Inicio > Uncategorized > La tragedia como destino

La tragedia como destino

“He perdido a mi hijo, a mi nuera y a mis dos nietos”, acertaba a decir una señora antes de entrar en el autobús que le llevaba a IFEMA a identificar sus cuerpos.

“Mi hijo tenía billete para un vuelo anterior de Air Europa, pero lo cambió ayer mismo para volar un poco más tarde. Ha sido una fatalidad”, relataba el padre de David Caballero, militar en Madrid. “He perdido a mi hijo de 27 años, estoy destrozada”, lamentaba la madre del joven fallecido.

“Imagínese como me puedo sentir… he perdido a mi sobrino que venía de Orlando y que hoy precisamente cumplía 23 años” aseguraba con voz temblorosa y entrecortada el tío de uno de los pasajeros desaparecidos.

“Los cadáveres destrozados estaban fundidos con ramas, con rocas y con restos del avión”. Así describía grave siniestro de Barajas una de las personas que participan en las labores de rescate.

Dos de los niños supervivientes en el accidente de aviación registrado ayer en el aeropuerto madrileño de Barajas preguntaban insistentemente por sus padres mientras eran rescatados del aparato siniestrado.

“No queremos hablar; mi hijo está muy grave”, masculla sollozando la madre de uno de los siete ingresados a la prensa.

“En el río había gente muerta. Otras estaban carbonizadas, incluso los heridos tenían el 80% del cuerpo quemado”, manifestó Antonio. Su padre, visiblemente impactado por lo que acababa de ver, recordó cómo vio a uno de los pilotos tendido junto al cauce del riachuelo y a una “azafata morena muy guapa, muerta”. “Íbamos con las camillas y con los que no se podía hacer nada, los íbamos dejando”, explicaba el hombre, abatido. “Uno [de los pequeños superivientes] nos pedía ayuda para salvar a su madre”, contó José Antonio a las cámaras de Telemadrid. Y añadió: “No hay avión: está carbonizado. Sólo se ven los dos motores. Está todo quemado, no como otras veces, cuando ves accidentes, que se ve algo. Aquí no se ve nada”.

——————————————————————————

A todo esto, el COI ha denegado el permiso para que la bandera de España en la Villa de los atletas ondee hoy a media asta. ¿Recuerdan al amorfo del anuncio de Aquarius dicendo “El ser humano es extraordinario”?

El destino es imprevisible.

Demasiadas veces el ser humano también.

Anuncios
Categorías:Uncategorized Etiquetas: , , , , ,
  1. 22/08/2008 en 09:10

    Detrás de la catástrofe aérea de Barajas asoman las historias personales de las víctimas de un accidente que ha acabado de golpe con familias enteras, ha destrozado otras y ha pasado rozando a los más afortunados. Los pasajeros del trágico vuelo de Spanair protagonizan relatos, desgarradores en la mayoría de los casos, narrados en los aeropuertos de Madrid y Gran Canaria, en los hospitales que atienden a los heridos, en la morgue que se instaló el miércoles en IFEMA o en el hotel en el que se alojan los familiares de las víctimas.

    “Lo he perdido todo”, se lamentaba Antonio Domínguez, residente en la localidad grancanaria de Agüimes. Entre los fallecidos se encuentran sus dos hijas, de 14 y 19 años -ésta última embarazada-, y un nieto, según decía anoche desolado en IFEMA.

    Poco más de veinte años contaba una joven pareja que viajaba en el avión con su bebé de tres meses para bautizarlo este fin de semana en Las Palmas, tras haber pasado unos días de vacaciones en la localidad leonesa de Calzada del Coto, de la que eran originarios.

    Entre los 153 fallecidos del accidente se encuentran los cuatro miembros de una familia de Almagro (Ciudad Real), un matrimonio y sus hijas de 15 y 19 años, que ayer viajaban en avión por primera vez para disfrutar de unas vacaciones en Canarias. La tragedia ha llevado el luto a otra localidad de esta provincia, Viso del Marqués, de donde procedían un matrimonio y sus dos hijos, de 19 y 16 años, residentes en Madrid.

