barcelona. A continuación les mostramos las mejores instantáneas:

Los cerdos (salvo Dani) junto a la señorita Amayra que tan bien hizo de Cicerone en la ciudad

Los deportistas (ejem, ejem)

Calentamiento entre inexistente, gayer y vergonzoso

Oda al fotógrafo: imagen espectacular

Dani, un crack

Un cerdo sediento

El Míkel, enorme

Habrá que pensar en la siguiente

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