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Causa-Efecto

Mientras los holgazanes de mis amigos y compatriotas pasan su tarde de viernes tocándose el higo, aquí un buen español, de los de pelo en pecho (y en culo) levanta el país, trabajando para que muchas empresas, todavías ávidas de un buen programa informático que les ayude en sus perentorias tareas, puedan estar satisfechas de nuestro servicio.

Lastimosamente, hoy tengo que dar la razón al sátrapa Rodríguez, que hace unos días me acusó de no tener demasiada mano izquierda con los clientes algo bordes.

Me pasó con un mexicano que todos recordaréis y no hace demasiado con un constructor andaluz, bastante deficiente. Hoy me he encarado con un mindundi que, sin ninguna razón, ha elevado su tono de voz reclamando una serie de tonterías. Que si le habíamos dicho que le íbamos a enviar no se qué a través del mail y éramos unos mentirosos y que exigía que se hiciera rápidamente, que si era una vergüenza, que si bla bla bla… El caso es que le he sugerido amablemente que abortase su improcedente y desagradable conjunto de gruñidos o le colgaría el teléfono. No me ha hecho caso, por lo que he tenido que colgarle. El estúpido imbécil (un tal Rafael Soilán) vuelve a llamar, colérico, por haber cumplido con las amenazas, con lo que (y sintiéndolo mucho) le he colgado, ipso facto, por segunda vez.

A los 10 minutos ha llamado algo más tranquilo, quejándose de que le había colgado y que le parecía inaceptable… Mi respuesta ha sido sencilla. Le he preguntado si conocía al perro de Paulov. Juro que no me lo estoy inventando. El tío se ha quedado pensativo y me dice: “¿Qué?”
Entonces le he explicado la teoría del causa-efecto y lo que le pasaba al perro cuando sonaba la famosa campanita de marras. Extrapolándolo a nuestro violento diálogo, le he apostillado que si él levantaba la voz yo le colgaba el teléfono. Es decir, un sencillo Causa-Efecto.

Se ha callado. Y más cuando he comprobado (y he añadido a mi argumentación, que la verdad poco a poco también iba subiendo en lo que al nivel auditivo se refiere) que ya le habíamos enviado la información que este minusválido psíquico exigía hacía 3 días. He acabado pidiéndole que en vez de utilizar la chulería para tratar con profesionales (me he sobrepasado un poco, pero bueno…), la utilice para pegarse con su correo electrónico y su spam.

Y nada, que no ha vuelto a llamar.

Llevo en esta empresa, algo más de 1 año y ya he tenido varios episodios de esta índole. Os pido, queridos amigos, que ciñéndoos a la verdad, me asesoréis y exhortéis sobre cómo evitar que sigan produciéndose estos lances que ensucian mi impecable status.

Sin más, deseando que acabe esta tarde en que, para pasar el rato, estoy terminando escuchando una y otra vez 2 temas internacionalmente conocidos (“Danny Boy” y “La canción del falangista“) os mando un saludo.

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Categorías:Uncategorized
  1. Atticus Finch
    13/10/2006 en 23:03

    Espero, sinceramente, no tener nunca que llamar a la empresucha en la que trabajas. Y espero, aún más sinceramente, que si algún día tuviera que llamar, no seas tú el que me coja el teléfono.

    Tienes toda la razón al colgar al subnormal ese. Y lo mejor de todo es lo tranquilo que te quedas, ¿no? La de stress que se libera, la de adrenalina que se suelta…

    En fin, como al perro de Paulov en su relación causa-efecto, a mi me está pasando lo mismo pues Diana me acaba de llamar…

    Atticus

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