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Pub nº45: The Clover House – Las Tablas

by Papo

Esta semana visitamos otro The Clover House. En esta ocasión, situado en el barrio de Las Tablas, en la zona norte de Madrid, y más concretamente en el número 18 de la calle Isabel Colbrand. Ahondando y para ser precisos en la ubicación, debemos puntualizar que no está exactamente en esa ubicación, sino en la calle perpendicular que nace de la dirección ante señalada. En cualquier caso, es fácil localizarlo y merece la pena hacerlo.

Es un irlandés típico, como de franquicia -mobiliario de madera y decorado con objetos antiguos-, aunque con la aparente contradicción de ser un local moderno y estar situado en un barrio residencial de  reciente construcción. El local se divide en dos estancias. Al entrar y girando a la izquierda se encuentra la barra. Se trata de una zona alargada y con taburetes altos que acaba en la zona de los baños. Si, por el contrario, al entrar hacemos caso omiso de lo que la siniestra nos ofrece y nos dirigimos hacia la derecha, nos encontraremos en una zona acondicionada con gran cantidad mesas y sillas -lo que en Irlanda denominarían como lounge-, y que parece que es empleada para servir las comidas y menús que este pub ofrece a diario. En dicho espacio, que tiene forma de “ele” y es muy amplio, destacan los dos proyectores que apuntan a cada extremo de la mencionada distribución, haciendo posible el disfrute del deporte rey desde cualquier lugar de la sala.

El grupo de los Bebedores pudo observar que se trataba de un pub con bastante ambiente, aún siendo miércoles, por lo que dedujimos que el local debe ser un centro de reunión ciertamente concurrido y cuya atmósfera propicia que la gente olvide mirar el reloj con la frecuencia conveniente. Por añadidura, el trato fue muy agradable. La única pega que se le podría poner es el precio de la pinta de Guinness: casi, casi 6 euros. Una pasada.

Si una cosa hay que podamos destacar de la nocha fue que, tocándole elegir a este que les escribe, el pub apareció a la primera, aunque con algo de suspense al principio, al no estar en la calle que arriba se indica y que era la referencia encontrada en su página web. Aún con todo, es necesario advertir que no sería del todo justo que me colgara yo la medalla, pues todo el mérito es del gran Pablito, que fue el verdadero descubridor de The Clover House Las Tablas y que por circunstancias ajenas a su voluntad, no pudo acompañarnos esta noche.

Coronado el 45 de forma más que satisfactoria, empieza la cuenta atrás con los dedos de una sola mano.

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  1. AsstoMouth
    06/10/2010 en 12:07

    Excelsa crónica. Una pena no haber podido disfrutar dle 45…

  2. Atticus Finch
    06/10/2010 en 12:35

    No sé a ustedes, pero de un tiempo a esta parte, estas maneras de hacer las cosas me dan cada vez más asco. Me entran unas ganas de acercarme por la Gran Vía a sacudirle un par de bofetadas al dictadorzuelo este… ¿Quién se ha creído que es? No aguanto más a este tipo de gente. Ojala el próximo EGM

    Un saludo,
    Atticus.

  3. El Alba siempre es difusa
    06/10/2010 en 12:55

    Pues sí amigo Espáriz. Creo que en breve volveré a escribir otra mega poss sobre la infame basura que es el despreciable de la Morena. Indigno sujeto. De verdad que es amoral desearle lo peor a alguien, pero te prometo que yo se lo deseo.

    En cierto modo, uno también estudió periodismo por querer parecerse a un tipo como ése. Me siento tan engañado y me siento tan imbécil que no puedo dejar de sentir repugnancia y asco viendo la calaña de esa escoria.

    Me ha gustado también el gran Oliveros en esta entrevista en El Periódico de Catalunya.

    Parece que no, pero al final las ondas transmiten mucho más de lo que parece. Y el que desde un principio parece majo se confirma que lo es. Y el que es un tirano, también.

  4. AsstoMouth
    06/10/2010 en 13:43

    Lo que no le falta al bizconde es gente dispuesta a hundirle y a filtrar sus miserias con despiadada indiscreción. No soy gran conocedor del refranero español pero este caso trae a mi mente aquella conocida frase popular que reza algo así como…”A cada cerdo le llega su San Martín”

    Aún reconociendo mi absoluta ignorancia en la naturaleza de estos conteos, vaticino que el Bizconde y su Larguero, no llegará al millón de oyentes en el próximo EGM. Para Alcalá y Joseba auguro una audiencia por encima del medio millón de oyentes, dentro de los cuales con frecuencia me incluyo.

