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La España más onírica

Que la vida es mascada a través de una serie de parámetros insondables, propios de cada ser y tan íntimos como puedan ser los sueños de cada uno es una evidencia. Que lo que para aquél es blanco y para el de más allá es negro es inutilmente discutible. Pero según avanzamos por nuestros caminos y hacemos acopio de experiencias subjetivas, vemos (al menos, veo) que algo tan primigenio e insustancial como el fútbol, especialmente cuando juega tu selección nacional, se convierte en el vínculo temporal que todos los apasionados a este histórico deporte utilizamos para llegar al éxtasis. Y como dijo Lope de Vega, «el que lo probó, lo sabe». Porque la afirmación parece gratuita, pero es certera: no hay nada comparable como ver junto a tus compañeros de fatigas un partido de la enjundia y del calibre de un cruce en un Mundial. Sobre todo si tienes fundamentos sólidos para creer que esta vez sí, que no se nos va a escapar. Que lo merecemos. Que podemos. Y por encima de todo: SABEMOS QUE PODEMOS.

Octavos de Final: España 1 (Villa) Portugal 0

España se sintió fuerte en el comienzo. Dominadora, segura, agresiva y poderosa. Vertical. Dos disparos de Torres y uno de Villa en 6 minutos nos permitió observar en primer plano al guardameta Eduardo. El portugués imbatido en no sé cuántos partidos. Había motivos para estar confiados: Xavi aparecía más, Ramos subía de forma incansable (partido estratosférico de Sergio Ramos; extraordinario), Xabi Alonso no se resentía, Iniesta estaba, con su toque de prestidigitador y Villa tenía la electricidad decisiva en estos partidos. Pasado el primer tramo, Portugal se rehizo y a base de pausas, interrupciones de ritmo y una aparente tranquilidad ante el cariz de los acontecimientos, pareció dar con su tecla.

Fueron momentos confusos. Los que esperaba el inane Queiroz. Tiago dobló las manos de Casillas que aún así reaccionó a tiempo, Cristiano en su único acercamiento hizo ondular el Jabulani y Almeida remató de cabeza, cerca del palo. Dudas por todos lados. La ilación prefijada caía en el embarullamiento. Como tanto dice el Míkel, amante de Clemente y de ese estilo que prescinde del juego fuera de las áreas, el embelesamiento se convertía en una peligrosa nadería sin puntas de lanza. 0-0 al descanso. Torres, nulo. Incapaz. Torpe. Errático. Prescindible.

Son los momentos en que el recuerdo es más dañino que la esperanza. El gol que nunca llegó a validarse en Corea, el remate picudo y sin corazón de Salinas… el pequeño Eloy no pudiendo con su gran destino. Todo comenzó igual. Los primeros 10 minutos de la segunda parte no depararon grandes cambios. Quizás más nerviosismo. Más miedo. Más temor a lo intangible. «Van a penaltis», decía Rodríguez; «Esto pasa por embelesar», recalcaba hasta la saturación Don Miguel Clemente.

Pero hubo un momento clave. Decisivo. La entrada al campo del inesperado Fernando Llorente lo cambió todos. Salió Torres, fallón hasta el desespero y entró el Panzer del Bocho. Su más de 1’90 atrajo a los impecables centrales portugueses y al pendenciero Ricardo Costa ubicado en la banda derecha. Aparecieron más huecos, más espacios para los «bajitos», para los santo y seña de nuestro pueblo. Apareció Villa. Volvió a aparecer Villa. El mejor delantero español, probablemente de nuestra historia, para dar una lección de coraje y de fe. Cada acción del Guaje fue una epopeya. Un resumen de lo que significa cargar bajo tus espaldas la tradición épica de un pueblo. Se peleó con todos, no rehuyó el choque, se encaró con montañas, percutió con la testarudez innata de los elegidos. Era él. Y todos lo sabíamos.

Minuto 62: Xavi toca a Xabi Alonso, control y toque para Iniesta, primer intento de incisión para Llorente, vuelve el balón al jugador más talentoso de este país en décadas, nuevo pase filtrado con toda la intención hacia Xavi, taconazo para Villa, remate, para Eduardo, epopeya, insistencia, porfía, Villa, Villa, Villa… el resto sólo se puede narrar en medio de una nube de brazos amigos y el sonido imperfecto y heterogéneo del gol cantado por seis gargantas en pleno éxtasis. Del gol de España. Del gol de Villa. Del gol de los cuartos. El gol representa lo que es España. De repente encajó todo. Los toques para distraer, para crear espacios, toques rápidos y precisos, talento, magia, fuerza… Xabi Alonso, Iniesta, Xavi, Villa… eso es España. Eso no es embelesar. Eso es jugar al fútbol como sólo lo harían en el paraíso.