    El accidente acabó con otra familia compuesta por una pareja de Aranjuez (Madrid) y una niña de siete años, hija de la mujer. Tampoco hubo supervivientes en la familia compuesta por un malagueño de 38 años residente en Las Palmas, su esposa y sus tres hijos, de doce, diez y cuatro años.

    Una de las fallecidas de la tragedia consiguió salvar la vida de su hija de once años, María, al entregársela a un bombero durante las operaciones de rescate. La mujer murió junto con otra hija, de catorce años. Su marido y María evolucionan favorablemente en el Hospital de La Paz, centro que visitó ayer el bombero que auxilió a la pequeña.

    En el hospital del Niño Jesús está ingresado un niño de ocho años residente en la localidad ciudadrealeña de Torralba de Calatrava que en el siniestro perdió a su padre, de nacionalidad colombiana. Su madre se encuentra en estado grave en el Ramón y Cajal. En este mismo hospital, una mujer de Monforte (Lugo) pregunta por su hija, con la que viajaba en el avión, y que murió en la catástrofe.

    “Amor, se me averió el avión”. Este fue el mensaje de móvil que recibió a las 12.30 horas la mujer de una de las víctimas. La viuda de este pasajero ha relatado hoy que su marido quiso bajar del avión al ver que el aparato podría tener problemas durante el vuelo, pero que los miembros de la tripulación no se lo permitieron.

    Otra pareja canaria evitó la tragedia por haberse quedado un día más en Madrid para ver el espectáculo “La Bella y la Bestia”. La pareja volvía de sus vacaciones en Turquía y debía hacer escala en Madrid antes de regresar a Gran Canaria en el vuelo siniestrado. Como el teatro Coliseum de la Gran Vía madrileña no ofrece el musical de Disney los martes, día en que la pareja estaba en Madrid, ésta decidió prorrogar un día más su estancia y ver el espectáculo ayer, miércoles.

    Hay quien en vez de azar o fortuna prefiere hablar de milagros. Es el caso de la mujer de uno de los supervivientes, que asegura que su marido “volvió a nacer ayer (por el miércoles)”. “Ha sido un milagro, apenas tiene quemaduras”, afirmaba exultante. Pero su testimonio era una excepción entre tantos relatos desolados.

  2. Penépolis
    22/08/2008 en 10:14

    Se sentaron en la sala de espera. Algunos abrieron una revista, otros ojearon el periódico del día. Algunos encendían la consola portátil. Los menos miraban distraídamente por los ventanales de la T2. Los más buscaban en la agenda del móvil el teléfono de su amado, de su novia, de su madre, de su hermana, de su hijo, de su sobrino, de su sueño…

    “Vuelo 5022 con destino Gran Canaria efectúa su salida, por favor, señores pasajeros embarquen por la puerta número 16. Gracias”.

    Levantas la mirada del móvil, de la PSP o del cacharro que lleves entre manos. Ves que la peña, para variar, se tira en tropel a hacer la cola, cosa absurda donde las haya, pues los asientos están preasignados sin contemplaciones. Pero no se dan cuenta o no se quieren dar cuenta. Allí están, de pie, en esa fila que sé que mira hacia la izquierda de la terminal, que sé que es perpendicular al avión que está repostando y que espera, con resignación, un nuevo vuelo.

    Tú sigues en tu sillón de la sala de embarque, mirando al tendido. Al ratito, recoges tu maleta de mano, en la que llevas el ordenador personal, con tus cosas, con tus programas, con tus archivos, con tu vida.

    Te pones en la cola llena de canariones que vaya usted a saber a dónde van; nunca sabremos qué iban a hacer nada más desembaracar: ¿meter el PIN? “Cariño, ya estoy esperando la maleta, te veo en 10 minutos”; “preciosa, estoy esperando mi maleta, parece que se retrasa un poquito. En un ratito te doy un abrazo que lo vas a flipar…” No lo sé, no lo quiero saber.