  5. El Alba siempre es difusa
    07/10/2010 en 10:47

    Bueno, votos para el 45.

    Irlandidad: 7’5
    Ambiente: 6’75
    Trato: 7
    Conversación: 8
    Precio: 5

    Media: 6.85.

    PD. Ya me han dicho que lo pasásteis bien en el 46 y que el pub era excelente. Cabrones! Y yo en casa viendo Evasión o victoria. En el siguiente nos vemos, seguro.

    Brazzo.

  6. AsstoMouth
    07/10/2010 en 11:24

    No sé si lo oyeron anoche, pero el final de programa que le dedicó Pepe Domingo a Paco González con ocasión del cumpleaños de este último fue emocionante. Emocionante por lo que dijo, por como lo dijo y por la sinceridad y gratitud que traslucía.

  7. 07/10/2010 en 17:51

    Leed la entrevista que os dejo. Se la hacen a José Manuel Días, que retransmitía los partidos de la Premier League en TVE y es interesantísima. De verdad. Hay que ver cómo funciona el ente público. Vaya puta vergüenza. Y ayer mismo hablábamos de cosas parecidas que suceden en ciertas corporaciones…

    Entrevista a José Manuel Díaz

    Un saludo,
    Atticus.

  8. 07/10/2010 en 22:09

    Coño, cuántas cosas interesantes. Qué pena me da no poder unirme al tour a comienzos de noviembre, cuando paso por los Madriles, pero camino de la capital aragonesa. Para la siguiente ocasión, organizaré todo de tal forma que pueda pasar la última noche antes de volverme en Madrid con mis grandes y añorados amigos.

    Buscaré lo de Pepe a Paco. Qué dos grandes.

  9. AsstoMouth
    08/10/2010 en 14:40

    Permitanme que me adelante a Atticus y les de acceso al link de la segunda parte de la entrevista de José Manuel Diaz.
    Interesante y reveladora.

    http://es.eurosport.yahoo.com/blogs/acusica/article/1276/

  10. El Alba siempre es difusa
    09/10/2010 en 10:59

    Bueno, pues yo dejo aquí el final del programa que Pepe le dedicó a Paquito y que el bueno de Ortigoza había mentado hace unos días:

    http://elcorresponsalenlatierra.blogspot.com/2010/10/el-folio-de-pepe-domingo-paco-gonzalez.html

  11. Vicente Rojo
    10/10/2010 en 11:53

    Hay tantos viajes…

    De Madrid a Estambul en autobús… de línea

    Por Paco Nadal

    “Si hay alguna manera de ver menos cosas de un país que desde un coche, yo no la conozco”, dicen que dijo una vez el escritor de viajes británico Eric Newby.

    -Yo sí la conozco: desde un avión (el apunte es mío).

    El avión ha elevado la prisa a categoría de necesidad. Se viaja tan rápido que en tres horas de vuelo te puedes plantar en la selva tropical, en el desierto o en una ciudad de rascacielos sin saber qué diablos te has dejado por el camino. Una vez desayuné en un poblado mísero de Etiopía y por la noche estaba cenando en un famoso (y muy caro) asador de Madrid. Me costó días recuperarme de ese shock.

    ¿Se puede viajar aún sin prisa, a la antigua usanza, saboreando cada metro de la aventura?

    Con esta premisa -y pequeño presupuesto de un medio de comunicación al que convencí de que ésta era una buena idea para un reportaje- me lancé hace unos años a uno de los viajes más locos y divertidos que recuerdo: llegar a Asia desde la puerta de mi casa viajando en autobús regular. De ciudad en ciudad, sin reserva previa ni planificación. Simplemente me presentaría en la ventanilla de la estación de autobuses de turno y pediría un billete para la siguiente capital. Una vez allí, repetiría la operación. Y así sucesivamente.

    Compré un billete desde Madrid a Barcelona y una fría mañana de invierno me presenté en la Estación Sur ligero de equipaje y dispuesto a iniciar una inusual peregrinación hacia Oriente.