Y es que España pudo sentenciar. Dos cabezazos de Llorente a sendos centros de Ramos y Villa (vaya partido de los dos… inmejorables). A la contra un sustito de Portugal. Un rebote en Puyol que esta vez no quiso perjudicarnos. Descuento para disfrutar. España está en cuartos de final. 8 años después. 16 años después, 24 años después. Es el momento de abrir una puerta a lo desconocido. Semifinales. Estar entre los 4 mejores del mundo. Por primera vez. ¿Orgasmo? Quizás sea algo mejor.

No sé si fue la entrada de Llorente, pero lo parece. Apunte claro: al igual que se critica a Del Bosque (yo el primero) por el doble pivote o por la presencia de Torres, su atrevimiento en el cambio sólo merece elogios. Cambió el partido. De arriba a abajo.

El sábado próxima cita: Paraguay.

Octavos de Final: Paraguay 0 Japón 0 (5-3 en los penaltis)

Eqiupo pegadizo, canchero… bla bla bla. Paraguay es un hueso duro de roer. Pero España es mejor. Bastante mejor. Toda nuestra atención desde ya y más visto lo visto ante Suiza. Pero que levante la mano el que no crea desde su más profunda convicción, tanto racional como onírica, que el sábado nos toca darle otra patada a la pesadilla de los cuartos en el Mundial. Y esta vez, lo conseguiremos. Lo sabemos todos. Todos. De aquí y de allí. Todos.

Pero… seamos racionales por un segundo. Acudamos a Shankly: «Ninguna enfermedad me hubiera mantenido alejado de este partido. Si hubiese estado muerto, hubiera hecho sacar la caja, ponerla en la grada y hacer un agujero en la tapa». Ahora todo está bastante más claro. No sé si hay alguna pregunta. Amigos… nos vemos el sábado. Es nuestro día.

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  1. 30/06/2010 en 14:12

    Señores, clasificación de la Megaporra tras la celebración ya completada de los Octavos de Final:

    1º Rodríguez 28’5 puntos
    2º Ortigoza 26’5 puntos
    3º Pascual 21’5 puntos
    4º Espáriz 20’5 puntos
    5º Del Rosal 18’5 puntos
    6º Barra 17’5 puntos

    Tenemos hasta el viernes por la mañana para dar las previsiones de los 4 partidos de Cuartos de Final:

    Holanda – Brasil
    Uruguay – Ghana
    Argentina – Alemania
    Paraguay – España

    Ya se sabe que volvemos a doblar puntuación. Acertar quién pasa tiene 2 puntos de recompensa. ACertar el resultado 4 puntos más. Es decir, que en estos 4 partidos hay otros 24 puntos en juego.

    Sólo falta determinar forma, momento y modus operandi para la entrega de pronósticos. No sería conveniente que nadie los pusiera antes. Debiera ser todos a la vez para evitar trampas y juego sucio (muy del Chori). Así que se admiten propuestas…

  2. 30/06/2010 en 19:14

    La pasión patriótica nunca me ha tirado mucho. Yo creo que con un poco de civismo, con no defraudar a Hacienda y con no hacer demasiado la puñeta a los demás uno cumple razonablemente como ciudadano. Me supera la cosa del patriotismo, lo de inflamarse a la vista de una bandera (cualquiera de ellas) o lo de atribuir cualidades antropológicas o morales a un concepto tan abstracto como el de “nación”.
    Hinchas españoles celebran en la explanada del Bernabéu el triunfo del equipo ante Portugal (Foto: EFE)

    Lo cual no significa que no me guste que gane España. Me gusta. Me alegra por mí y por la mayoría de mis conciudadanos. Y por mi mujer, muy forofa de este equipo. Reconozco, sin embargo, que las victorias de España me parecen ligeramente menos embriagantes que las de mi club. Y las derrotas (confiemos en que no lleguen), menos dolorosas.