    Te pones en pie. Te pones en esa cola que parece que mengua con el paso de los minutos. Recoges pesadamente el equipaje de mano, ese ordenador, esos libros, esos apuntes que piensas ojear por encima durante el vuelo. Te acercas a la cola que se arrastra pesadamente hacia la señorita de la falda lisa y el chaleco a juego, con gorrito.

    Te pide con la sonrida forzada, por la que le pagan, en la boca por el DNI. Se lo das como quien da los buenos días, mirando al infinito. Te devuelve el saludo y el DNI, no sabes qué es lo que verdaderamente significa ese “gracias”, tu identificación o tu “buenos días”. Te la suda. Sigues adelante.

    Es en este instante cuando piensas, “Cojones, no me habrá tocado la china y tendré que ir en la maravillosa jardinera, ejemplo de los avances de la técnica, guagua gratuita que te acerca al sudario de titanio”. Y, cojones, te toca. Tienes que esperar a que la guagua que está frente a ti se largue y que la que le sigue aparque frente al “finger”, abra las puertas y te deje subir. Eso haces, pones el pie en ella y buscas un sitito al fondo, en un rinconcito para no molestar. Total, el viaje durará cuatro minutos como mucho.

    Se pone en marcha. La guagua esa se arrastra por encima de esos grandes cuadrados de hormigón que delimitan los carriles de los aviones, los pasos de los camiones, los sentidos de las carretillas, las normas de los semáforos inexistentes, las reglas de esas carreteras aeroportuarias que son ajenas a ti, pero que ves tan ordenadas, tan controladas, tan justas, tan lógicas, tan “normales”.

    La guagua se para delante del avión. Sin pensarlo, sin siquiera darte cuenta de ello, miras el morro del mismo en busca de su nombre. “Princesa Guacimara”, “Parque del Garajonay”,”Fernando Guanarteme”, etc. Piensas, “joder, Spanair se acuerda de la Historia de mi pequeña isla y de las adyacentes.” Pues ya ves, con no sé cuántos vuelos diarios en no sé cuántos aviones, me parece cojonudo que bauticen a varios de ellos con nombres canarios, con nomenclatura precristiana. Un poco de historia nunca viene mal para nadie.

    Spanair, para variar, te ha dicho en la terminal que si tienes tal asiento debes emabarcar por la puerta delantera y si tienes cual, por la trasera. Como siempre, a ti te la sopla y embarcas por la delantera, más alejada de los motores, estén bajo las alas o bajo las aletas de cola, te la bufa. No quieres mirarlos de soslayo. Siempre que pones el pie en la escalintata metalizada, tiras la vista para la derecha y echas un vistazo a los motores. “Joder, qué cacharros más acojonantes. Suenan como si estuvieran a plena potencia y sólo están al 10%. Bueno, pues que trabajen, cojones”.

    No puedes evitarlo, la azafata que te da la bienvenida a bordo te pone. Joder, es lamentable, pero es la pura realidad. “Buenos días”, te dice. Tú la miras de frente, con resolución masculina, con el billete en la mano por si la casualidad quiere que te has equivocado y hay dos pasillos en vez de uno; pero no, sólo hay uno, como apunta la configuración externa, como te dicen esos numeritos que ponen MD-82. Coño, si sólo hay uno, para qué cojones tengo el billete en la mano izquierda, mientras la derecha agarra el ordenador, el puto ordenador que no facturas porque no te fías ni de su puta madre.

    Saludo de rigor, paseíllo de rigor. Esperas a que el de la fila 16 suba la sillita plegada del bebé y ocupe su asiento. Tú miras para el tendío, a ver si de casualidad por ahí anda cualquiera del colegio o algún conocido circunstancial. Bendices el hecho de que escogieras un billete siestero, típico del que pasan los tíos de tu edad y las tías del colegio que no quieres saludar en el dos por dos.