    MADRID-ESTAMBUL EN AUTOBÚS, DÍA 2
    Llueve con furia sobre la N-II mientras mi casa rodante desgrana el primer tramo de este particular viaje a Oriente. Es curiosa la tipología de los usuarios de autobús. De todos los autobuses en general: nunca es un reflejo de la tipología de la sociedad; simplemente, en este país toma el autocar quien no ha podido comprarse un coche o no puede conducirlo; jubilados, inmigrantes, amas de casa de cierta edad y menores de 18 años.

    Hoy, en este bus que me lleva hacia Asia, vía Barcelona, el 99% de los ocupantes es extranjero. El otro 1% soy yo. También el 99% somos hombres. El otro 1% se llama Fátima y es una joven marroquí que trabaja en España y va a visitar a sus padres, inmigrantes en Italia. Hay muchos marroquíes. También varios viajeros con aspecto eslavo que deben de ir a Rumanía o a Polonia. Hay también un mochilero estadounidense. Se llama Christopher y lleva dos años vagabundeando por Europa.

    A las cinco de la tarde tomo en Barcelona otro autobús de Julià con destino a Milán. El viaje dura 15 horas. Compruebo con decepción que todos los asientos están vendidos; ni soñar con estirarse en la fila de atrás para pasar la noche. Mi compañero es un anciano italiano, poco hablador. Entre los dos ocupamos tres asientos y por supuesto sólo nos corresponde dos ¡Qué horror, qué estrecho es esto!

    Por fin cae la temida noche. Me he preparado un plan minucioso para pasarla con éxito. Como la normativa obliga al chófer a parar cada cuatro horas, esos periodos me servirán para marcarme una rutina. Rutina A: no dormir hasta la parada de las 24.00, a fin de acumular sueño. Resultado: el vino de la cena me adormece y a las 22,30 ya estoy dando cabezas como un borrego. Rutina B: aprovechar para dormir como un tronco entre las cero horas y la parada de las cuatro de la mañana. Resultado: las cabezadas de antes me han desvelado y no puedo pegar ojo, ¡socorro!

    A las cuatro de la mañana paramos en Montpellier y estoy roto. Me tomo una tila y decido prescindir de la rutina. De las cuarto a las ocho de la mañana duermo seis minutos. Algo es algo. Por fin, cuando clarea ya sobre los tejados de Turín caigo reventado sobre el asiento. Una hora después oigo entre sueños: ¡Milano, Milano, hemos llegado! Apunto en mi libreta no volver a viajar sin Orfidal.

    Milán es una ciudad grande e industrial. Sigue lloviendo y el sol apenas filtra una tenue claridad entre el manto de nubarrones plomizos. Me meto en un hotel y duermo cinco horas seguidas. Por la tarde doy una vuelta por el Duomo, la galería Vittorio Enmanuelle y el teatro de la Scala y me voy a dormir otra vez. Podría hacerme adicto a la cama.

    MADRID-ESTAMBUL EN AUTOBÚS, DÍA 3

    Desde Milán tomo un autocar a Venecia. Va lleno de estudiantes. Y desde Venecia otro a Trieste. Pero llego tarde. Por sólo diez minutos he perdido el único autobús diario que enlaza esta ciudad fronteriza con Ljubljana (léase Liubliana), la capital de Eslovenia.

    Trieste es una de las ciudades más literarias de Europa. Es la ciudad de Svevo, de Rainer Maria Rilke, de James Joyce, de Claudio Magrís. Paseas por el puerto y sientes la presencia abrumadora de tantas páginas escritas aquí por tan selecto elenco. Pero quiero salir pronto de Trieste, quiero salir de la civilizada UE, donde todo es casi tan perfecto que nunca pasa nada.

    Quiero llegar ya a los Balcanes. Así que decido que no me merece la pena perder un día para salvar los 150 kilómetros que me separan de la capital de Eslovenia y compro un billete para el tren que parte hacia Ljubljana a las 16.48. En él viajamos cuatro gatos. Después del bullicio de los transportes italianos, tanto silencio acentúa en mi interior esa percepción de tristeza y nostalgia que inevitablemente ataca a los viajeros solitarios al menos una vez en su recorrido. Por fortuna, la belleza de los bosques de haya y roble vestidos de otoño que cubren los Alpes Julianos dulcifica la travesía.

    Siempre que viajo a una ciudad del ex-bloque del Este me asalta la misma sensación de dirigirme a un lugar triste, gris y melancólico. Con esa idea me bajo del tren en la estación de Ljubljana, pero apenas entro al vestíbulo de la estación el tópico se desvanece. La capital eslovena rebosa de gente joven, de ambiente callejero, de luces, de terrazas… Una vez en la calle, una patinadora casi me arrolla y veo gente en bicis por carriles especiales para las dos ruedas. Una ciudad donde la gente se desplaza en patines y bicicletas debe ser agradable a la fuerza.

    La estación de autobuses comparte edificio con la del ferrocarril. Me aseguro de los horarios de mañana para Zagreb (tres enlaces diarios, pero todos muy temprano) y busco un hotel. Cuando salgo a cenar llega la verdadera sorpresa. Ljubljana, ”la amada” en esloveno, es una preciosidad de ciudad, una cajita de bombones ceñida por bosques de coníferas y un río que ata la ciudad vieja al cerro del castillo. Podría pasar por una miniatura de Praga. Aunque noviembre se barrunta ya en el horizonte la temperatura es primaveral y los restaurantes sacan a la calle mesas adornadas con velas en las que una multitud de gente joven ríe, bebe y charla.

    Podría caer enamorado aquí, ahora mismo, en esta hermosa ciudad de nombre impronunciable.

    MADRID-ESTAMBUL EN AUTOBÚS, DÍA 4

    Desde Ljubljana, la capital eslovena, la continuación lógica de este viaje hacia Oriente es por Croacia, país que hay que atravesar de norte a sur si quieres llegar a Estambul por los Balcanes.

    Así que saco un billete para Zagreb y me dispongo a adentrarme poco a poco en lo que quedó de la antigua Yugoslavia. El otoño sigue empleándose a fondo sobre los bosques que tapizan las ondulaciones eslovenas, tan tupidos que se ahogan en si mismos. El escudo dorado de las caducifolias se alterna con el verde los pastos y el blanco refulgente de los campanarios de las iglesias que anuncian la llegada de cada nuevo pueblo.

    Zagreb, la capital de Croacia, también parece sacada de un cuento de Sissi emperatiriz, no en vano fue una de las grandes capitales del imperio austro-húngaro. Es la segunda vez que visito la capital croata y, como la primera, me siento feliz. Zagreb es coqueta, pequeña y monumental. Flota en el ambiente una rara quietud provinciana, una sensación de que todo está cerca, asequible. Y luego están los tranvías. Adoro las ciudades con tranvía. El traqueteo metálico sobre las vías y el monocorde sonido del silbato convierten la ciudad en una especie de maqueta ferroviaria diseñada al tamaño y medida del paseante.

    Al anochecer me siento en una terraza de la calle Bogoviceva a paladear la cena. Pido una buena burek (empanadilla típica croata) y me bebo un par de pivos (cervezas de medio litro). Los efluvios de la cerveza se mezclan con la carencia de sueño y paso horas en un nirvana viajero viendo desfilar a gentes alegres y desenfadas. De no ser por el clavo abrasador de la memoria, uno negaría que este país se hubiera desangrado en una guerra civil hace apenas cinco años. Filosofo sobre lo celestial y lo terreno, sobre el romanticismo de los tranvías, sobre la ciudad habitable… Creo que no pediré una tercera pivo.

    Al día siguiente indago sobre la posibilidades para continuar. Lo más lógico sería remontar el valle del río Sava hasta Belgrado. Aunque también hay una conexión por Macedonia atravesando Kosovo. Es decir, Guatelama o Guatepeor.

    Opto por ir a Belgrado.

    Siempre me ha producido cosquilleo interno la travesía de las fronteras. Por cómoda y segura que sea una raya fronteriza, no puedo evitar que un latigazo de desasosiego me sacuda el estómago. No hay otro lugar donde el ser humano se sienta más indefenso que en una frontera.

    Si encima en la orilla de la carretera ves carteles que avisan: “Peligro, minas” y observas aquí y allá defensas de hormigón contra carros de combate, como ocurre cuando llegas a la frontera serbo-croata, la erupción de adrenalina supera la del volcán Pichincha. La guerra acabó, pero no la desconfianza entre los rivales.

    Nota: para quien no se lea los post anteriores, pero tenga querencia a agarrar la enciclopedia en busca de errores, les recuerdo que esta no es la narración de un viaje actual (como ya dije en el principio). El viaje lo realicé en el otoño de 2000. La guerra en Bosnia y Croacia había acabado oficialmente en 1995, pero solo un año antes de pasar yo por allí, entre abril y junio de 1999, la OTAN había bombardeado Serbia y muy en especial, Belgrado, para poner fin a la guerra en Kosovo.

    MADRID-ESTAMBUL EN AUTOBÚS, DÍA 5

    El autobús croata que tomé en Zagreb camino de Belgrado sólo llega a la zona de nadie entre las barreras fronterizas de Croacia y Serbia. Ignoro si ahora la relación de vecindad entre los antiguos socios ex-yugoslavos habrá mejorado, pero en aquella época, en estado aún de shock post-guerra, los vehículos no podían cruzar la frontera.

    Así que allí en medio de una tierra quemada, como en un intercambio de prisioneros, los viajeros bajamos del autobús croata, tomamos nuestros atillos y caminamos un centenar de metros hasta el puesto de los guardias serbios, donde subimos a otro autobús. Después cada vehículo reculó camino de su país. Cuatro años de guerra no se olvidan en un suspiro.

    En la oficina fronteriza serbia, un policía sube al vehículo pidiendo los pasaportes. Al ver el mío, dice “Espagnolo, you need visa”. Le señalo la página de mi pasaporte donde tengo estampado el sello salvador mientras le dedico una sonrisa estúpida que no mejoraría Mr. Bean. Baja con los documentos de los 15 pasajeros en la mano y a los diez minutos vuelve el chófer con todos… menos con el mío. “Espagnolo… policja”, me dice, mientras esboza una sonrisa lobuna. ¡Lo sabia!

    Ya lo comenté ayer. Nada te hace sentir más inseguro y más desvalido que una frontera. Estás en manos de un tipo con gorra y mísero sueldo de funcionario que en ese momento es el rey del mambo, puede hacer contigo lo que quiera. Y no pienso solo en fronteras en situaciones de estrés como ésta, o las de países del Tercer Mundo. Quien haya intentado entrar a EEUU tras el 11-S sabe a qué me refiero.

    Resignado, me acerco a la oficina y el mismo policía-armario ropero me interroga en un casposo inglés.

    – “¿A dónde va?”

    – “A Estambul”, respondo.

    – “Ya, ¿de negocios?”

    – “No, no (ante la duda de si para negocios se precisa otro tipo de visado, opto por la verdad).

    – Voy de turismo, de vacaciones”.

    En ese momento me hubiera gustado tener una microcámara instalada en el entrecejo para grabar la perplejidad de su cara.

    -“¿De vacaciones… a Estambul… por aquí?”, exclama aturdido mientras trastea en el teclado de un ordenador. Imagino que está cerrando el archivo “Sospechosos en busca y captura” para abrir el de “Estúpidos, pirados y locos”.

    -“Sí, sí, créame”, trato de mostrarme sereno y convincente. “Tengo miedo a volar en avión y recorro Europa en autobús”.

    En vista de que en “Estúpidos, pirados y locos” tampoco aparece ningún “Paco Nadal, espagnolo”, vuelve a comprobar que el visado no es falso y que no tiene por dónde rechazarme y me lanza el pasaporte con desgana. De sus labios entrecerrados sale un imperceptible…

    – “OK”.

    -“OK” exclamo yo también, ¡estoy dentro! Estoy en Serbia.

    Camino de Belgrado cruzamos varios ríos con puentes provisionales. Imagino que los originales se los cepilló una bomba inteligente de la OTAN. Quien sabe, a lo mejor hasta yo mismo vi en el televisor, en el confort de mi casa, cómo una bomba volaba el puente por el que ahora mismo cruzo. Ahora las bombas llevan vídeo. Y las guerras te las sirven en directo, limpias, edulcoradas, trivializadas y listas para consumir en el informativo de las tres. Entre las noticias de economía y las de sociedad. Y las asumimos, indiferentes, como asumiríamos un anuncio de pasta de dientes. ¡La guerra está siempre tan lejos!

  12. 15/10/2010 en 17:13

    Mis notas para el 45. Con un poco de retraso, aunque creo que no soy el último. Sorry:

    Irlandidad: 8
    Ambiente: 6,5
    Trato: 6,75
    Conversación: 8
    Precio: 5,5

    Media: 6,95

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