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La estirpe de los grandes

En estos tiempos de momentos existencialistas y preguntas pueriles condenadas a ser resumidas en un por qué, me ha dado por preguntarme la verdadera razón de haber empezado con esta revolución que esperemos acabe en algo bueno.

Yo siempre me sentí atraído por el mundo de las letras. En casa siempre viví rodeado de libros, de citas y de periódicos. Imagino que unido a mi pasión por la radio (el verdadero motor de mi decisión universitaria) acabó por definir las piezas del puzzle.

Lo que tiene la vida es que las situaciones y las circunstancias van modificándose. Todo va mutando con imperceptible precisión. Soy de esos de los que piensa que, salud mediante, cuando nos juntemos todos para comer dentro de muchos años podremos contar muchas anécdotas sobre los diferentes lugares por los que nos hemos movido. Laboralmente, sentimentalmente, académicamente etecé etecé etecé.

Hace ya tiempo, pero recuerdo cuando me gustaba tanto el despreciable De la Morena. O cuando me entretenía leer columnas de medio pelo de periodistuchos que difícilmente tendrían cabida a día de hoy debido a sus felonías ortográficas.

Esto ha cambiado. Es lo que tiene el ir leyendo más. El ir moviéndose, comparando, analizando…

Hay equilibristas de la palabra, funambulistas del verbo, creadores de composiciones ejemplarmente asentadas en una idea o concepto bien expresado que te permiten paladear el arte de la literatura en forma de ensayo o de columna de opinión. A mi modo de ver el diario El País tiene (sobre todo en deportes) los talentos más despampanantes. Antaño Santiago Segurola o Julio César Iglesias, por ejemplo. Hoy Diego Torres o John Carlin. Pero de un tiempo a esta parte, me tiene ganado Enric González.

No hay artículo que no devore con rebosante admiración y sana envidia. Es difícil poder escribir mejor. Una ingeniosa combinación de elegancia descriptiva y manejo de la documentación como apoyo para crear obras de arte de poco más de 300 caracteres.

Lo bueno que tiene este tipo de artistas de la palabra es que no pertenecen a un ente editorial. Al menos no demasiado. Sólo así se entiende la maravillosa loa de Enric González a Arcadi Espada por su espacio en elmundo.es en el que de forma subjetiva critica ciertos apartados de las ediciones del periódico del inefable Pedro Ojete. Por cierto, Espada, otro gran exponente de lo más relevante de la mezcla entre periodismo y literatura.

¿Se imaginan a Pepiño hablando así de Martínez Pujalte? ¿O a De la Vega alabando la labor de De Cospedal? Vaya…como que no. Vaya comparación, la mía.

Enric González es de otra estirpe. Y me da que no soy el único que lo cree.

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