    “Me permite, por favor”, le dices al tipo que ocupa el asiento C, pasillo. Te mira como diciendo “venga, hombre, no me jodas”, y se retrepa un poquito para que pase tu culo. Le dices un gracias fatuo, como el gas que se quema rápidamente sobre los pantanos solitarios.

    Fundamentalmente te preocupas de que tu trasero se amolde al asiento asignado. La mesilla tiene el seguro puesto y funciona. El cinturón se compone de dos ramajes: ¿esto engancha en aquello o es aquello lo que engancha en esto? Si me equivoco, el cerdo que tengo a mi lado me va a insultar por capullo. Por fortuna, no te equivocas. ” Bueno, que le den por el culo”.

    Notas el momento en que ese vehículo extraño empuja el avión marcha atrás, porque el jodío cacharro sólo se puede mover para adelante. Se para, pasas la página del Muy Interesante. Miras por la ventanilla. Ves la terminal y sus fingers. Ves los aviones de las distintas compañías que esperan su carga, que esperan sus pasajeros, que esperan su razón de ser.

    Te la sopla. Estás hasta la polla. Sólo quieres despegar para empezar a contar las dos horas y media que darán como resultado un aterrizaje tras el cual espera tu madre con su coche. Tras el pago del aparcamiento y tras un breve paseo hasta tu casa de 40 minutos, tu cuerpo estará en la mesa del comedor tragando un poco de gazpacho, pechugas empanadas con papas y unas natillas de postre. Y sanseacabó.

    Reflexionas cuando miras por la ventana y piensas en el resumen del año, en los meses pasados y en los resultados obtenidos. Pienas en el amor que se queda y en los amigos que te esperan; en los recuerdos que guardas en tu secreter y en los amigos que quieres volver a ver, cuando sea, pero que sabes que quieres volver a ver.

    Miras de reojo y ves cuatro aviones por delante de ti, en una ristra que parece la del súper. Típica espera en la boca de la pista. Lufthansa, Alitalia, American Airlines, Iberia…

    Casi ni les prestas atención. Esperas pacientemente que vayan despegando, señal inequícova de que tu jodido avión arrancará en breve. Coño, sólo piensas en el gazpacho que te espera en casita.

    Detrás tienes la típica pareja que vuela por primera vez a las Islas y comentan algo acerca de Tenerife y el Teide, aún no muy conscientes acerca de a qué isla viajan. A mi lado, la familia Telerín, madre, padre y dos hijos, con sus cuadernos para colorear. Delante de mi asiento, una canariona espectacular, de esas que te quitan el hipo, de esas morenazas que se saben buenorras, pero que encima son simpáticas. Típica estudiante de, digamos, filología o historia del arte. Una diosa de esas que se pasean por la calle Mesa y López como si tal cosa.

    Pierdes un par de decenas de segundos en evaluar su cuerpo, el timbre de su voz, el color de su pelo, el perfume de su piel y la delicadeza de sus movimientos.

    En éstas, el avión rueda por la pista, dirigiéndose tras la cola del de enfrente a su posición de partida. Esas rayas blancas, bien gruesas, que delimitan la pista de aterrizaje (o de despegue según el caso). El piloto enfila la pista y emnpieza a girar. Lanza, el comandante, el típico aviso a la tripulación que aún anda guardando los chalecos salvavidas (inútiles) y las mascarillas de oxígeno que Aviación Civil obliga a enseñar (cualquiera que haya viajado tropecientas veces en avión se lo sabe de memoria y cualquiera que lo haga por primera vez, no tiene ni puta idea de lo que ve. Da igual, nadie hace caso a lo que se dice y en caso de emergencia real, nadie se acuerda de los gestos de las azafatas al punto de despegar, tan guapas ellas.)