    Será, tal vez, porque al club lo elige uno mismo, mientras que con la selección hay lo que hay. O será que siento afecto, en mayor o menor medida, por más de una selección. Simpatizo con Italia, porque llevo años siguiendo con fruición (ya sé que suena a contrasentido) el fútbol italiano. Simpatizo con Inglaterra, porque la anglofilia no se me va a curar ya nunca. Simpatizo con Argentina por muchísimas razones, algunas tan nimias como los anuncios mundialistas de la cerveza Quilmes o por el ronco “vamos, vamos”. Antes simpatizaba con Alemania, pero me libré de esa rareza en el Mundial de 1982. Reconozco, sin embargo, que la Alemania de este año es simpática y atractiva.

    De los partidos que quedan ahora, me gustaría que Holanda ganara a Brasil. Por simple deformación profesional: la gente de mi oficio vive de las sorpresas, porque son noticia. Y Brasil lleva tiempo ganando mucho y ofreciendo poco.

    Con Uruguay-Ghana voy a llevarme un disgusto, pierda quien pierda.

    Argentina debería eliminar a Alemania, porque de lo contrario existiría el riesgo de que Alemania, que aún puede crecer mucho, ganara dos Mundiales seguidos: este y el próximo.

    Lo siento por Paraguay; soy del Espanyol y uno de mis héroes de infancia fue el paraguayo Cayetano Re, pequeño ariete de los “Delfines”, pero España es mejor y sufriría más que Paraguay con la decepción de la derrota.

    Si las cosas salieran a mi gusto (cosa que jamás ha ocurrido), disfrutaría como un enano con la semifinal España-Argentina. Volvemos a lo del principio: es una suerte contemplar un partidazo sin miedo a sufrir uno de esos íntimos desgarros patrióticos que, según dicen, duelen muchísimo.

  3. Antonio Agredano
    30/06/2010 en 22:45

    MALAS NOTICIAS PARA LOS NOSTÁLGICOS

    Lo bueno de las derrotas es que permiten la práctica de ese maravilloso deporte al aire libre que es hacer leña del árbol caído. Cientos de jóvenes se acercan al tronco y lo astillan, lo desmenuzan, lo cortan con vigor, con entusiasmo, hasta que del árbol sólo queda el tocón muerto. Tras sus ventanas, cada uno con su hacha, esperando que finalmente el viento o la carcoma o un leñador muy avezado hagan su trabajo. La selección de Vicente del Bosque estuvo cerca de caer. El juego espeso frente a Suiza y su correspondiente derrota, el aséptico partido ante Honduras o la batalla turbia ante Chile, fueron muestras de que el tallo nudoso y recio que fuimos era ahora poco más que una vara mecida por el aire. Ni tanto, ni tan poco. Los nostálgicos entonan esa cansina plegaria de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Luis Aragonés se obstina en seguir siendo el viejo gruñón y antipático que conocemos. La prensa se pone nerviosa, buscan culpables para saciar el hambre de los aficionados más intransigentes. Y empezamos a hacer listas de ausencias, como una familia triste en el día de navidad. Sin Senna, sin aquel juego de toque, sin Güiza, sin alternativas, sin Xavi en el mejor momento, sin portero y sin sangre en las venas. Una letanía que sólo trae fantasmas, inseguridades, y ese universal recurso para afrontar el futuro: el miedo.

    Con el partido de anoche todo vuelve a su lugar. Un espacio del que no deberíamos haber salido con tanta urgencia. La Selección Española no está jugando con plasticidad. No es aquel equipo –que a lo mejor no existió plenamente, que a lo mejor ha sido creado por la memoria borrosa- que practicaba un fútbol hermoso y letal. Ayer, viendo el partido ante Portugal, recordé el choque de cuartos ante Italia en la Eurocopa. Un equipo encerrado y otro equipo obligado a atacar, pero perezoso con el balón, mascando la jugada perfecta mientras pasaban los minutos. Era difícil atravesar con florituras una defensa poblada y con talento. La diferencia entre aquel equipo virtuoso de Luis Aragonés y este de Del Bosque es la alternativa al plan maestro. Aquella selección era homogénea, por eso costó ganar a un equipo que dejaba pocos espacios como Italia y resultó tan fácil la victoria ante un equipo valiente como el ruso. Su única vía de juego era el toque, danzar con el balón hasta encontrar el hueco milimétrico. Ponerla ahí, y celebrar el gol. Un estilo que se bautizó en Aarhus, con aquel gol de Ramos. Un planteamiento excitantemente nuevo en un país acostumbrado a la testosterona y a eso de La Furia.

    El plan de Aragonés funcionó y sorprendió. Guardiola aún no era entrenador del Barça, Mourinho acababa de llegar al Inter. Nos movíamos en otros terrenos. La campeona del mundo era Italia, dicho sea de paso. Pero el estilo, ese tiquitaca como fue bautizado, tiene un reverso tenebroso, como en un videojuego de lucha. El fútbol de toque necesita huecos, necesita puntos débiles. Sobra decir que ante un equipo con posesión de balón y rápido en la creación no puede uno salir a comerse el mundo. Se estila el freno de mano. Defensas pobladas, marcajes individuales y la posibilidad de ganar mediante el contraataque o a balón parado. Un fútbol rácano, sí, feo tal vez, pero efectivo desde que el mundo es mundo. Así esperó Suiza a España en el debut. Como un equipo acomplejado, suavón, que terminó llevándose el partido aprovechando el entumecimiento español. Honduras no dieron el nivel y, ante Chile, una selección sin miedo a sumarse al ataque, pudimos por fin encontrar la comodidad suficiente para jugar a eso que tanto nos gusta, a ese fútbol de salón, a ese fútbol de nuevos ricos con gustos caros. Refinado, eléctrico y decisivo.

    Ayer, contra Portugal, volvimos al problema de siempre. De qué sirve magrear la pelota si los delanteros están detrás del tapiz del contrario; si no hay espacio, si un delantero como Torres, que juega al desmarque y a los espacios, está ahogado entre tanto defensa. La irrupción de Llorente acabó con los peones. Ya nadie sabía a quien marcar, se cambió el status quo y el tablero saltó por los aires. Ese plan B, como lo llamamos, es indispensable cuando el manual de juego de España se puede descargar en pdf de cualquier lado. Ya no hay sorpresa, ni planteamientos osados por parte del contrario, ahora la favorita es España y la presencia de Llorente, de Navas o de Pedro, incluso la aportación de Cesc, sirven para colar el fútbol de La Roja, para quitarle los grumos, para darle una nueva fluidez, un nuevo giro, una ventana que da directamente a la victoria. En aquella noche austriaca España empató a cero y fue a los penaltis. Ayer vencimos por un gol a cero.

    Los argumentos de los nostálgicos me seducen poco. El juego de España es una evolución, no un paso atrás. Y es una evolución porque los rivales obligan al cambio. Ir a Sudáfrica jugando a lo mismo que hace dos años en Austria es vender el veneno y el antídoto en el mismo paquete. Pongo de nuevo el ejemplo de Italia. De nada les ha servido Lippi, de nada les sirvió esa añoranza de hace cuatro años tras una Eurocopa discreta. Creían que la mezcla de velocidad, casta y suerte les iba a llevar lejos y han hecho las maletas prematuramente. A eso me refiero cuando creemos ver en el pasado la solución a los problemas del futuro. Esta selección está haciéndolo bien. Los jugadores están dando mucho más de lo esperado. Busquets no desmerece a Senna, Llorente ha demostrado que puede cambiar un partido, Piqué está intratable… ninguno de ellos estaba en el 2008.

    Ante Paraguay, en cuartos de final, encontraremos la medida de esta selección. Caer será lo de siempre, pero si llegamos a semifinales podremos celebrar sin discreción que el conjunto está en buenas manos, que se han tomado decisiones importantes. Viendo los que van quedando por el camino hay que felicitarse por estar donde estamos desplegando un juego que no es de libro de arte de Taschen, pero que está muy por encima de más de la mitad de las selecciones que aún quedan en Sudáfrica. Creamos peligro, y a veces lo materializamos en gol. El fútbol se gana así, los grandes equipos no lo son solo por la vistosidad de su juego. Ayer, cuando llegué exultante a casa e intercambié impresiones con mis compañeros de DDF, me encabezoné en una idea: tengo la sensación de que España tiene que ganar sí o sí los partidos, que pase lo que pase, caerá un gol de nuestro lado. Eso no garantiza nada, tampoco mi entusiasmo infantil, las derrotas dolerán como siempre, pero acostarme ayer con esa sensación, con esa felicidad que surge del fútbol, es crédito suficiente para no avergonzarme de mi cándido optimismo.

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