    En fin. “Entrando en pista para despuegue” dice la típica voz metalizada por el sistema de comunicación interno. Pos vale, tío, dale caña que he quedado para comer con mi señora madre. El tío le da caña al cacharro. El aparato avanza a más de 250 km/h. El cacharro, como siempre ha hecho, se eleva, quizá más tarde de lo normal, piensas, pero y qué. A los diez segundos, ves una bola de fuego que va avanzando desde tu coronilla hacia adelante, derritiendo la piel de los que se sientan delante de ti. Al poco, te das cuenta de que el cacharro no está elevando el morro, sino cayendo hacia tierra, haciendo caso de la ley de la gravedad. Tu cabeza te dice que no, que el avión está despegando de Barajas, no de Níger ni de un país tercermundista.

    Piensas, sin quererlo, en tu madre, en el gazpacho, en tu hermano y en tus amigos. Piensas, de manera absurda, en la consola de videojuegos. Pienas, inmediantamente después, en los hijos que siempre quisiste tener. Piensas, sin que puedas evitarlo, en tu novia, en esa chica a la que quieres, coño, vaya si la quieres, con toda tu puñetera alma. Piensas en el abono de transportes de septiembre. Mierda, si hasta te da tiempo hasta de pensar en la delantera del Real Madrid del siguiente partido. Y mientras tu cerebro le da vueltas a la cantidad de agua que debes echar en un tercio de kilo de arroz, el avión golpea el suelo, se parte, sales despedido…

    Y durante el vuelo sin motor de tu asiento, te dices “pues vaya, me ha tocado a mí. Te quiero. Te veré en un tiempo. Tú, ahora, disfruta de la vida. Hasta siempre…”

    Adiós.

  3. 22/08/2008 en 14:51

    Todas las vidas, en teoría, valen lo mismo. Y todas las muertes. En la práctica actuamos como si no fuera así. Los medios no disponen de un corresponsal en cada centro hospitalario, atento a recoger los detalles de cada defunción, a interrogar a los allegados acerca del dolor que sufren, a recoger detalles biográficos para escribir una semblanza del fallecido.

    Esa atención se dispensa muy raramente, porque sólo algunas muertes merecen el interés del público. ¿Qué muertes son elevadas a la categoría del “interés general”? Las de los personajes famosos, sin duda. También las espectaculares, es decir, aquellas acaecidas en circunstancias truculentas, en especial las que pueden documentarse con material gráfico: si una cámara filma un accidente de tráfico con muertos, las imágenes acabarán difundiéndose: el público quiere saber. Otra categoría interesante es la formada por asesinatos y homicidios cometidos de forma singularmente violenta. Y, por supuesto, las muertes colectivas.

    Si nos dicen que en un día determinado han fallecido 154 personas en otros tantos accidentes de todo tipo, nos quedamos tan fríos. ¿Un albañil pierde la vida al caer del andamio? Escaso interés. La vida de esa persona, como su muerte, nos resulta bastante indiferente. ¿Son tres los albañiles muertos en la misma caída? Bueno, eso ya es otra cosa. ¿Que son 15 los muertos? Ahí necesitamos saber los nombres y ver los rostros, descubrir que uno de ellos se casaba al día siguiente, apenarnos por la juventud de otro, indignarnos porque un tercero carecía de papeles.

    ¿150 muertos? Paren máquinas, interrumpan las emisiones, arríen las banderas. Queremos saberlo todo, horrorizarnos con los minutos previos al desastre, que nos describan con exactitud el instante pavoroso. Queremos sufrir con los allegados y, queremos, como los allegados, ofuscarnos, y que nos expliquen ahora mismo el porqué, y que comparezcan los culpables, y que sufran un castigo ejemplar e inmediato. Cada una de las vidas perdidas nos parece un tesoro y necesitamos detalles. Cuantos más, mejor. Todos estamos de luto. Todos amamos a los fallecidos.

    No sé por qué ocurre eso. Quizá es un mecanismo de cohesión social. Un cínico pensaría que es negocio. No lo sé. Tampoco sé si para quienes padecen de verdad, la familia, los próximos, quienes no se sientan entre el público, es mejor una muerte de interés general o una muerte privada. Prefiero pensar que lo segundo.

  4. 22/08/2008 en 22:12

    Tremendo Carlitos.

    Lágrimas caen por mi mejilla.

  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: